El blog de Alfredo Quiroga
Entradas Etiquetadas ‘Verano’

Los perros bailan solos

Sábado, 26 de Junio de 2010

Esta mañana me despertó muy temprano Bryn Terfel desde Edimburgo. Aún permanecía ese color sanguina que deja el óxido en la noche antes de amanecer; un color como de planeta. Cogí el cuaderno y el lapicero de la mesilla igual que se coge una enfermedad y escribí esto.

Estío, que no verano aún, como diría Valle-Inclán. Queda poco para la tregua y ese esbozo de retirada que le dicen vacaciones. Pero, para los osadamente perezosos como yo, que fundamentalmente en nuestra vida queremos dedicarnos a viajar para pasar el tiempo, ese vacatio legis no logra enlentecer nuestro metabolismo basal.

Y es que viajar no es tan sólo cuestión de estar por completo desocupado, sino también una compleja y mendicante forma de evasión, que nos permite llamar la atención sobre nosotros mismos por medio de una llamativa ausencia, a la vez que nos entrometemos en la intimidad de los demás y somos activamente ofensivos en calidad de gorrones fugitivos. Un viajero es el más codicioso de los mirones románticos, créanme. Y en algún rincón bien escondido de nuestra personalidad se encuentra un nudo de vanidad y de presunción que resulta imposible deshacer, además de sufrir una mitomanía rayana en lo patológico. Quizá esta sea la causa de que nuestra peor pesadilla sea toparnos en nuestro deambular con otro viajero. Nos reconocemos al primer golpe de vista, como se reconocen los perros de nadie.

Acaso puede que ése sea también el por qué siempre nos vamos de casa. Quedarse sería probablemente lo más difícil y, en todo caso, ¿dónde estarían los libros que escribimos?
Y, sobre todo, ya saben: “una alegría sin sentido es una alegría pura”.

El Paraíso es de los extraños.

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A. Q. (2010).

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Cuando las fresas en tus labios

Jueves, 20 de Mayo de 2010

Igual que la luz llega a todas partes, mi cuerpo es como un continuo viaje a lugares donde ya sólo refractan los recuerdos.
Como aquél que vuelve triste, de una guerra lejana, con la sangre ya apagada, y sabe que su gozo es como un pan reciente, igual sé yo que mi vida fue como la sal que el mar traslada en sus derivas, un sueño que descansa en lo soñado, igual que se cubre el tiempo con el tiempo envenenado. Igual que avanza el invierno, el leñador, el fuego.

Porque todo lo perdí tras un incendio. Y ya no encuentro señales de vida. Regreso a casa: el techo sigue negro, la alcoba sigue a oscuras. Y el mismo fuego de entonces, emulando al infierno. Maldito sea el sueño. Mis alas se han convertido en escarcha sobre el viento. Tan sólo soy un ave desterrada en el cielo.

Pero pronto, el hombre del tiempo, anunciará en sus labios otro solsticio de verano. Serán sólo dos meses. Apenas dos disparos de sol al aire. Dos meses, unas nubes troceadas como pan para los desdentados y un nuevo junio dejará sus credenciales. Dos caricias. Otra sombra en las alcobas y la higuera, junto al pozo, donde la luna flota, nos dará en sus siestas los frutos de otro verano. Beberá el zorzal de la lluvia vieja dormida en la pala del jardín abandonada.

Y sobre la pereza del destino volverá a posarse un recuerdo. Las fresas en tus labios, las lágrimas heladas. El momento más frío. Aquellos días. A poco nos supo el tiempo.

Nunca sabré porqué los hombres sudan en vez de llorar delante de un verso.

A. Q. Todos los peces mueren de pie, S. C. de Tenerife, Papel de estraza, 2010.

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Como cada domingo, después de tantos años

Domingo, 9 de Mayo de 2010

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Un cielo poco hecho desveló el día. Los alisios de la aurora se fueron apaciguando y la casa quedó fresca, aún transida de noche, a las siete de la mañana. Las manos aún dormidas, pero las espaldas en alto. Otro verano se acerca, aunque no te lo creas. Otro verano. Me gustaría escribirte una carta cada verano. Siempre me ha pasado. Como un recuerdo blanco entre el pecho y la espalda.

Pero se fue el presente detrás de tus sandalias, como un alegre perro de oro. Qué profunda la distancia, qué amargo el silencio y qué mortales las palabras. Jardín y cielo se empozan en una nada. Sigo escribiendo la historia del hielo. Me sumerjo en el silencio del clavicordio, un silencio reiterado como el ruido de un cometa que pasa como un cuchillo sin filo y que no tuviese mango. Como una finísima navaja con una breve intención de acero. Una apelación al fuego; una llama azul que asciende hacia la luz, desde su añil presencia, y se convierte en tinta del cielo.

Vuelve a oler a mar desnudo, a lluvia dulce, a lecho de corales, a música que cruje y embebe las miradas.

Vuelve la noche y sigue azul la llama, y aún persigue su muslo trepando sigilosa por mis palabras.

(A. Q., 2010)

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Primeras nubes

Domingo, 6 de Septiembre de 2009

La frase es recurrente y la expresión no tiene resquicios. Cuando me la dirigen no suelen mirarme a los ojos: “La poesía no me gusta. No la entiendo. Leo de todo, menos poesía…” Bien. Cada uno come lo que quiere o lo que el médico le deja, aunque hay pacientes muy díscolos. Mi padre, por ejemplo, que es hipertenso y padece una diabetes severa junto a una hiperlipidemia que le ha generado una patología coronaria muy grave, mi padre, digo, come salchichón a escondidas; de una forma tan furtiva como que lo conserva debajo de su almohada. Nunca se me ocurriría quitárselo.

Con la poesía me gustaría que, al menos, sucediera algo parecido. Entendido el pudor a reconocer ser lector de algo tan delicado, esconder un librito de poesía en algún cajón de la mesilla de noche para aliviar el reuma del alma algunas noches, le sentaría muy bien a ciertas personas, aquéllas que distinguen entre ángeles y demonios, cuando todos sabemos que son la misma cosa.

Porque la poesía existe, y no es como suponen estos lectores que están a punto de cerrar esta página y puede que no vuelvan más a este cuaderno, indignados. Es cierto que la misma palabra es una barrera que no se atreven a saltar, como caballos a los que se resiste un seto.

Existe, pero siempre ha vivido malos días. Si el alumbrado eléctrico acabó definitivamente con las estrellas, la poesía ha avistado su final desde el momento en el que nadie puede permanecer en silencio, en absoluto silencio, más de media hora, bien porque suena antes un teléfono móvil, bien porque terminan apretando el botón del televisor, angustiados de oír dentro de sí una tempestad parecida a la que oímos cuando nos acercamos al oído una caracola marina.

Hay un momento, por estos mismos días, cuando comienza a presagiarse el otoño, que nace en nosotros un sentimiento ambiguo de alegría y tristeza mezcladas, porque comprendemos que algo acaba y algo empieza. Es un sentimiento más fuerte que el que experimentamos en Año Nuevo. En la frontera entre un año y otro no cambia nada: es invierno, todos trabajamos, y los días son igualmente cortos. El verano y el otoño son, por el contrario, dos mundos distintos, y siempre creemos que el que se va de la ciudad durante un mes y vuelve, es diferente.

En estos días, hemos visto como el cielo se ha poblado súbitamente de golondrinas, que ensayan la partida otro año más. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, puedo ver decenas de ellas sobre un viejo cable combado que salva el barranco que hay al otro lado de mi casa; el mismo hilo que me trae una luz pobre donde tanta luz hay.

Es divertido verlas una al lado de otras, tan aplicadas y académicas, con su pequeño frac y su pecho condecorado. Pueden parecer pinzas para la ropa, sólo que por un efecto óptico parecen estar pinzando en realidad una nube que pasa. Es, también, la primera nube del otoño.

Es muy diferente de las nubes de verano que los alisios atlánticos con su vago perfume, salobre y envolvente, nos regalan. Al contrario que las golondrinas, llegan las nubes del otoño cuando aquéllas se van. Pareciera que las golondrinas han estado esperándolas vestidas con su mejor traje para poder irse.

¿Cuántas veces habremos visto esta misma escena, desde esta misma ventana, en una ceremonia que siempre nos parece demasiado breve?

Estamos hechos de repeticiones, las buscamos, nos amparamos en ellas, desde niños, desde aquellos días lejanos de la infancia en que pedíamos que nos contaran, antes de dormirnos, unos cuentos que habíamos oído cien veces y exigíamos que nos los contaran de la misma manera y con las mismas palabras, intransigentes con las variantes.

Comprendo que la poesía no sea para el gran público, pero todas las cosas que percibo desde este pequeño pero bello rincón de un lugar tan remoto, son poéticas. Tanto si se trata del hojalatesco canto de un gallo, el ladrido lejano de un perro en lo más oscuro de la noche, las voces incomprensibles que se lanzan dos hombres de un cerro a otro, el melodioso silbo de una mirla o la joven que regresa de la playa con los ojos aún más verdes como un arpa rubia.

Siempre recurro a París, a las elegías de Baudelaire o a los caligramas de Apollinaire, pero uno, aquí, en las puertas del último otoño, se acuerda de algunos de aquellos adjetivos que utilizó Virgilio para calificar al tamarindo o al rodrigón de la vid. Son, en sí mismos, como magníficas ruinas, como templos de mármol junto al mar, como grandiosos estadios en los que hace ya dos mil años que nadie disputa una carrera, pero cuyas piedras no han olvidado aún la vida y el deseo que hubo en ellas. Las piedras no olvidan.

Se han ido las golondrinas, vienen las primeras nubes, el aire se enreda el las higueras y sale de ellas mucho más perfumado, casi como un almíbar. Y entonces uno se da cuenta de lo más terrible de todo. Eso es la poesía, nostalgia de lo que tenemos, de lo que la vida nos ha regalado, aunque siempre hemos sabido que nunca fue del todo nuestro.

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19 de julio. La armadura de oro

Domingo, 19 de Julio de 2009

He aquí otro julio como armadura de oro para vidas guerreras. Un viento fresco y blando, de mediados de julio, mueve riquezas de luz y sombra en el cielo, en el agua, en el jardín. Y ésa eres tú, aquélla, la que el jardín divide y multiplica, la que el jardín confunde. Ésa eres tú, la que duerme hasta tarde en su losa de sueño, en su calor de noche acumulada y penumbra obstinada. Tú eres aquélla, la que el jardín me acerca y me aleja, la mancha blanca en lo verde, la mujer en quien la naturaleza subraya lo que su belleza tiene de clásica.

Criatura diversa, niña a punto de perderse en el bosque, en el continente de los árboles; mujer que ordena el mundo, que conversa con el agua, allá a lo lejos, que domina sus posesiones, casi con majestad. Criatura incierta que pierdo y encuentro. Y el oro que el oro le devuelve a tu pelo. Y el tiempo que el tiempo le devuelve a tu rostro.

Ésa eres tú, la que entra en conversación con lo callado, cuando los colores dimiten y la sábana morada del cielo deja caer sobre todos nosotros la memoria inmemorial de la noche.

Para Justine…

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