Siempre es verano en la Casa de Ánforas
Llueve septiembre
Coger moras
Es ahora, cuando agoniza el verano. Aquí no lo parece pero hace tiempo que se rindió en Aquitania.
En Saint Léon-sur-Vézère los viejos amigos sólo hablaban estos días de la vuelta al trabajo. Regresé a abonar y a regar la biblioteca para la cosecha de diciembre y me encontré ya tras la cancela algunas hojas muertas del abedul. Todo volvía a empezar: respiré septiembre de nuevo. Nunca se sabe cuándo será septiembre.
Se repitió la propuesta de estas fechas y salimos a coger moras, incluso Alison que hizo valer el lema de su querido Hertfordshire: “Trust and fear not”, dejándose llevar por mí, mucho más que en los ensayos.
El sitio siempre es el mismo: a lo largo del camino, en la linde del bosque. Las zarzas cada año están más frondosas e impenetrables. Las hojas tienen ese verde mate, profundo; los tallos y espinas, esa tonalidad vinosa virada del magenta más puro, bellísima.
Cada uno con su caja de plástico especial para que no se aplasten las bayas. Todos cogiendo sin demasiado frenesí, por supuesto sin ninguna disciplina. Sólo para un par de tarros de confitura que estarán esperándonos en otoño, cuando regrese al rojo. Saborear los rescoldos dormidos del último sol de otro verano. Untar de sol maduro con sabor a mora el pan nacido esa misma madrugada. Un frescor oscuro.
Las moras son pequeñas, de un negro rutilante. Probamos alguna que aún conserva un grano rojo, un sabor acidulado. Las manos negras ya. No sabemos dónde limpiarlas, o sí: alguien comienza a correr. Las hierbas amarillentas también sirven.
Los helechos comienzan a sonrojarse y se dejan caer, con esa curvatura geométricamente imposible, sobre las perlas malvas de los brezos. Hablamos de algo. Las moras saben a también a colegio, a madera de cedro. Nos hemos llevado el verano con ellas. En la pequeña curva de los avellanos, nos deslizamos hacia el otoño.
a.q. (2010). Para A. B., metal en la madera.
Es verano
Lo anunció el domingo pasado Manuel Vicent. Sólo él puede saber cuándo la claudicación de la noche es inexorable en el Mediterráneo y cuándo es el momento adecuado de escurrir una gotas de sudor de viejo olivo sobre una escorpa recién robada a los dioses.
Releo a Kavafis. Una leve mimesis de Alejandría. El soma, el aire africano, el calor aquí, el sol y la sal. El verano: bienintencionado y deliciosamente peligroso. Me preparo para la migración. Bajo las persianas y recojo el violín.
Retornar a la ausencia de principios absolutos durante un mes. Asumir el perfil propio. Quizá algunos ojos de luna llena, una boca, en fin, verdes relámpagos como en el poema de Coleridge. Acaso eso. Es verano.
Se disipa mi mood de escribir artículos. No es tiempo para conferenciar sobre nada. La playa y el tao. Un abandono a los sentidos y, sobre todo, a los sinsentidos. La entropía: logaritmo de la probabilidad termodinámica, S = k ln P, fórmula que fue grabada en la lápida funeraria de Ludwig Boltzmann, quien se suicidó en 1906. No todo desorden es nefasto; no debe confundirse.
Paseos de madrugada, con o sin los perros, para recapitularme. Anotar partituras. Bach y Pau Casals: Sonatas para viola da gamba y cello. Django Reinhardt. Volver a Heródoto; Yeats, Theroux en la hamaca. Viejos libros para leer, viejos vinos para beber, nuevos besos para soñar. El gran sueño de las cosas.
Es verano. Comienza el mundo otra vez.
A. Q., S/C de Tenerife, 30 de junio de 2010.





