El blog de Alfredo Quiroga
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Pilates en el avión

Martes, 24 de Agosto de 2010

24 de agosto. De vuelta a Madrid. Me cruzo con la luna llena. Bellísima. Qué bien le sientan estas noches. Escribo en el avión. Me recapitulo. Los poderosos tobillos de aquella enfermera. Voy a solicitar una excedencia para darle un beso. Y los jueves, milagro. Es martes. Ensayo nuevas maneras de tenerme en pie. Vuelvo a trabajar en el guión de Saura. ¿Dónde quedaron las turbulencias? Leo La mujer en silencio; también abandono a Sylvia Plath: anoto.

El artículo para Claves: “El paraguas de Humboldt: Decir el clima”. Declino, respetuosamente claro, la comida; igual que en el hospital. Sólo agua y tinta. Aguadébil. Cierto tantrismo estilográfico. La inmanencia de la creación artística.

Está viejo el mar. Todo ya muy entrado: tiempo de coger moras. Como fuera de casa, en ningún sitio: amaneceré en París.

Sé lo que están pensando. No se hable más.

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a. q. (2010).

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15 de julio. Análisis de tinta

Miércoles, 15 de Julio de 2009

Miércoles. Sol callado y bueno, como de oro bajo, monárquico. Por la tarde intentó sacar pecho contra las olas del viento. El universo columpiándose en el tiempo. El día lo tramité deshojando mi voz por teléfono. Era un día inactual, eterno. Viajé en busca de mis números rojos.

¿Por qué no vino antes? Me entretuve jugando a los dados. En una tirada, uno de ellos me ofreció su séptima cara: un cúmulo de metáforas, el tiempo como río, la vida, mi vida, como ficción, la muerte como sueño, la ceguera color ámbar.

Pero, ¿por qué no vino antes?

Porque no voy a morirme; ¿por qué habría de hacerlo si nunca lo he hecho antes?

Pero, Usted, Sr. Quiroga, me dijo que estaba aburrido de ser Quiroga.

Sí, es cierto, deseo conocer la sombra del misterio mayor de los hombres. Y no estoy seguro de que Dios necesite de mi inmortalidad para sus fines. Pero, no me está permitida la muerte doctor. Sigo esperando un susurro femenino en el oído que me fíe una incierta promesa, sólo lo suficiente para seguir escribiendo. Mire, yo me dedico a tallar poemas en madera de ébano, a escribir libros de arena y bajar en secreto a las bibliotecas más oscuras.

Pero, Usted sabe perfectamente que se está muriendo; es médico, además. Y se muere a sabiendas.

Bueno, será mi última metáfora.

Sus resultados: los supondrá.

Sí, descuide; hace mucho que empecé a correr hacia el anonimato, pero sepa que los escritores mediocres llegan a la meta un poco antes.

Bien, ya puede irse a casa, caballero.

¿Vivo o muerto, doctor?

Como prefiera.

Prefiero vivo y sin la acritud callada de las piedras. Intentaré resistir apenas una eternidad, apenas una, aunque los párpados vayan cerrando mis realidades. Buenos días.

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