El tiempo que cuaja
La mañana perdió pronto su anchura. El paladar del cielo comenzó a secarse. La luz, cada vez más escarpada. Ha sido mucho tiempo conteniendo la respiración de la vida. Ahora, sin embargo, ya puedo mirar a los perros de frente y he visto el revés de los objetos. Sé que sólo soy un cuajarón de existencia con retazos de lenguaje y un amago de humanidad.
Ya veo el libro que nunca escribiré. Se vacía la vida. Pero aún siento punzadas en los latidos del corazón, y veo el tiempo, cinta dulce que se desanuda infinitamente. Me van desnudando los días. Y me quedo así, indefenso, sin deseo ni futuro, entre el pasado y el presente, entre el niño y la nada. Sólo quiero la infancia que no conocí, y la de mi hija, y la de todos los hijos que quería míos; sólo quiero sus juegos en la calle. No los oigo ya, sólo escucho mi vida reducida a su mínima y última posibilidad, lo menos posible. Soy todo el anochecer tibio y la tiniebla azul en que los niños juegan. Ésa es la belleza, impávida y desvalida que ultraja el tiempo.
Hoy, un 23 de septiembre de hace tantos años.
El jersey de otoño
Siempre es más tarde de lo que uno imaginaba. Septiembre avanza deprisa, comenzamos a ver el verano por el espejo retrovisor y hemos vuelto al trabajo. Han caído las primeras lluvias y nos hemos dicho: “Ya está aquí el otoño”; aceptábamos que todo no fuera ya más que un parentésis antes del invierno. Pero en nuestro fuero interno, sin acabar de reconocerlo, nos esperábamos algo. Octubre vino sin avisar. Las noches son más lentas y más frías, los pájaros que las empujaban ya se han ido. El sol titubea por primera vez; está cansado, fue largo el estío. El cielo vira del azul al gris con todos sus matices. El vino, más tibio, y esa suave molicie de luz; el sol de las cuatro. La tarde, un intermezzo frágil en el que todo cobra la suavidad oblonga de las peras más cobardes que han comenzado a rendirse.
Entonces, hace falta un jersey nuevo. Nos gusta vestir los colores de las castañas, los sotobosques, el rojo rosado de las rúsulas. Reflejar la estación en la suavidad de la lana. Pero un jersey nuevo, como elegir el fuego nuevo que va a empezar a apagarse otro año más.
¿Con tonos verdes? Un verde de Irlanda, color guisante, brumoso, whisky rugoso, salvaje y solitario como los campos de turba, la hierba rala. Pero, ¿y el rojizo? Hay tantos tonos rojizos, cabelleras ofelianas. Y el deseo de merendar como antaño, pan con mantequilla-pan de especias. Pero el rojo sobre todo, el de la tierra, los rescoldos de los inaprensibles olores de las últimas ferias y del agua que vive en los charcos.
¿Y por qué no color seda cruda? Un jersey de trama gruesa, a rombos, como si alguien aún tuviera tiempo de hacer punto para uno.
Un jersey muy grande: el cuerpo desaparecerá, seremos la estación. Un jersey holgado de hombros, de momento… Incluso es bueno para uno mismo ese modo de representar el final de las cosas con el tono de la estación. Elegir el sosiego de las melancolías. Vestir el color de los días, un jersey nuevo de otoño.
Septiembre
Se perfecciona la redondez del mundo. Los árboles son violines cuya música es el azul del cielo. Juego con el bosque como un tigre verde con un jilguero. Somos el interior de una lentísima manzana cayendo silenciosamente en el tiempo.
Y miro como pasan los días como huecos, la luz que se vuelve adolescente y se seca en las copas, el sol del membrillo y el relieve del tiempo granado en unas manos, y el milagro de todo, que cuaja sin ser visto.
Hoy he vuelto a mirar el oro caliente que la tarde deja abandonado. Y he recogido despacio, con mis manos de mendigo, el color de la música y el aire de la vida. Por fin, he conquistado el olvido.



