Hoy bajé a “Las Teresitas”, temprano, el sol aún estaba desperezándose. Me acompañaba, como últimamente, Borges, cogido de mi brazo. Para que nadie sospechara, también me llevé a Sylvia Plath, mi “alter ego”.

No es fácil leer en la playa. Tumbado boca arriba, es casi imposible. El sol deslumbra, hay que sostener el libro muy alto encima de la cara. Se aguanta unos minutos y luego uno se vuelve. De lado, apoyado en un codo, con la mano pegada a la sien, sosteniendo el libro con la otra mano y pasando las páginas, resulta también bastante incómodo. Se termina boca abajo, con los dos brazos doblados hacia delante. A ras de suelo, corre siempre un poco de brisa. Los cristalillos micáceos se cuelan en las tapas. En el papel grisáceo y liviano de los libros de bolsillo, los granos de arena se amontonan, pierden su brillo, acaba uno olvidándolos; suponen apenas un peso adicional que apartamos con la mano como si tal cosa al cabo de unas páginas. Pero en el papel pesado, granuloso y blanco de las ediciones originales, se cuela la arena. Se desparrama por las asperezas cremosas, y brilla aquí y allá. Es una puntuación suplemenetaria, otro espacio abierto.
Tiene también su importancia el tema del libro. El jugar con el contraste nos depara gratas satisfacciones. Leer algunos de los “Apuntes” de Canetti, o un cuento de Cronopios y de Famas de Cortázar; por ejemplo, “Haga como si estuviera en su casa”, nos congela el tiempo lo suficiente como para comenzar a fermentar un posible sueño no invitado.
Al cabo de leer durante tanto tiempo con los brazos estirados hacia delante, la barbilla se hunde, la boca bebe la playa, y entonces se incorpora uno con los brazos cruzados contra el pecho, utilizando a intervalos una sola mano para volver las páginas y marcarlas. Es una postura adolescente, ¿por qué? Transporta la lectura hacia una amplitud un tanto melancólica. Todas esas sucesivas posturas, ensayos, fatigas, irregulares placeres, eso es la lectura en la playa. Tiene uno la sensación de leer con el cuerpo.
