Los cuadernos acaban así
Cuántas veces habremos estrenado un cuaderno, casi con temor a que la tinta fuera una torpe mancha que violara el blanco fingido del papel. Eran los años sin excusa del colegio. Y años más tarde, puede que también nos sucediera y nos suceda. Y cuántos de aquellos cuadernos, y de éstos, se habrán quedado a medias. Creo que casi todos. Vamos dejando de escribir en ellos. Nos suele ocurrir lo mismo con las agendas que nos obsequian a principios de un nuevo año. Las comenzamos a anotar con ilusión, como si con esas letras fuéramos a llenar nuestra vida de acontecimientos, eventos, citas, viajes y llamadas que nos ayudaran a hacer los días y los meses más llevaderos. Acaso podríamos, de este modo, soslayar los momentos en los que la soledad o la pena nos acometen sin remedio y, sin embargo, no aparecen anotados en ninguna fecha concreta. Así son los cuadernos, los dietarios, las agendas, nuestra vida. Un intento, quizá vano, de comenzar siempre algo nuevo.
Y pienso que sucede igual con muchas otras circunstancias de nuestra vida: amistades, afectos, relaciones sentimentales, ocupaciones, proyectos, ideas e incluso palabras. Besos que cada vez duran menos, los labios más secos, los abrazos más tibios: el amor que siempre se queda a medias.
Pero hemos sido felices sin saberlo.
Los segundos de duda y emoción con los que estrenábamos un nuevo cuaderno vienen a ser como el instante antes de un abrazo. Ese preciso momento: el destello fulgurante y efímero de la felicidad. Cuando se produce ese abrazo, ya ha pasado, como un cometa silencioso que no hemos podido ver. Lo hemos sentido, cálido y lleno, pero la felicidad ocurrió antes.
Este cuaderno de tapas de hule y de octavo, como tantos otros de mi vida, no acaba aquí. Pero se queda así, como suele pasar a menudo. Se quedan las cosas, aunque nunca las abandonemos del todo.
Lo repasaré en algunos momentos y no acabaré de reconocerme en él. Los espejos siempre mienten porque no nos ven, somos nosotros los que los vemos a ellos.
Hoy es 1 de noviembre de 2011. Una luz muy meditada apenas ilumina París. Unas nubes largas parecen estirar el cielo como el flanco de un tigre. Un olor a pan y a cuero viejo me devuelven a la vida otra vez. El compromiso del regreso. Un día se me caerá al suelo y lo acabaré rompiendo. Los compromisos siempre se caen de las manos.
Mientras tanto, seguiré despertando pronto al piano, los domingos madrugaré para comprar cruasanes, volveré al Rastro a buscar palabras rotas, compraré libros que dicen de viejo, acariciaré a los perros y jugaré con ellos, continuaré atrapando los sueños y jamás renunciaré al amor de las mujeres bellas.
A. Q*. (París, 2011).
* Este blog procede, en su mayor parte, de las impresiones, las sensaciones, las notas y las imágenes vividas y tomadas por el autor entre abril de 2009 y noviembre de 2011 en Sta. Cruz de Tenerife, “Casa de Ánforas” (La Navata, Madrid), Collado Villalba, Guadarrama, Madrid, París, Saint Léon-sur-Vézère, Londres, Lisboa, Oporto, Venecia, Trieste, Viena, Berlín, Nueva York, Moscú, Malawi, Tchad, Islas de Martinica y de Guadalupe. Su contenido será reproducido en parte en publicaciones en formato papel, nacionales e internacionales, que verán la luz a partir de diciembre de 2011.
Quiero dejar constancia de mi agradecimiento al gestor y administrador de esta web: Martín Campos, amigo de este camino y de otros muchos y más largos. Y, por supuesto, a ustedes, cómplices furtivos y cariñosos de este robo de tinta a pluma armada, las más de las veces con nocturnidad, nunca con alevosía. Como siempre, muchas gracias.
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