El blog de Alfredo Quiroga
Entradas Etiquetadas ‘Paris’

Los cuadernos acaban así

Martes, 1 de Noviembre de 2011

Cuántas veces habremos estrenado un cuaderno, casi con temor a que la tinta fuera una torpe mancha que violara el blanco fingido del papel. Eran los años sin excusa del colegio. Y años más tarde, puede que también nos sucediera y nos suceda. Y cuántos de aquellos cuadernos, y de éstos, se habrán quedado a medias. Creo que casi todos. Vamos dejando de escribir en ellos. Nos suele ocurrir lo mismo con las agendas que nos obsequian a principios de un nuevo año. Las comenzamos a anotar con ilusión, como si con esas letras fuéramos a llenar nuestra vida de acontecimientos, eventos, citas, viajes y llamadas que nos ayudaran a hacer los días y los meses más llevaderos. Acaso podríamos, de este modo, soslayar los momentos en los que la soledad o la pena nos acometen sin remedio y, sin embargo, no aparecen anotados en ninguna fecha concreta. Así son los cuadernos, los dietarios, las agendas, nuestra vida. Un intento, quizá vano, de comenzar siempre algo nuevo.

Y pienso que sucede igual con muchas otras circunstancias de nuestra vida: amistades, afectos, relaciones sentimentales, ocupaciones, proyectos, ideas e incluso palabras. Besos que cada vez duran menos, los labios más secos, los abrazos más tibios: el amor que siempre se queda a medias.

Pero hemos sido felices sin saberlo.

Los segundos de duda y emoción con los que estrenábamos un nuevo cuaderno vienen a ser como el instante antes de un abrazo. Ese preciso momento: el destello fulgurante y efímero de la felicidad. Cuando se produce ese abrazo, ya ha pasado, como un cometa silencioso que no hemos podido ver. Lo hemos sentido, cálido y lleno, pero la felicidad ocurrió antes.

Este cuaderno de tapas de hule y de octavo, como tantos otros de mi vida, no acaba aquí. Pero se queda así, como suele pasar a menudo. Se quedan las cosas, aunque nunca las abandonemos del todo.

Lo repasaré en algunos momentos y no acabaré de reconocerme en él. Los espejos siempre mienten porque no nos ven, somos nosotros los que los vemos a ellos.

Hoy es 1 de noviembre de 2011. Una luz muy meditada apenas ilumina París. Unas nubes largas parecen estirar el cielo como el flanco de un tigre. Un olor a pan y a cuero viejo me devuelven a la vida otra vez. El compromiso del regreso. Un día se me caerá al suelo y lo acabaré rompiendo. Los compromisos siempre se caen de las manos.

Mientras tanto, seguiré despertando pronto al piano, los domingos madrugaré para comprar cruasanes, volveré al Rastro a buscar palabras rotas, compraré libros que dicen de viejo, acariciaré a los perros y jugaré con ellos, continuaré atrapando los sueños y jamás renunciaré al amor de las mujeres bellas.

A. Q*. (París, 2011).

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* Este blog procede, en su mayor parte, de las impresiones, las sensaciones, las notas y las imágenes vividas y tomadas por el autor entre abril de 2009 y noviembre de 2011 en Sta. Cruz de Tenerife, “Casa de Ánforas” (La Navata, Madrid), Collado Villalba, Guadarrama, Madrid, París, Saint Léon-sur-Vézère, Londres, Lisboa, Oporto, Venecia, Trieste, Viena, Berlín, Nueva York, Moscú, Malawi, Tchad, Islas de Martinica y de Guadalupe. Su contenido será reproducido en parte en publicaciones en formato papel, nacionales e internacionales, que verán la luz a partir de diciembre de 2011.

Quiero dejar constancia de mi agradecimiento al gestor y administrador de esta web: Martín Campos, amigo de este camino y de otros muchos y más largos. Y, por supuesto, a ustedes, cómplices furtivos y cariñosos de este robo de tinta a pluma armada, las más de las veces con nocturnidad, nunca con alevosía. Como siempre, muchas gracias.

*    *    *

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Amanecer en París

Viernes, 13 de Mayo de 2011

Compruebo que sigue ocupando uno de los primeros lugares de mi lista de placeres.
Esta vez fue Rembrandt en el Louvre y volver a ver a JS.
Un vientecillo muy ponderado de otros meses me ha puesto el jersey bajo la americana. Aún está desierto el bulevar Saint-Michel, pero hay un rumor que llega de dentro. Sólo me cruzo con una mujer que lleva en el brazo una cesta por la que asoma un manojo de puerros medio dormidos.
Cada paso ya es una fiesta.
“Le Monde”, siempre; también el “diplomatique”, claro.
Croissants. La pasta tibia, casi blanda. Una taza muy cargada de noche.
Saberse a salvo, en casa, lejos del tiempo.
Muy lento, “mezza voce”, se va haciendo París. Comienza a cimbrearse el día como una caña de bambú. Será largo, como una antigua misa. Tomaremos un blanco de Alsacia.
Escribo esto.
Es viernes también en París. Todo vuelve a comenzar de nuevo.

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A. Q., París, 13 de mayo de 2011.

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Pilates en el avión

Martes, 24 de Agosto de 2010

24 de agosto. De vuelta a Madrid. Me cruzo con la luna llena. Bellísima. Qué bien le sientan estas noches. Escribo en el avión. Me recapitulo. Los poderosos tobillos de aquella enfermera. Voy a solicitar una excedencia para darle un beso. Y los jueves, milagro. Es martes. Ensayo nuevas maneras de tenerme en pie. Vuelvo a trabajar en el guión de Saura. ¿Dónde quedaron las turbulencias? Leo La mujer en silencio; también abandono a Sylvia Plath: anoto.

El artículo para Claves: “El paraguas de Humboldt: Decir el clima”. Declino, respetuosamente claro, la comida; igual que en el hospital. Sólo agua y tinta. Aguadébil. Cierto tantrismo estilográfico. La inmanencia de la creación artística.

Está viejo el mar. Todo ya muy entrado: tiempo de coger moras. Como fuera de casa, en ningún sitio: amaneceré en París.

Sé lo que están pensando. No se hable más.

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a. q. (2010).

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Lugares donde el dolor no puede alcanzarnos (III)

Jueves, 19 de Noviembre de 2009

Cementerio de Montmartre (Paris)

De François Truffaut aprendí, entre otras cosas, que el amor nunca se satisface y que, o bien se renuncia a él, o existe el peligro de hundirse en sus abismos.

Un atardecer, en París, al salir del Colegio de España, comencé a pasear y me encontré frente al cementerio de Montmartre. Debido a que la tarde estaba ya vencida, como casi todas las que acontecen en París, pensé en seguir de largo pero, después de pasar horas en Père Lachaise buscando a Negrín, decidí adentrarme en él; una sombra más. Nada más entrar me encontré con la tumba de un gran actor Sacha Guitry, y más tarde nada menos que con las de Stendhal, Heine o Berlioz. De repente, entre un bosque de lápidas yacentes de mármol blanco, leí: “François Truffaut”. Tres rosas rojas, recién cortadas, tapaban su epitafio. Un gran escalofrío me recorrió todo el cuerpo al darme cuenta, por vez primera, que yo también era mortal.
“Que reste-t-il de nos amours”, cantaba Charles Trenet, mientras en los créditos de Besos robados aparece la dedicatoria a la Cinemateca francesa y a su director de aquel entonces, Henri Langlois.

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Los libros que cambiaron mi vida. 9.

Jueves, 22 de Octubre de 2009

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Antoine de Saint-Exupéry, Le Petit Prince, Gallimard, 1946. (New York, 1943).

Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.

Antoine de Saint-Exupéry. El principito, pág. 83.

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