La frase es recurrente y la expresión no tiene resquicios. Cuando me la dirigen no suelen mirarme a los ojos: “La poesía no me gusta. No la entiendo. Leo de todo, menos poesía…” Bien. Cada uno come lo que quiere o lo que el médico le deja, aunque hay pacientes muy díscolos. Mi padre, por ejemplo, que es hipertenso y padece una diabetes severa junto a una hiperlipidemia que le ha generado una patología coronaria muy grave, mi padre, digo, come salchichón a escondidas; de una forma tan furtiva como que lo conserva debajo de su almohada. Nunca se me ocurriría quitárselo.
Con la poesía me gustaría que, al menos, sucediera algo parecido. Entendido el pudor a reconocer ser lector de algo tan delicado, esconder un librito de poesía en algún cajón de la mesilla de noche para aliviar el reuma del alma algunas noches, le sentaría muy bien a ciertas personas, aquéllas que distinguen entre ángeles y demonios, cuando todos sabemos que son la misma cosa.
Porque la poesía existe, y no es como suponen estos lectores que están a punto de cerrar esta página y puede que no vuelvan más a este cuaderno, indignados. Es cierto que la misma palabra es una barrera que no se atreven a saltar, como caballos a los que se resiste un seto.
Existe, pero siempre ha vivido malos días. Si el alumbrado eléctrico acabó definitivamente con las estrellas, la poesía ha avistado su final desde el momento en el que nadie puede permanecer en silencio, en absoluto silencio, más de media hora, bien porque suena antes un teléfono móvil, bien porque terminan apretando el botón del televisor, angustiados de oír dentro de sí una tempestad parecida a la que oímos cuando nos acercamos al oído una caracola marina.
Hay un momento, por estos mismos días, cuando comienza a presagiarse el otoño, que nace en nosotros un sentimiento ambiguo de alegría y tristeza mezcladas, porque comprendemos que algo acaba y algo empieza. Es un sentimiento más fuerte que el que experimentamos en Año Nuevo. En la frontera entre un año y otro no cambia nada: es invierno, todos trabajamos, y los días son igualmente cortos. El verano y el otoño son, por el contrario, dos mundos distintos, y siempre creemos que el que se va de la ciudad durante un mes y vuelve, es diferente.
En estos días, hemos visto como el cielo se ha poblado súbitamente de golondrinas, que ensayan la partida otro año más. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, puedo ver decenas de ellas sobre un viejo cable combado que salva el barranco que hay al otro lado de mi casa; el mismo hilo que me trae una luz pobre donde tanta luz hay.
Es divertido verlas una al lado de otras, tan aplicadas y académicas, con su pequeño frac y su pecho condecorado. Pueden parecer pinzas para la ropa, sólo que por un efecto óptico parecen estar pinzando en realidad una nube que pasa. Es, también, la primera nube del otoño.
Es muy diferente de las nubes de verano que los alisios atlánticos con su vago perfume, salobre y envolvente, nos regalan. Al contrario que las golondrinas, llegan las nubes del otoño cuando aquéllas se van. Pareciera que las golondrinas han estado esperándolas vestidas con su mejor traje para poder irse.
¿Cuántas veces habremos visto esta misma escena, desde esta misma ventana, en una ceremonia que siempre nos parece demasiado breve?
Estamos hechos de repeticiones, las buscamos, nos amparamos en ellas, desde niños, desde aquellos días lejanos de la infancia en que pedíamos que nos contaran, antes de dormirnos, unos cuentos que habíamos oído cien veces y exigíamos que nos los contaran de la misma manera y con las mismas palabras, intransigentes con las variantes.
Comprendo que la poesía no sea para el gran público, pero todas las cosas que percibo desde este pequeño pero bello rincón de un lugar tan remoto, son poéticas. Tanto si se trata del hojalatesco canto de un gallo, el ladrido lejano de un perro en lo más oscuro de la noche, las voces incomprensibles que se lanzan dos hombres de un cerro a otro, el melodioso silbo de una mirla o la joven que regresa de la playa con los ojos aún más verdes como un arpa rubia.
Siempre recurro a París, a las elegías de Baudelaire o a los caligramas de Apollinaire, pero uno, aquí, en las puertas del último otoño, se acuerda de algunos de aquellos adjetivos que utilizó Virgilio para calificar al tamarindo o al rodrigón de la vid. Son, en sí mismos, como magníficas ruinas, como templos de mármol junto al mar, como grandiosos estadios en los que hace ya dos mil años que nadie disputa una carrera, pero cuyas piedras no han olvidado aún la vida y el deseo que hubo en ellas. Las piedras no olvidan.
Se han ido las golondrinas, vienen las primeras nubes, el aire se enreda el las higueras y sale de ellas mucho más perfumado, casi como un almíbar. Y entonces uno se da cuenta de lo más terrible de todo. Eso es la poesía, nostalgia de lo que tenemos, de lo que la vida nos ha regalado, aunque siempre hemos sabido que nunca fue del todo nuestro.
