El blog de Alfredo Quiroga
Entradas Etiquetadas ‘Otoño’

El jersey de otoño

Sábado, 19 de Septiembre de 2009

Siempre es más tarde de lo que uno imaginaba. Septiembre avanza deprisa, comenzamos a ver el verano por el espejo retrovisor y hemos vuelto al trabajo. Han caído las primeras lluvias y nos hemos dicho: “Ya está aquí el otoño”; aceptábamos que todo no fuera ya más que un parentésis antes del invierno. Pero en nuestro fuero interno, sin acabar de reconocerlo, nos esperábamos algo. Octubre vino sin avisar. Las noches son más lentas y más frías, los pájaros que las empujaban ya se han ido. El sol titubea por primera vez; está cansado, fue largo el estío. El cielo vira del azul al gris con todos sus matices. El vino, más tibio, y esa suave molicie de luz; el sol de las cuatro. La tarde, un intermezzo frágil en el que todo cobra la suavidad oblonga de las peras más cobardes que han comenzado a rendirse.

Entonces, hace falta un jersey nuevo. Nos gusta vestir los colores de las castañas, los sotobosques, el rojo rosado de las rúsulas. Reflejar la estación en la suavidad de la lana. Pero un jersey nuevo, como elegir el fuego nuevo que va a empezar a apagarse otro año más.

¿Con tonos verdes? Un verde de Irlanda, color guisante, brumoso, whisky rugoso, salvaje y solitario como los campos de turba, la hierba rala. Pero, ¿y el rojizo? Hay tantos tonos rojizos, cabelleras ofelianas. Y el deseo de merendar como antaño, pan con mantequilla-pan de especias. Pero el rojo sobre todo, el de la tierra, los rescoldos de los inaprensibles olores de las últimas ferias y del agua que vive en los charcos.

¿Y por qué no color seda cruda? Un jersey de trama gruesa, a rombos, como si alguien aún tuviera tiempo de hacer punto para uno.

Un jersey muy grande: el cuerpo desaparecerá, seremos la estación. Un jersey holgado de hombros, de momento… Incluso es bueno para uno mismo ese modo de representar el final de las cosas con el tono de la estación. Elegir el sosiego de las melancolías. Vestir el color de los días, un jersey nuevo de otoño.

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Primeras nubes

Domingo, 6 de Septiembre de 2009

La frase es recurrente y la expresión no tiene resquicios. Cuando me la dirigen no suelen mirarme a los ojos: “La poesía no me gusta. No la entiendo. Leo de todo, menos poesía…” Bien. Cada uno come lo que quiere o lo que el médico le deja, aunque hay pacientes muy díscolos. Mi padre, por ejemplo, que es hipertenso y padece una diabetes severa junto a una hiperlipidemia que le ha generado una patología coronaria muy grave, mi padre, digo, come salchichón a escondidas; de una forma tan furtiva como que lo conserva debajo de su almohada. Nunca se me ocurriría quitárselo.

Con la poesía me gustaría que, al menos, sucediera algo parecido. Entendido el pudor a reconocer ser lector de algo tan delicado, esconder un librito de poesía en algún cajón de la mesilla de noche para aliviar el reuma del alma algunas noches, le sentaría muy bien a ciertas personas, aquéllas que distinguen entre ángeles y demonios, cuando todos sabemos que son la misma cosa.

Porque la poesía existe, y no es como suponen estos lectores que están a punto de cerrar esta página y puede que no vuelvan más a este cuaderno, indignados. Es cierto que la misma palabra es una barrera que no se atreven a saltar, como caballos a los que se resiste un seto.

Existe, pero siempre ha vivido malos días. Si el alumbrado eléctrico acabó definitivamente con las estrellas, la poesía ha avistado su final desde el momento en el que nadie puede permanecer en silencio, en absoluto silencio, más de media hora, bien porque suena antes un teléfono móvil, bien porque terminan apretando el botón del televisor, angustiados de oír dentro de sí una tempestad parecida a la que oímos cuando nos acercamos al oído una caracola marina.

Hay un momento, por estos mismos días, cuando comienza a presagiarse el otoño, que nace en nosotros un sentimiento ambiguo de alegría y tristeza mezcladas, porque comprendemos que algo acaba y algo empieza. Es un sentimiento más fuerte que el que experimentamos en Año Nuevo. En la frontera entre un año y otro no cambia nada: es invierno, todos trabajamos, y los días son igualmente cortos. El verano y el otoño son, por el contrario, dos mundos distintos, y siempre creemos que el que se va de la ciudad durante un mes y vuelve, es diferente.

En estos días, hemos visto como el cielo se ha poblado súbitamente de golondrinas, que ensayan la partida otro año más. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, puedo ver decenas de ellas sobre un viejo cable combado que salva el barranco que hay al otro lado de mi casa; el mismo hilo que me trae una luz pobre donde tanta luz hay.

Es divertido verlas una al lado de otras, tan aplicadas y académicas, con su pequeño frac y su pecho condecorado. Pueden parecer pinzas para la ropa, sólo que por un efecto óptico parecen estar pinzando en realidad una nube que pasa. Es, también, la primera nube del otoño.

Es muy diferente de las nubes de verano que los alisios atlánticos con su vago perfume, salobre y envolvente, nos regalan. Al contrario que las golondrinas, llegan las nubes del otoño cuando aquéllas se van. Pareciera que las golondrinas han estado esperándolas vestidas con su mejor traje para poder irse.

¿Cuántas veces habremos visto esta misma escena, desde esta misma ventana, en una ceremonia que siempre nos parece demasiado breve?

Estamos hechos de repeticiones, las buscamos, nos amparamos en ellas, desde niños, desde aquellos días lejanos de la infancia en que pedíamos que nos contaran, antes de dormirnos, unos cuentos que habíamos oído cien veces y exigíamos que nos los contaran de la misma manera y con las mismas palabras, intransigentes con las variantes.

Comprendo que la poesía no sea para el gran público, pero todas las cosas que percibo desde este pequeño pero bello rincón de un lugar tan remoto, son poéticas. Tanto si se trata del hojalatesco canto de un gallo, el ladrido lejano de un perro en lo más oscuro de la noche, las voces incomprensibles que se lanzan dos hombres de un cerro a otro, el melodioso silbo de una mirla o la joven que regresa de la playa con los ojos aún más verdes como un arpa rubia.

Siempre recurro a París, a las elegías de Baudelaire o a los caligramas de Apollinaire, pero uno, aquí, en las puertas del último otoño, se acuerda de algunos de aquellos adjetivos que utilizó Virgilio para calificar al tamarindo o al rodrigón de la vid. Son, en sí mismos, como magníficas ruinas, como templos de mármol junto al mar, como grandiosos estadios en los que hace ya dos mil años que nadie disputa una carrera, pero cuyas piedras no han olvidado aún la vida y el deseo que hubo en ellas. Las piedras no olvidan.

Se han ido las golondrinas, vienen las primeras nubes, el aire se enreda el las higueras y sale de ellas mucho más perfumado, casi como un almíbar. Y entonces uno se da cuenta de lo más terrible de todo. Eso es la poesía, nostalgia de lo que tenemos, de lo que la vida nos ha regalado, aunque siempre hemos sabido que nunca fue del todo nuestro.

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24 de julio. Federico Sánchez se despide de ustedes.

Viernes, 24 de Julio de 2009

Dos razones me sirven para justificar la continuidad de mi existencia: una es la luz de otoño, el sol del membrillo, otra es cualquier arroz bien guisado. Aunque la gloria me haya abandonado aquí, junto al mar, y después de haber merecido tanto el derecho a mi muerte, veo como en este momento, cuando la luz de harina se va deshaciendo, arriban a puerto las barcas de pesca y recuerdo los azules primordiales y sus voluptuosos perfumes que constituyeron mi paraíso. Era cuando frecuentaba a los dioses en alta mar. Entonces, pienso que antes de bajar al infierno me daré una vuelta por la lonja. Como un teólogo sueco con chubasquero buscando el sentido de mi vida, bajo un temporal, caminaré por la playa vacía sobre algas fermentadas, y, si al final del camino no logro encontrar a Dios, podré sustituirlo por un arroz a banda. Seguramente, en ese momento, Dios estará bendiciendo unas gambas rayadas.

Aunque sin amor y olvidado, uno siempre puede coronarse con la luz de moscatel del otoño, la misma que el mar refleja sobre la frente de los viejos marineros varados. De ellos podré escuchar, en los bares del malecón, historias de navegaciones y otras suertes de la mar, a cambio de nada. Pequeñas sensaciones naturales irán creando humo dentro de la memoria hasta confundir mi orgullo, y cuando el gregal vuelva a azotar el espigón, ya no recordaré que un día deseé el amor o la muerte. Volveré a recordar que la puesta de sol, allí, es tan bella que a veces la gente aplaude.

Cogeré dos camisas blancas, unos pantalones recios contra el salitre, un libro de Virgilio y un frasco con aceite de oliva virgen para dar los primeros pasos hacia la inmortalidad. Y cuando consiga transformar a esa muchacha de ojos verde índico en una melodía de Mozart, en una estrella de álgebra, en un paisaje o en una llama que arda el mar, finalmente la habré alcanzado.

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Vuelvo en 1 minuto
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El olor de las manzanas

Domingo, 21 de Junio de 2009

Ayer volví a la vieja casa, en La Navata. Sólo quería, a pesar de que el verano será corto, recoger algunos papeles y auscultar al piano; Schumann seguía allí instalado, como una de esas enfermedades que se decían crónicas, de nuestros abuelos. Bajé al sótano. De inmediato se apoderó de mí. Aún quedaban manzanas, apiladas en tarimas y acunadas por una tibia luz de miel que las otorgaba un verde como de cuaderno de caligrafía antiguo. No me acordaba de ellas, pero ahí estaban, esperando a que las escribiera, igual que nuestros perros aguardan siempre a que reparemos en ellos y se acerquen para que los acariciemos un instante que para ellos serán ignorantes años dichosos de su vida.

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No tenía, tampoco, la menor intención de sufrir un brote de melancolía ante un olor que pintó mis habitaciones en un tiempo que ahora es amarillo. Pero el alma de uno es así, también padece una enfermedad crónica. Ya no había nada que hacer. El olor de las manzanas actuó como un detonante en lo más íntimo de mi ser. ¿Cómo he podido huir durante tanto tiempo de esos años acres y azucarados?

Las frutas avellanadas están deliciosas, con esa aparente sequedad cuyo confitado sabor parece haberse insinuado en cada arruga. Pero no están para comerlas. Ante todo, no hay que transformar en gusto indentificable ese poder flotante del olor. ¿Decir que huelen bien, que huelen intensamente? No. Es más que eso… Un olor interior, el olor de un sí mismo mejor. Encierra en él el otoño del colegio. Con tinta violeta de bolígrafo húmedo y decapitado manchábamos el papel con infantiles trazos ultraístas. Los niños también tenemos nuestras etapas artísticas, y siempre, nunca sabremos el porqué, abandonamos las vanguardias. La lluvia, entretanto, bate en los cristales; la tarde será larga…

Pero la fragancia de las manzanas es más que nuestro pasado. Lo que nos induce a pensar en otro tiempo es su amplitud e intensidad, una remembranza de sótano salitroso, de desván oscuro. Eso sí, hay que vivirlo allí, hay que aguantar allí, de pie, ese chaparrón del tiempo. Detrás, tenemos las hierbas altas y la humedad del jardín. Delante, corre como una especie de hálito cálido que nace en la penumbra. El olor ha impregnado las zonas oscuras, las rojas, con un asomo de acidez verde.

El olor ha destilado la suavidad de la piel, su ínfima rugosidad. Por más que tengamos los labios secos, sabemos ya que esa sed no puede colmarse. Nada ganaríamos mordiendo una carne blanca. Para eso tendríamos que tornarnos octubre, tierra batida, bóveda de sótano, lluvia, espera. Es doloroso el olor de las manzanas. Es el de una vida más intensa, de una lentitud que ya no merecemos.

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