El blog de Alfredo Quiroga
Entradas Etiquetadas ‘Otoño’

Coger moras

Domingo, 29 de Agosto de 2010

coger-moras

Es ahora, cuando agoniza el verano. Aquí no lo parece pero hace tiempo que se rindió en Aquitania.
En Saint Léon-sur-Vézère los viejos amigos sólo hablaban estos días de la vuelta al trabajo. Regresé a abonar y a regar la biblioteca para la cosecha de diciembre y me encontré ya tras la cancela algunas hojas muertas del abedul. Todo volvía a empezar: respiré septiembre de nuevo. Nunca se sabe cuándo será septiembre.
Se repitió la propuesta de estas fechas y salimos a coger moras, incluso Alison que hizo valer el lema de su querido Hertfordshire: “Trust and fear not”, dejándose  llevar por mí,  mucho más que en los ensayos.
El sitio siempre es el mismo: a lo largo del camino, en la linde del bosque. Las zarzas cada año están más frondosas e impenetrables. Las hojas tienen ese verde mate, profundo; los tallos y espinas, esa tonalidad vinosa virada del magenta más puro, bellísima.
Cada uno con su caja de plástico especial para que no se aplasten las bayas. Todos cogiendo sin demasiado frenesí, por supuesto sin ninguna disciplina. Sólo para un par de tarros de confitura que estarán esperándonos en otoño, cuando regrese al rojo. Saborear los rescoldos dormidos del último sol de otro verano. Untar de sol maduro con sabor a mora el pan nacido esa misma madrugada. Un frescor oscuro.

Las moras son pequeñas, de un negro rutilante. Probamos alguna que aún conserva un grano rojo, un sabor acidulado. Las manos negras ya. No sabemos dónde limpiarlas, o sí: alguien comienza a correr. Las hierbas amarillentas también sirven.

Los helechos comienzan a sonrojarse y se dejan caer, con esa curvatura geométricamente imposible, sobre las perlas malvas de los brezos. Hablamos de algo. Las moras saben a también a colegio, a madera de cedro. Nos hemos llevado el verano con ellas. En la pequeña curva de los avellanos, nos deslizamos hacia el otoño.

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a.q. (2010). Para A. B., metal en la madera.

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Oigo la lluvia fría…

Miércoles, 2 de Diciembre de 2009

…amontonarse sobre la noche como el sudor eterno de su tranquilidad.
Pasan lentos los coches. Oigo también tu corazón lejano pasar de madrugada entre la lluvia y me asusta la sombra de tanta intimidad.

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En pocas palabras se resumen, pienso, casi todos los días: en las sílabas contadas de mis versos. Mientras llueve. Porque ya sabes que el otoño cuando se rinde, además del plumaje mojado de los árboles, además de la luz y de esta tierra, era una cita rota, perdida entre nosotros. Y ahora recuerdo la lluvia mansa, lenta, la que araña los cristales como el tiempo nos araña la piel. Y amanece. Entonces es más sabio el amor. Cuando empieza ya a oírse la mañana, por el camino largo de lluvia, el desierto rosa de tu piel.

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El último sol del otoño

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

El último sol del otoño tiembla
como el miedo de estar vivo.
Como una luz que se filtra
por la piel blanquecina
de un verano envejecido.

Temblamos con un miedo constante,
por sabernos vivos y sentir un presagio
de leche derramada.

El último parpadeo de la tarde
escala las montaña desvistiendo
por la espalda a los árboles.

Alguien nos roba los días
y se lleva el último sol del otoño,
y las briznas de hierba
que crecen en los bordes de las horas
nos traen la enfermedad de los inviernos.

Y tú, que ya tienes el otoño sobre tus manos,
sólo esperas algún viejo milagro
que te enseñe a escuchar el eco de los muertos,
el murmullo otoñal de su tristeza
soportando sus lápidas,
igual que Atlas sostiene en vano
todo un planeta desierto.

A. Q. “Adverbios de tiempo” (”Claves de Razón Práctica”, septiembre 2009).

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Lugares donde el dolor no puede alcanzarnos (I)

Martes, 3 de Noviembre de 2009

“Admiramos ciertos lugares; otros nos conmueven y desearíamos vivir en ellos. Me parece que dependemos de los lugares en lo que atañe al espíritu, el humor, la pasión, el gusto y los sentimientos”. La Bruyère.

New York, Central Park, otoño de 2009.

New York, Central Park, otoño de 2009.

[A.Q., 1996-1998]

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Últimas rosas

Jueves, 8 de Octubre de 2009

rosas2

Antes de partir de nuevo hacia las luces del violento Atlántico, en busca de las profusas dunas donde no se refugian tristes dioses crucificados, quise ver por última vez a las inquietas hojas con una mirada de mar prisionero entre hierros. Todo es triste al volver. Un mundo caído entre las cadenas que sostienen la vida.

Hacía sol, un tiempo amarillo, las ciruelas encendían un fuego templado que traía los olores del otoño. Los membrillos agonizando lastimeramente por el suelo, y las últimas rosas…

Y, claro, el olor más supremo, el que custodia la vieja leñera. Entendí, al instante, por ese olor, porqué Ulises recorrió todos los versos de La Odisea. Esos leños dormidos aún guardarán, seguro, algo de savia en sus arterias; este invierno, al menos, no la llorarán.

Entré en la casa. Estaba helada, estaba nevada. Improvisé un modesto fuego que pronto comenzó a languidecer. Me senté y lo miré de frente; crepitaba como el hielo. Sólo el fuego no tiene futuro, pensé. Alcé los ojos hacia la biblioteca. Seguía en silencio. Deduje que cualquier otro habría vivido las cosas que he tenido que vivir de otra manera, y en el fondo a mí me hubiera gustado vivirlas de otro modo.

Sólo aspiro a tener garantizado un fuego como éste todas las noches que me otorguen los días. Mi vida se va desgranando en este cuaderno de hule. Y es así, y no quiero otra. A veces, por las noches, me asalta la idea de la muerte. Me apena y me asusta. A veces. La tiritera desparece con el sueño, o enciendo a escribir. Uno, ya lo ha dicho, escribe para celebrar la vida y la belleza de las cosas, pero eso no es siempre fácil de alcanzar, y poco a poco se apodera de uno el desánimo. Tampoco me parece justo, también lo he dicho, recibirles a ustedes, cuando puedo levantarme de la cama, con el guardapolvos del desaliento, de manera que me lo quito, pero la anomalía acaba siendo descubierta.

Todos los hombres que han inmolado sus vidas en el menester del arte, al menos los que a mí más me interesan, han buscado para sus humores melancólicos una salida. Unos la han encontrado y otros no; otros se han vuelto locos antes, o se han quitado de en medio o han hecho desdichados a los que tenían a su alrededor. De manera que a la vez que uno escribe una simple cuartilla está con el continuo temor de volverse loco o muerto o un hombre malvado. Lo evito y me pongo a salvo, a mí y a los demás, estando solo. Y me voy desprendiendo de cosas; las tiro por la borda.

Dejemos esto, los yos corren siempre el peligro del gigantismo. Váyanse a dormir y abracen esa espalda que les espera y que cae en el sueño y les piensa para que existan.

No me juzguen sólo por mi invierno, o quizá sólo por mi verano. Son cuatro las estaciones. Uno es con y sin hojas; como los árboles, donde siempre viene a posarse en sus ramas un pájaro solitario.

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