Sólo sabemos que fue domingo
Enero huele a pueblo. El crepúsculo, entre seis y siete de la tarde, es como la obra en marcha de un altar sin imágenes que se congrega o derruye en una esquina del cielo, o que luego asoma por otra esquina. Es como si algo grandioso, orificado y celestial, se estuviera haciendo y deshaciendo, construyendo y reconstruyendo, como el polvo azul de la tarde. Son nubes del cielo que pronto serán nubes del infierno, pasando del oro bíblico al rojo dantesco y desesperado. Así, con estruendoso silencio, muere el día.
Junto al ciprés alto y gótico del jardín, donde habita el tiempo, asisto al sepelio más sagrado. A esta hora hermosa y penúltima, el oro clama su luz y el ciprés da su frescor verdinegro, su rezo. Sabemos que fue domingo.
En el jardín, mi vida va entrando en sombra. Estoy solo, rehén ya de la luna. Todo se diluye. Todo se nos borra. Es como un cansancio sin cuerpo, una lentitud como de carne, donde se mojan ansias y sueños. Un pedestal sin estatua. Lo que quedó de aquel naufragio.
Sé que al anochecer muere un velero cada día. Y muere el aire y alumbra luces del cielo roto, pasa el mundo y resuenan mares donde no había. Vengo de los amargos sepelios de los amigos. Nada de lo que digo quedará en el aire escrito. Sólo sabemos, tú y yo, que fue un domingo.






