Martes, 24 de Agosto de 2010
24 de agosto. De vuelta a Madrid. Me cruzo con la luna llena. Bellísima. Qué bien le sientan estas noches. Escribo en el avión. Me recapitulo. Los poderosos tobillos de aquella enfermera. Voy a solicitar una excedencia para darle un beso. Y los jueves, milagro. Es martes. Ensayo nuevas maneras de tenerme en pie. Vuelvo a trabajar en el guión de Saura. ¿Dónde quedaron las turbulencias? Leo La mujer en silencio; también abandono a Sylvia Plath: anoto.
El artículo para Claves: “El paraguas de Humboldt: Decir el clima”. Declino, respetuosamente claro, la comida; igual que en el hospital. Sólo agua y tinta. Aguadébil. Cierto tantrismo estilográfico. La inmanencia de la creación artística.
Está viejo el mar. Todo ya muy entrado: tiempo de coger moras. Como fuera de casa, en ningún sitio: amaneceré en París.
Sé lo que están pensando. No se hable más.

a. q. (2010).
Martes, 18 de Mayo de 2010
No me beses si no es para quemarme –me decías-, si no es para colmarme del más dulce veneno y ofrecer mi boca a la hoguera y la esperanza.
No hace falta que me abrases las entrañas, que descosas mi cuerpo, igual que un cirujano, para volver a remendar tanta tristeza.
Sólo quiero que recojas de mis labios las pavesas heladas que otros labios dejaron, que llenes con el gesto de tu lengua melada mi oscuro paladar, mis vulnerables dientes, y cada comisura que mi boca esconde.
Acércate a besarme, no lo dudes, ahora que hay rocío sobre la leña de esta bóveda abierta a las hogueras.
Y si algún día te alejas, volátil como el humo, dejando mi corazón de nuevo en plena umbría, remíteme las señas del mar en el que habitas para saber dónde arrojar tanta ceniza.
Aquí dejo estas palabras, cicatrizando despacio, ahora que al fin empieza el verano.
Nadie sabe por qué se seca antes la sangre de un pájaro que la tinta sobre el papel.
A. Q., Autobiografía de un espejo, S. C. de Tenerife, Vid, 2010.

Domingo, 18 de Abril de 2010

Anoche estaba linda la mar y cruzamos sus aguas como si ya fuera verano. Aguas entre abril y mayo. Anoche el barquito de Manuel y el perfume de los dondiegos.
Surcamos la doble oscuridad de agua y de noche, el repetido oleaje de tiniebla y agua. Anoche, porque aquí los domingos no hay mar, tan sólo una emulsión de plomo que se pierde en el horizonte.
Desgarramos las aguas con sigilo y volvimos después a hilvanarlas con brazadas largas y ligeras. Carne acuchillada por el agua, el mar que viste los cuerpos. Rumores de ropa desgarrada y reunida, con dulces latigazos, el agua iba nadando por el cielo.
Nos bañamos lejos, cerca y en silencio, bajo un cielo detenido que traficaba con estrellas. El silencio no pudo más y tronó a lo lejos. Cada vez éramos más noche.
El agua sonaba en la carne como reconociéndola. La carne sonaba en el agua como contra una espada jubilosa.
Y eras tú el otro cuerpo, la solitaria mujer inexplicable que sólo puede venir junto a mí, en una noche así, con una luna azul en el cabello, una mirada diurna y unos pechos de fuente que camina. Anoche.
Y no sabíamos si había pasado mucho tiempo o no había pasado ningún tiempo. Fue.
Lo que dura la eternidad.
A. Q. Homenaje a Carlos Álvarez-Ude, Santa Cruz de Tenerife, 2010.
Jueves, 18 de Febrero de 2010

…Y volvió sedienta de iluminarte,
de reflejarse en ti, de regresarse
renovada y henchida de tu nombre.
Porque serás tú el mar
que colme nuestra sed.
Serás el mar, el aire y la mañana,
y como un mar vendrás,
vestida sólo de espuma
inundando el silencio de las cosas
con el murmullo blanco de tu cuerpo,
asumiéndome al fin bajo tus aguas.
Alfredo Quiroga, “El alba desabrochada”, S. C. de Tenerife, 2010.
Jueves, 4 de Febrero de 2010

El día fue largo sin ser verano. El cielo se desligó de sí mismo hasta mostrar su corazón desnudo. Alargué el brazo y estiré la mano. Se enfureció el oráculo. Sólo me dio tiempo a guardar mi voz entre las manos. Surcos de lluvia arrastraban cristales de tiempo, hilos, botones y sueños. Las aves se perdieron. Hubo preguntas: ¿De dónde viene el viento? De muy lejos. ¿Tiene uno identidad o es sólo parte del paisaje que duda en una vela? La lluvia picoteaba en un mar oscuro.
Intenté abrazarte, pero ¿cómo voy a abrazarte si no existes? El brillo de las hojas con el agua parecía prometerme que todo ocurre. No es ligero vivir sin lo ligero de ser dos, pensé.
Con lenta diplomacia los recuerdos se esfumaron y el invierno quedó a solas con un eco de rota eternidad. Tras la tormenta, un aire silencioso, como si en general algo empezara, llevaba el secreto de lo que había escuchado en una tarde; una tarde como dos años. Todo ocurre en el brillo de las hojas.
Me encomendé a otro anochecer, como quien vive en continua transición. Me acogió un indagar oscuro de palabras que temblaban buscando tu nombre y el andar de tu paso. Siempre todo a punto de ser. Y ya no hacemos pie. Quise bajar hasta la playa y volverme cara de viento. Por no dejar de hacer un surco, un surco en el cielo.
S. C. de Tenerife, 4 de febrero de 2010. A. Q.
