El blog de Alfredo Quiroga
Entradas Etiquetadas ‘Madrid’

Paseo con AriadnaQ.

Lunes, 7 de Diciembre de 2009

Nunca se sabe cuándo puede ser domingo. En Madrid, ayer lo fue, y en tránsito hacia Inglaterra desde donde escribo estas notas, en el Basil Street Hotel, y antes de que AriadnaQ., como escribe ella, partiera hacia Amsterdam y Brujas para tomar sus clases de violín, nos otorgamos un paseo en vaso de caña y con la leche tibia, por favor.

La mañana tardó en desperezarse y cuando lo hizo la gente ya había desaparecido dentro de la iglesia. En una mañana así, mientras la humanidad conversaba con Dios, recordé que un poeta, un andaluz universal, conversaba con su burro. Por la calle íbamos Ariadna y yo de la mano. Conversaba con mi hija, a cuyos ojos se asomaba un borriquito de inocencia y obstinación.

Todo estaba fuera. Nada había adentro. Era una mañana de exterioridades. Lo que el mundo es, ahí estaba. Los secretos del universo, sus claves pueriles y últimas temblaban en el aire frío de la mañana. En redes de luz y cielo coleteaban las verdades primeras. Altares de sol, deidades de roca, firmamentos vacíos y sucesivos, esa anchura fresca que la humanidad ha dejado en torno, encerrándose en la iglesia.

Mi hija y yo paseamos por un mundo más extenso, por unas calles que dan directamente al mar azul del cielo. No encontramos a nadie a nuestro paso. Ni siquiera a Dios. La niña tomaba cosas del suelo, se encaraba con la musaraña de paso, seguía el rabo de un perro como la oscilación secreta del universo. Los perros y mi hija, criaturas sin Dios, seres hozadores y puros, privilegiados visitadores con salvoconducto de todos los rincones.

Me adentré, con la niña de la mano, en la profundidad de la mañana, en la hondura sin misterio del día, en la lentitud ligera de la hora. Fuimos, venimos. Las iglesias tenían en torno un cerco de silencio. Qué holgados, la niña y yo, en un mundo vacío, en las barricadas del cielo, tan solas. Hacia el norte podíamos pisar hierba de suburbio, triángulos de pobreza, los flecos sucios y pobres de la sierra lejana y cercana.

No había presencias implacables que nos amenazaran, no había dioses de domingo que nos vigilasen, nada entre el mundo y nosotros. Nada ensombrecía los montes con su magnificencia, nadie oscurecía la nieve, el sol, el día. Nada nos miraba desde ningún sitio y todo nos veía sin mirarnos. Éramos el hombre y la niña que estaban en el mundo. La niña es compacta, breve, provisional, tan amenazada, con una biografía de fruta y una cultura de ave. Yo soy confuso, difuso, neblinoso, pero el aire de la mañana me aclaraba, me afinaba, como tantas otras veces, y me simplificaba, me fortalecía.

La niña iba al encuentro de las cosas, y yo, al reencuentro. Los perros nos miraban y nos veían, quizá, como perros.

De regreso, las gentes que volvían de la iglesia, asociaciones madrepóricas de familias, la dicha lenta que traían entre todos, un sol de costumbre y rebaño, porque ninguno había captado nada, quizá, pero entre todos reúnen sus nadas y crean algo, acuerdan sus dudas y crean una fe. Se dispersaban en pastelerías, comercios, portales, santificados y apetitosos, pasando de la unción y la penumbra al aura de las cocinas, de la nada catacumbal a la totalidad del día. Habían muerto durante media hora, habían ejercitado sus esqueletos, habían estado de pie, sentados, arrodillados, hablando, en silencio, pero procurando ser siempre muertos que hablan, muertos que se sientan o se arrodillan, para mayor unción. Y luego, involuntariamente, se dejaban coger por la realidad, sus vidas los esperaban a la puerta de la iglesia y se hundían precipitadamente en el día, huían sin saberlo del hueco que los había tenido presos. Llenaban la calle.

La mañana acabó por encogerse. Mi niña ya no era única. La miraba entre los niños. Todavía paseábamos despacio, y los cuatro puntos cardinales nos tocaban, pero el milagro había cesado. El milagro que las gentes buscaban en el interior, en la sombra, y que nosotros habíamos vivido fuera, al aire libre, en las calles, de cara al campo.

Se ponen de espaldas a la vida, de cara a la pared de los sepulcros, y ese retener el aliento durante minutos, ese contener la respiración de la vida, les permite luego sumergirse gozosamente en la luz. Nosotros, sin esos ejercicios de gimnasia espiritual, vagabundeamos por las calles, como los perros, perreamos directamente, y nuestro tiempo no tenía, ni tiene, velos de penumbra.

Éramos un hombre y una niña que se adentraban naturalmente en lo más escarpado de la luz, sin miedo.

amigo

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La intimidad de la luz almacenada

Sábado, 21 de Noviembre de 2009

Llegué con sombras apretadas entre las manos. Me esperaba la casa helada, con los anchos muros rezumando humedad y friura. Nada más llegar encendí la caldera y la chimenea, aunque sabía que era tan sólo para pocos días, unas horas. Comenzó a arder el fuego y también sabía que tardaría en derrotar ese helor. Extraje de la biblioteca una biografía de Mercedes Rodoreda y otro libro sobre los escritores catalanes en la guerra civil. Mañana cita con el editor en Madrid, y no iré a ningún sitio más. Sólo tranquilidad y silencio. Ni siquiera me interesan las noticias del periódico. Me quedaré mirando por los cristales del balcón desde este sillón viejo.

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No hay pájaros que canten. De vez en cuando llega de muy lejos un ruido, no sé de dónde. Siempre es un ruido fúnebre y penoso. Son horas de una gran tristeza en la casa que, sin darme cuenta, se ha hecho mayor y ahora nos entendemos peor. Y las tardes tan cortas, y las noches tan largas. La mañana aún es más distraída. Escarbé los rosales del jardín. La luz es escasa, azul, como la piel de los abogados. Apenas tengo fuerzas para seguir escarbando los rosales. La tristeza siempre paraliza.

Los pasos por la casa suenan secos y desangelados. El silencio que ocupó las habitaciones es inhóspito, y retorno junto al fuego. Todo está detenido. Me siento como una figura decorativa que espera a alguien que le mueva de su sitio, un poco sólo cada día, acercándome más a mi destino, como hacen los niños con los Reyes Magos en los belenes. Pero no, no viene nadie.

Fundido en negro. La imagen de la chimenea me recuerda que una vez dije amor. Y se poblaron mis labios de ceniza. He pasado mucho tiempo habitando mi nombre. Ha quedado un saldo de fantasmas y un camino de nubes. Junto al fuego siento la quemadura de los sueños vacíos. He aprendido a aceptar que la vida se refugiase en otra habitación que no fuera la mía. La luz se almacena detrás de una ventana. Me hago cargo de todo, de nada me convenzo. No quiero renunciar aún. Seguiré buscando un cometa al que poder seguir mientras la noche golpea sus clavos contra mí, clavos que son como estrellas.

(La Navata, “Casa de Ánforas”, 21 de noviembre de 2009).

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Una corazonada (y 2).

Domingo, 4 de Octubre de 2009

Aún quedan rescoldos del descorazonador resultado de la votación de los Juegos Olímpicos de 2016. Como quiera que la resolución no resultó favorable para Madrid, y como siempre que suceden estas cosas, se cuestiona y se pone en duda la limpieza de tales votaciones. Si el resultado hubiera sido el contrario, la conclusión hubiera sido lapidaria y unánime: ¡Por fin se ha hecho justicia! Y el mega-alcalde podría, por fin, construirse una pirámide para morar por toda la eternidad.

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En cualquier caso, el año ha comenzado a coger velocidad y se desliza sin tregua por la pendiente del calendario hacia su última hoja. Al final de ella, como todos los años, los periódicos y, en general, todos los medios de comunicación, en su arqueo tradicional, retrocederán en el tiempo y nos recordarán lo que en su día fueron noticias de portada, la suya. Figuras célebres que murieron; otras que no lo eran y lo han sido en este año. Una vez más veremos el rostro de algunos premios Nobel y de aquellos a los que la Fortuna señaló con el dedo.

Recapitulamos, porque la memoria necesita de estos periódicos repasos, para fijarlos aún más en su movediza sustancia, porque, cuando llegue diciembre o enero, apenas recordaremos ya lo que sucedió un 2 de octubre de 2009 en Copenhague.

No sé que quedará dentro de cinco, dentro de cincuenta años, de todo lo que ha venido sucediéndose en estos últimos meses. Puede que mi hija haya vendido como saldo mi biblioteca porque los libros viejos, y sobre todo los de poesía, afean las casas inteligentes y domóticas. Puede que la “Casa de Ánforas” quede abandonada, con su jardín y su piano desafinado ya para siempre. Nadie percutirá sus cuerdas. La viola da gamba de Cremona será un raro instrumento aún más sospechoso que ahora. Las estilográficas se habrán secado definitivamente. La madreselva no saldrá ya de casa y no querrá mirarse al espejo. Puede.

Dentro de un siglo, quizá, hablen de hechos que pasaron desapercibidos para nosotros. Dentro de cien años puede que se lean libros que rechazaron este mismo año los editores o que los críticos reputaron mediocres. Tal vez vuelvan los ojos hacia vidas heroicas que apenas destacaron.

Pero, cuando este año agonice, se hablará del caso Gürtel, del equipo nacional de natación sincronizada, de los Presupuestos Generales del Estado, del Presidente Zapatero en Pittsburgh, de la marcha de Benedetti… y, cómo no, de otra oportunidad perdida para Madrid que pudo cambiar, de una vez por todas, el curso de su maltrecha historia.

Y sin embargo, para mí, este año sólo podrá ser el año en el que la vida hizo sus cuentas con los dedos y comprobé que no había perdido la memoria, sino que mi pasado no se acordaba de mí.

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Arqueología de un sentimiento

Lunes, 28 de Septiembre de 2009

Aquel niño de los pinares adolescentes y las grises acacias del Retiro que siempre se caía en los alcorques, iba para nada, decían. Aún es así para muchos. Pero me extravié en Madrid, y no llegué a ningún sitio. Soy un árbol de días, espesado por el presente, abultado de horas y que crece hacia el cielo ocultando meses enteros.

Y nada debo ser cuando veo el jardín, en septiembre, como un arpa con sueño, la delirante lanza que mata el sol penúltimo. Veo el jardín, en septiembre, como un campo de guerra: perfumados cadáveres del verano que fuimos se esparcen por la hierba como estatuas fallidas. Un álbum de tardes y de silencio espeso.

Nada, porque sólo asisto en tus ojos cansados al espectáculo de la perpetuidad de ciertas cosas leves, como la pardosidad de cierto verdor o la lentitud de ciertas miradas. Es un universo insensato y cambiante, fascinante, donde, de pronto, surge el espectáculo íntimo de una fijeza, el que tu voz siga cayendo de unas cataratas de espuma, el que tus ojos sigan recogiendo las mismas luces doradas y ámbar, olvidando todas las demás.

Y nada soy. Tan sólo agua estremecida en una cesta de flores rotas.

Pedestal sin estatua, a. q. 2009.

Pedestal sin estatua, a. q. 2009.

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Arde el mar

Domingo, 27 de Septiembre de 2009

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Abandoné Madrid con su corazonada en blanco, como su noche, y le dejé encargada una lluvia poco hecha para las cuatro; esa lluvia donde perece ahogada el alma de los peces.

Se quedó la casa temblando de frío y viento. El jardín, inmóvil, permaneció impávido frente a ese viento que sólo vive allí y está lleno de gemidos de madres. Cuánta belleza no respirada.

Y volví al mar, como otras veces. El mar, esta vieja agua colombina que apenas ya sale de casa y no abre los balcones. Este mar, serpiente que se desliza en torno del planeta, silba en la noche y de día luce sus escamas de acero. He corrido a lo largo de una playa que iba hasta el alba, por ese borde del mundo adonde ya apenas llegan las punzadas del vivir, y adonde empieza la vaguedad de los tiempos.

El mar sólo se abre a los niños. La mano del hombre necesita mucho esfuerzo, mucho dolor, mucho tiempo para sacar algo del mar. Un niño, en cambio, mete la mano en el agua y saca un pequeño cangrejo, una concha que brilla, algo. Ese miligramo de plata que hay en la ola, sólo se le da al niño. Al mar no hay que desafiarle. Hay que entrar en él con confianza, con seguridad, como un niño. El mar es la tierra firme de los niños.

Quiero que el mar se lleve de un solo maretazo todo mi dolor y todo mi tiempo. Y se lo lleva; y lo devuelve. El mar nunca se queda con lo que no le pertenece, como me enseñó M. en Muxía un día que buscábamos “mónadas” en Fisterra. El mar nunca defrauda. Un cielo adulto, un mar viejo y una tierra de luz.

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El mar es un monumento a la libertad; la única estatua de la libertad posible. El mar es una estatua derribada. Un niño, extranjero en la vida, enseguida es adoptado por el mar, escuela azul y verde de toda infancia.

Me quedo en la orilla y el mar aún me reconoce, después de tantos años. Hendí la vida en él, con olas altas y bajo esa pulpa de luz que hay en su aire. Belleza ahogante.

Le prendí fuegos, hogueras, como un vagabundo solitario por los vertederos de anémonas dulces, y pisé las llamas alegremente; el pie con su peso cansado, y en las manos un violín apagado. Mi casa, un callejón de mar donde crece la hierba entre las olas. Donde moran los restos de un naufragio de huellas encharcadas por lágrimas que me queman en la oscuridad.

anaga7

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