Paseo con AriadnaQ.
Nunca se sabe cuándo puede ser domingo. En Madrid, ayer lo fue, y en tránsito hacia Inglaterra desde donde escribo estas notas, en el Basil Street Hotel, y antes de que AriadnaQ., como escribe ella, partiera hacia Amsterdam y Brujas para tomar sus clases de violín, nos otorgamos un paseo en vaso de caña y con la leche tibia, por favor.
La mañana tardó en desperezarse y cuando lo hizo la gente ya había desaparecido dentro de la iglesia. En una mañana así, mientras la humanidad conversaba con Dios, recordé que un poeta, un andaluz universal, conversaba con su burro. Por la calle íbamos Ariadna y yo de la mano. Conversaba con mi hija, a cuyos ojos se asomaba un borriquito de inocencia y obstinación.
Todo estaba fuera. Nada había adentro. Era una mañana de exterioridades. Lo que el mundo es, ahí estaba. Los secretos del universo, sus claves pueriles y últimas temblaban en el aire frío de la mañana. En redes de luz y cielo coleteaban las verdades primeras. Altares de sol, deidades de roca, firmamentos vacíos y sucesivos, esa anchura fresca que la humanidad ha dejado en torno, encerrándose en la iglesia.
Mi hija y yo paseamos por un mundo más extenso, por unas calles que dan directamente al mar azul del cielo. No encontramos a nadie a nuestro paso. Ni siquiera a Dios. La niña tomaba cosas del suelo, se encaraba con la musaraña de paso, seguía el rabo de un perro como la oscilación secreta del universo. Los perros y mi hija, criaturas sin Dios, seres hozadores y puros, privilegiados visitadores con salvoconducto de todos los rincones.
Me adentré, con la niña de la mano, en la profundidad de la mañana, en la hondura sin misterio del día, en la lentitud ligera de la hora. Fuimos, venimos. Las iglesias tenían en torno un cerco de silencio. Qué holgados, la niña y yo, en un mundo vacío, en las barricadas del cielo, tan solas. Hacia el norte podíamos pisar hierba de suburbio, triángulos de pobreza, los flecos sucios y pobres de la sierra lejana y cercana.
No había presencias implacables que nos amenazaran, no había dioses de domingo que nos vigilasen, nada entre el mundo y nosotros. Nada ensombrecía los montes con su magnificencia, nadie oscurecía la nieve, el sol, el día. Nada nos miraba desde ningún sitio y todo nos veía sin mirarnos. Éramos el hombre y la niña que estaban en el mundo. La niña es compacta, breve, provisional, tan amenazada, con una biografía de fruta y una cultura de ave. Yo soy confuso, difuso, neblinoso, pero el aire de la mañana me aclaraba, me afinaba, como tantas otras veces, y me simplificaba, me fortalecía.
La niña iba al encuentro de las cosas, y yo, al reencuentro. Los perros nos miraban y nos veían, quizá, como perros.
De regreso, las gentes que volvían de la iglesia, asociaciones madrepóricas de familias, la dicha lenta que traían entre todos, un sol de costumbre y rebaño, porque ninguno había captado nada, quizá, pero entre todos reúnen sus nadas y crean algo, acuerdan sus dudas y crean una fe. Se dispersaban en pastelerías, comercios, portales, santificados y apetitosos, pasando de la unción y la penumbra al aura de las cocinas, de la nada catacumbal a la totalidad del día. Habían muerto durante media hora, habían ejercitado sus esqueletos, habían estado de pie, sentados, arrodillados, hablando, en silencio, pero procurando ser siempre muertos que hablan, muertos que se sientan o se arrodillan, para mayor unción. Y luego, involuntariamente, se dejaban coger por la realidad, sus vidas los esperaban a la puerta de la iglesia y se hundían precipitadamente en el día, huían sin saberlo del hueco que los había tenido presos. Llenaban la calle.
La mañana acabó por encogerse. Mi niña ya no era única. La miraba entre los niños. Todavía paseábamos despacio, y los cuatro puntos cardinales nos tocaban, pero el milagro había cesado. El milagro que las gentes buscaban en el interior, en la sombra, y que nosotros habíamos vivido fuera, al aire libre, en las calles, de cara al campo.
Se ponen de espaldas a la vida, de cara a la pared de los sepulcros, y ese retener el aliento durante minutos, ese contener la respiración de la vida, les permite luego sumergirse gozosamente en la luz. Nosotros, sin esos ejercicios de gimnasia espiritual, vagabundeamos por las calles, como los perros, perreamos directamente, y nuestro tiempo no tenía, ni tiene, velos de penumbra.
Éramos un hombre y una niña que se adentraban naturalmente en lo más escarpado de la luz, sin miedo.







