En Santa Cruz ya es primavera de nuevo. En Madrid pude comprobar que era septiembre aunque el sábado dejaran la luz encendida toda la noche.
Llegué puntual a mi cita con Mortier y asistí al Evgenij Onegin del Bolshoi mientras esperaba a Iolanta. La miel de luz madrileña aún estaba caliente y el día se dislocaba muy tarde pero sin dolor. Hube de aguardar al lunes para que la muchedumbre se evanesciera y volví a la Casa de Ánforas para releer a Tocqueville en el jardín cerrado.
La noche la pasé en blanco pero releyendo una bellísima edición crítica de “La democracia en América” de Alexis de Tocqueville. Trataba de entender el significado de la capa de “Montezuma” que Mortier me había revelado el día anterior.
El lunes en la plaza de Murillo había un titubeante vuelo de palomas. Todo muy tibio: el azul que había sobrado del día anterior y nadie parecía querer. Así son los lunes en Madrid: un cielo ojeroso sobre los adoquines fríos y un silencio de espuma que envuelve las primeras horas de la mañana. Los lunes, Madrid está solo.
Después de pasear, como tantas veces, junto a la tapia del Botánico en Alfonso XII, Ruiz de Alarcón –que me trajo aromas ocres de “Itzea”-, Felipe IV, Alfonso XI y Espalter, entré en El Prado, cerrado como el jardín.
El Museo estaba desierto, como hace muchos años, incluso los domingos cuando mi abuelo me llevaba y nos podíamos quedar indefinidamente delante de los cuadros sin ser molestados ni apretujados por todas partes. Horas en silencio intentando descubrir la procedencia de la no-luz de la Judit de Goya. Mi abuelo enseñándome el silencio de la vida.

Como en aquellas ocasiones, pude contemplar los cuadros del Bosco, los de Goya, de Patinir y de Cranach con toda tranquilidad. Porque era lunes.
Ahora, además de las consabidas y ruidosas cohortes de turistas, de toda nacionalidad, acumulando ávidamente parcelas de saber o batiendo marcas deportivas en cuanto a la rapidez de los recorridos museísticos, se suman las invasiones de honorables representantes de las clases medias en expansión que ostentan los difusos conocimientos y valores programáticos que el uso de la Red les confiere.
Pero era lunes también dentro del Museo. La austeridad casi monacal de ese ambiente un poco enrarecido que sólo vive para y por la pintura. Pudiera parecer un alegato elitista pero ¿acaso habrá algo más conformista que una elite?
Cuando salí a la calle aún era lunes en Madrid. Fui a comprar unos caramelitos de violeta y subí la Carrera de San Jerónimo hasta la plaza de Canalejas. En el aire aún permanecía suspendido un olor a café viejo, tan asociado a ese pesimismo vital del espíritu madrileño. Una irónica contradicción que no lo es tanto.
Como apuntó Eduardo Arroyo: “ es madrileño quien sepa que hay cosas por las cuales vale la pena vivir –morir también, acaso: puede ser lo mismo- sin que valga la pena hacer por ello aspavientos…”
Ahora también es lunes, de una vida más tarde.

Q. (2010).