El blog de Alfredo Quiroga
Entradas Etiquetadas ‘Madrid’

Retorno a Madrid

Sábado, 7 de Mayo de 2011

No debería uno contar nunca nada. Suelo reflexionar a menudo sobre este pensamiento de Javier Marías que puede parecer que combina mal con depositar esto aquí, a la vista de todo el mundo que repare en ello. Y es que estas palabras son como las macetas de los patios traseros: algo relativo. Como toda la vida de uno.

Regreso a Madrid y lo vuelvo a encontrar cubierto de una lluvia vieja que vive desde que enviudó con un sol que tampoco es ya de aquí.

Madrid sigue durmiendo mal, pero continúa levantándose temprano. El Metro sigue deteniéndose en medio de los túneles, y reanuda su marcha para llevarnos a todos donde no queremos ir.

Vuelvo a pasear solo, sobre todo por barrios alejados del centro, como el mío. Rumio, en esa calma íntima, mi tiempo sin rendirme cuentas. Me asomo a alguna librería, no compro nada. Fumo, demasiado.

Recuerdo cuando de niño pateaba solo durante horas una pelota contra una pared de cal. Busco paredes.

A la vuelta, aún no se vuelve.

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Un cielo de ánforas, © A. Q.

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Cuando se retiran las aguas

Jueves, 10 de Marzo de 2011

“Sólo esperó que volviera
aquel viejo sol de entonces
para, por fin, hacer noche.”

Alfredo Quiroga, “Las aguas retiradas” (Madrid, 2011). 

 http://www.industria.ccoo.es/industriamadrid/menu.do?Inicio:134378

Gracias compañeros. La carrera es eterna y siempre es de relevos. Seguimos…

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Los lunes en Madrid

Domingo, 19 de Septiembre de 2010

En Santa Cruz ya es primavera de nuevo. En Madrid pude comprobar que era septiembre aunque el sábado dejaran la luz encendida toda la noche.

Llegué puntual a mi cita con Mortier y asistí al Evgenij Onegin del Bolshoi mientras esperaba a Iolanta. La miel de luz madrileña aún estaba caliente y el día se dislocaba muy tarde pero sin dolor. Hube de aguardar al lunes para que la muchedumbre se evanesciera y volví a la Casa de Ánforas para releer a Tocqueville en el jardín cerrado.

La noche la pasé en blanco pero releyendo una bellísima edición crítica de “La democracia en América” de Alexis de Tocqueville. Trataba de entender el significado de la capa de “Montezuma” que Mortier me había revelado el día anterior.

El lunes en la plaza de Murillo había un titubeante vuelo de palomas. Todo muy tibio: el azul que había sobrado del día anterior y nadie parecía querer. Así son los lunes en Madrid: un cielo ojeroso sobre los adoquines fríos y un silencio de espuma que envuelve las primeras horas de la mañana. Los lunes, Madrid está solo.

Después de pasear, como tantas veces, junto a la tapia del Botánico en Alfonso XII, Ruiz de Alarcón –que me trajo aromas ocres de “Itzea”-, Felipe IV, Alfonso XI y Espalter, entré en El Prado, cerrado como el jardín.

El Museo estaba desierto, como hace muchos años, incluso los domingos cuando mi abuelo me llevaba y nos podíamos quedar indefinidamente delante de los cuadros sin ser molestados ni apretujados por todas partes. Horas en silencio intentando descubrir la procedencia de la no-luz de la Judit de Goya. Mi abuelo enseñándome el silencio de la vida.

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Como en aquellas ocasiones, pude contemplar los cuadros del Bosco, los de Goya, de Patinir y de Cranach con toda tranquilidad. Porque era lunes.

Ahora, además de las consabidas y ruidosas cohortes de turistas, de toda nacionalidad, acumulando ávidamente parcelas de saber o batiendo marcas deportivas en cuanto a la rapidez de los recorridos museísticos, se suman las invasiones de honorables representantes de las clases medias en expansión que ostentan los difusos conocimientos y valores programáticos que el uso de la Red les confiere.

Pero era lunes también dentro del Museo. La austeridad casi monacal de ese ambiente un poco enrarecido que sólo vive para y por la pintura. Pudiera parecer un alegato elitista pero ¿acaso habrá algo más conformista que una elite?

Cuando salí a la calle aún era lunes en Madrid. Fui a comprar unos caramelitos de violeta y subí la Carrera de San Jerónimo hasta la plaza de Canalejas. En el aire aún permanecía suspendido un olor a café viejo, tan asociado a ese pesimismo vital del espíritu madrileño. Una irónica contradicción que no lo es tanto.

Como apuntó Eduardo Arroyo: “ es madrileño quien sepa que hay cosas por las cuales vale la pena vivir –morir también, acaso: puede ser lo mismo- sin que valga la pena hacer por ello aspavientos…”

Ahora también es lunes, de una vida más tarde.

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Q. (2010).

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Pilates en el avión

Martes, 24 de Agosto de 2010

24 de agosto. De vuelta a Madrid. Me cruzo con la luna llena. Bellísima. Qué bien le sientan estas noches. Escribo en el avión. Me recapitulo. Los poderosos tobillos de aquella enfermera. Voy a solicitar una excedencia para darle un beso. Y los jueves, milagro. Es martes. Ensayo nuevas maneras de tenerme en pie. Vuelvo a trabajar en el guión de Saura. ¿Dónde quedaron las turbulencias? Leo La mujer en silencio; también abandono a Sylvia Plath: anoto.

El artículo para Claves: “El paraguas de Humboldt: Decir el clima”. Declino, respetuosamente claro, la comida; igual que en el hospital. Sólo agua y tinta. Aguadébil. Cierto tantrismo estilográfico. La inmanencia de la creación artística.

Está viejo el mar. Todo ya muy entrado: tiempo de coger moras. Como fuera de casa, en ningún sitio: amaneceré en París.

Sé lo que están pensando. No se hable más.

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a. q. (2010).

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Litografía de Madrid

Domingo, 10 de Enero de 2010

Dejé a Madrid en la acuarela plomo de la hora lenta, antes de que la noche vistiera de números las suyas, esa luz de cuando comienzan a huir los taxis remotos y los últimos amigos han cerrado la puerta. Se adelgazaba su voz hasta hacerse el perfume que derrotaba otro día.

Me volvió a conmover su soledad, la de una mujer de muchos hombres; hombres que se mueren o que se van. Madre coraje sin hijos. Madrid, querida muerta viva. Barra libre, otra vez, para el desconocido. Y agua limpia, para sus ojos limpios.

Porque no todas las infancias de los poetas transcurren en patios de Sevilla, entre limoneros. Hay años de poca edad que los poetas pasan entre amaneceres de plata y tardes de un oro bajo; infancias que condecoran su pecho toda la vida y llenan de futuro su tinta.

Madrid, gentes que los trenes despiertan camino de la oficina diaria, gentes que purgan su vida en las aguas del sueño, donde templan su alma como espada de luna.

Madrid, licor como sangre de vírgenes antiguas con sabor dormido de anís. Acacias, cerveza, metro y soles provincianos. Y un papel en su bolsillo: el recado de la vida. El sueño, alto y soleado, de los que viajan en metro, obreros, jubilados, “caballeros mutilados con asiento reservado”, los que imaginan un allá arriba con niños y buen tiempo. “Prohibido vender en los coches”.

Madrid no existe, es una locura, una invención, una esperanza, una mentira. Madrid, sólo se sueña.

torresblancas

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