Primer testamento
Camino junto al fuego y no me quemo,
gravito de alegría como una llama
bajo la helada de los últimos silencios,
y parece que he vencido a la sed de las palabras.
Como aquél que se protege
de una nevada gris vertida en las aceras,
escondo mi secreto entre los libros,
me refugio en las horas del hastío
dibujando senderos que ni yo mismo conozco,
hablando de la lluvia que golpea los cristales,
o pisando la arena para que cada huella
persiga a la anterior, igual que hacen las grullas.
Ya no espero que la luz vierta en mis manos
la música interior con que los bardos sueñan,
y no me dejo amedrentar, no tengo miedo
de perderme en la espesura de este bosque de niebla.
Y si acaso invade el frío los muebles de mi cuarto,
y se vuelve blanquecino el vaho de los cristales,
tomo un hacha entre mis manos
y salgo a la intemperie.
Desnudo de razones me aventuro
en busca de retama y leña seca.
Sé que la espera es un rostro sin labios, incompleto,
que sólo aquél que busca y que se adentra
entre las fauces afiladas del espino
podrá tocar la llama sin quemarse.
Por eso me preparo forjando las palabras,
abriendo un laberinto con salida en el alma,
apilando despacio, como si fueran piedras,
el círculo perfecto de los versos.
Luego, el tiempo y la pacienda me regalan
templanza y libertad, agua blanda de lluvia,
un molde de verdad donde devanar el hilo
para dar continuidad a las palabras.
Y así paso las horas, junto al reloj de nieve
que marca los segundos de este invierno dormido,
embriagado por el tacto jubiloso del verso
que crece y se consume como una brasa eterna,
limpio, claro, alegre, complacido,
como llama que recorre mis paisajes,
los de este hombre,
aquél que camina sobre el fuego y no se quema.
A. Q. “Volveré tarde”, Intimatum, S.C. de Tenerife, 2010.







