El blog de Alfredo Quiroga
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El lector leído

Viernes, 23 de Abril de 2010

ariadna-008

Don Quijote es un lector. El libro nos dice que nuestra vida es un repertorio de posibilidades que transforman el deseo en experiencia y la experiencia en destino. Creo en el libro y creo en mí porque algún día seré todas las cosas que amo.

A. Q., 23 de abril de 2.010, S. C. de Tenerife.

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En definitiva, ¿qué hacer?

Viernes, 26 de Marzo de 2010

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El Día del Libro o Don Quijote en Facebook

Miércoles, 22 de Abril de 2009
El Círculo de Bellas Artes, de Madrid, el 23 de abril de 2009 a las 20:32 horas...

El Círculo de Bellas Artes, de Madrid, el 23 de abril a las 20 horas...

Nada hay más elocuente de la falta de cultura de una sociedad, de una civilización, de una nación, de un pueblo, de un tiempo, de una era, que la celebración del “Día del Libro”. Algo sigue fallando aquí.
Hace ya algunos años, me encargué de diseñar una campaña institucional de promoción de la lectura con motivo del Día del Libro. El lema que elegí, muchos quizá lo recuerden, fue: “Más libros, más libres”, acompañado de un poema extraído de una serie que había publicado poco tiempo antes, uno de cuyos versos rezaba: “Leer es interrogar al silencio, leer es caminar sobre las horas vivas…”

Sin embargo, creo que siempre he sido, y soy, contrario o crítico con este tipo de celebraciones: Día de la Tierra, hoy o ayer; Día Mundial del Agua, Día de la madre, Día del padre, Día sin tabaco…¿por qué no un Día del piano? o, mejor aún ¿Día de las estatuas? Ya hay un Día de los Museos. Absurdo, anacrónico, pueril y estéril, como el propio Ministerio de Cultura, cuya propia existencia ya habla por sí misma. Nada más abstracto, vacío y sonrojante que este Organismo, estatal además. ¿Un Ministerio del Firmamento? ¿Secretaría de Estado del Viento? Sí hubo, hasta hace pocos años, un Ministerio del Aire, pero de otro Aire…

Aún recuerdo, a propósito de este tema, las conversaciones con Jorge Semprún, capitán durante un tiempo de ese barco varado en la madrileña Plaza del Rey, donde antaño se ubicó el Circo Price; curioso antecesor. Semprún, consiguió, entre otras gestas culturales, traer a nuestro país una de las más importantes y valiosas colecciones del ya inexistente Señor Thyssen que se exhiben de modo permanente en una institución única que ya es un referente museístico a nivel mundial.

Pero Semprún huyó a París, de nuevo. Hoy seguimos guardando cola para leer, ante un atril y en un estrado mal iluminado, con mejor o peor dicción, unas líneas del “Quijote”; personas, muchas de las cuales no lo han leído antes y, lo que es peor, no lo harán jamás. Pero bueno, ahí están. Es el Día del Libro, y un día es un día; pero uno sólo, que leer engorda, es sedentario, y puede generar ansiedad y depresión, y taquicardias, todo un riesgo para la salud. Ya tenemos Google, la Wikipedia, el Messenger, Youtube,…., ¡tenemos de todo! ¡hasta hambre a estas horas!

Pobre Don Quijote, y el tío Sancho ése, que tenía que tener el colesterol por las nubes. ¿Estaría Don Quijote en Facebook? ¿Chatearía con Dulcinea? No lo sabemos. Cervantes lo tendría más difícil: en Esquivias hay poca cobertura y lo del brazo…bueno…Algún día contaré la verdad sobre Don Quijote, pero no aquí.

Entretanto, lean, o relean, a Shakeaspeare. Willy me ha proporcionado, con sus obras; sobre todo leídas en su lengua original, las horas más placenteras de mi quizá absurda y vana existencia. Pronto publicaré “Los libros que cambiaron mi vida”, y ahí encontrarán más de una obra de este orfebre de la literatura. Sin embargo, aún no he conseguido su e-mail y no puedo agregarlo a mis contactos.

Bueno, el caso es que hagan lo que quieran, como siempre, pero lean algo…aunque sean libros de autoayuda: “¿Quién se ha comido mi Donut?”, “Sexo a los 90″, “Mi abuela fuma”, “Mi perro se droga, ¿qué puedo hacer doctora?”, y cosas por el estilo que abarrotan los estantes de la sección de libros de los grandes almacenes.

Yo, por mi parte, seguiré con mi opúsculo: “Dios hizo el mundo en siete días, y eso se nota”.
Feliz lectura; ¡ah! y no se mojen el dedo con la lengua para pasar la página que es de muy mala educación y, como diría mi madre, hace “muy mal efecto”.

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Leer en la playa

Domingo, 19 de Abril de 2009

Hoy bajé a “Las Teresitas”, temprano, el sol aún estaba desperezándose. Me acompañaba, como últimamente, Borges, cogido de mi brazo. Para que nadie sospechara, también me llevé a Sylvia Plath, mi “alter ego”.

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No es fácil leer en la playa. Tumbado boca arriba, es casi imposible. El sol deslumbra, hay que sostener el libro muy alto encima de la cara. Se aguanta unos minutos y luego uno se vuelve. De lado, apoyado en un codo, con la mano pegada a la sien, sosteniendo el libro con la otra mano y pasando las páginas, resulta también bastante incómodo. Se termina boca abajo, con los dos brazos doblados hacia delante. A ras de suelo, corre siempre un poco de brisa. Los cristalillos micáceos se cuelan en las tapas. En el papel grisáceo y liviano de los libros de bolsillo, los granos de arena se amontonan, pierden su brillo, acaba uno olvidándolos; suponen apenas un peso adicional que apartamos con la mano como si tal cosa al cabo de unas páginas. Pero en el papel pesado, granuloso y blanco de las ediciones originales, se cuela la arena. Se desparrama por las asperezas cremosas, y brilla aquí y allá. Es una puntuación suplemenetaria, otro espacio abierto.

Tiene también su importancia el tema del libro. El jugar con el contraste nos depara gratas satisfacciones. Leer algunos de los “Apuntes” de Canetti, o un cuento de Cronopios y de Famas de Cortázar; por ejemplo, “Haga como si estuviera en su casa”, nos congela el tiempo lo suficiente como para comenzar a fermentar un posible sueño no invitado.

Al cabo de leer durante tanto tiempo con los brazos estirados hacia delante, la barbilla se hunde, la boca bebe la playa, y entonces se incorpora uno con los brazos cruzados contra el pecho, utilizando a intervalos una sola mano para volver las páginas y marcarlas. Es una postura adolescente, ¿por qué? Transporta la lectura hacia una amplitud un tanto melancólica. Todas esas sucesivas posturas, ensayos, fatigas, irregulares placeres, eso es la lectura en la playa. Tiene uno la sensación de leer con el cuerpo.

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