
Mira, en esta foto del colegio, ése de atrás soy yo. No, ahí no, en el otro lado, vete avanzando con el dedo, por favor: el segundo por la derecha en la segunda fila; no, ésa no es la segunda, es la segunda empezando por abajo, exactamente, ahí, la segunda, ése, el que mira hacia otro lado y abajo, quizá el único que no sonríe, ya preocupado, ya grave, ya abrumado por los mecanismos del mundo que insisten en superarlo o quizá porque atisba lo que viene después, siempre miró por encima de la tapia. Fíjate en el flequillo, y las facciones regulares, ya lo eran. Fue más tarde, poco más, cuando me quedó la nariz así, cuando mi padre se enfadó otra vez y la puerta me golpeó: iba a entrar en casa y debía ser tarde para un niño, pensaría él. Pero yo no era un niño, no creo recordar haberlo sido en ningún tiempo. No crucé por eso que algunos llaman infancia. Por eso, quizá, pienso ahora, mi padre me repetía aquello de que nunca había visto a nadie tan torpe en la vida.
Y también
- Estás amariconado…córtate el pelo…te vas a enterar en la mili…
Por aquel entonces no alcanzaba a comprender su significado, pero deduje que éso, no estaba ahí sustantivizado, y por tanto, dicho en la tonalidad que usaba mi padre, debería ser algo horrible.
Supongo que además influiría mi desinterés por los deportes colegiales usuales. Prefería quedarme sentado en una piedra mirando las hormigas del sendero y preocupándome por las arrugas de las hojas de mi cuaderno. Eso en el colegio, en el Instituto, en la mili, en el trabajo; bueno en el trabajo no tanto porque no tenía que correr ni hacer piruetas, además en el trabajo no conviene correr, bueno algo sí pero con papeles en la mano, y nunca hacer piruetas, a los jefes no suele gustarles.
Todo pausado, y pausado soy, incluso a veces solemne, pensando siempre a qué modelo matemático obedecen las hormigas en su peregrinaje fijo y perpetuo, como una partitura para violín de Paganini. La música de las hormigas; sólo veía corcheas muy pequeñitas que se movían todas muy juntas: manchitas de tinta sobre el suelo.
¿Verdad que fue eso lo que te atrajo de mí? La lentitud, la educación, el método, la cicatriz desde pequeño; y yo ahí, en la segunda fila, mira, no ahí no, ése. Debiste pensar
-Al fin un hombre como es debido
Y comenzamos a ir al cine los sábados, como amigos, nada de abusos, yo respetuoso siempre, delicado, sin jueguecitos de manos. Y me llevaste a cenar a casa de tu madre, le regalé una orquídea y ella
-Por fin un hombre como es debido,
contándome, como un catedrático de la Facultad, con detalle, desde el principio, los dramas de su vesícula. Y yo, a cada pausa suya
-Claro
interesado, atento, puedo ser un desastre y pensar en música y hormigas, pero atento, interesado, sí,
-Claro
concentradísimo en vesículas, ya mi especialidad quirúrgica y mi vocación.
Y a la tercera o cuarta cena un beso en las escaleras, sin arrebato ni exageraciones, normal, casto, breve. Y entonces comenzó, pausada como yo, la historia del ajuar, del piso alquilado, de los papeles del Registro Civil, de los besos un poco más frecuentes, un poco menos castos quizá, pero sin exageraciones, más vale, y no obstante tu perfume y tus piernas me atontaban, y no obstante me apetecía, palabra de honor, acariciarte el pelo, olerte la piel, apretarte; disculpa la franqueza, pero me apetecía apretarte, sentir tus huesos, tu vientre, lo que me da vergüenza contar. Te escribí una carta hablando de eso, me pasé siglos con ella en el bolsillo y no te la mostré por decoro, por pudor, por miedo a escandalizarte,…, y tu madre
-Un hombre un poco tímido, como es debido;
observándome con más atención, pero manteniendo su simpatía por mí ya que no había nadie más que soportase los caprichos de su vesícula. Y tu madre cavilando
-¿No será marica por casualidad?
y no lo soy, solamente atento y sensible, soy el segundo por la derecha de la segunda fila empezando por abajo; ve avanzando con el dedo y me encuentras. Y me encuentras como me encuentras aquí, a tu lado, en el sofá desde hace doce años -que pasaron en un instante-, tu madre se acabó muriendo, y no por la vesícula.
El sofá sigue siendo de tres cuerpos y el suyo, el del medio, vacío, nosotros dos en los extremos y el del medio vacío. Me da la impresión de que también en la cama estamos nostros dos en los bordes y el lugar del medio vacío; si intento ocuparlo, tú, en la oscuridad
-Estoy muy cansada
y tú, en la oscuridad
-Me duele la cabeza
y tú, en la oscuridad
-Ten paciencia, ahora no;
de manera que yo en el borde de nuevo. Parece mentira pero en tu vida ese de ahí soy yo, el de la foto, mira.
Hay momentos en que me pregunto si te interesarías por mí en el caso de que en lugar de mirar como piensan las hormigas, hiciera piruetas como Dios manda o hiciera cientos de flexiones y tuviera el pecho como un lagarto. Pero después llego a la conclusión de que estoy siendo injusto, claro que te interesas, es cuestión de oportunidad. Un día de éstos llego a casa y tú, toda atildada a mi espera, tú
-Ven aquí
tú
-Cabrito, que eres un cabrito;
tú, sujetándome el mentón con el índice y el pulgar.
-¿Cuál es mi cosa más bonita?
y tu cosa más bonita esta aquí; es de facciones regulares, lo de la nariz así ya sabes, por aquello de mi padre. Tu cosa más bonita soy yo ése de ahí, mira, el de la foto, el segundo por la derecha de la segunda fila empezando por abajo; no, el otro, ése, sí, tu cosa más bonita, tu cabrito.
Y ha valido la pena, ¿no?, que hayamos esperado todo este tiempo para ver juntos la foto y ser felices.
Alfredo Quiroga, “Atardeceres etruscos”, I, S. C. de Tenerife, 2010.