Domingo, 9 de Mayo de 2010

Un cielo poco hecho desveló el día. Los alisios de la aurora se fueron apaciguando y la casa quedó fresca, aún transida de noche, a las siete de la mañana. Las manos aún dormidas, pero las espaldas en alto. Otro verano se acerca, aunque no te lo creas. Otro verano. Me gustaría escribirte una carta cada verano. Siempre me ha pasado. Como un recuerdo blanco entre el pecho y la espalda.
Pero se fue el presente detrás de tus sandalias, como un alegre perro de oro. Qué profunda la distancia, qué amargo el silencio y qué mortales las palabras. Jardín y cielo se empozan en una nada. Sigo escribiendo la historia del hielo. Me sumerjo en el silencio del clavicordio, un silencio reiterado como el ruido de un cometa que pasa como un cuchillo sin filo y que no tuviese mango. Como una finísima navaja con una breve intención de acero. Una apelación al fuego; una llama azul que asciende hacia la luz, desde su añil presencia, y se convierte en tinta del cielo.
Vuelve a oler a mar desnudo, a lluvia dulce, a lecho de corales, a música que cruje y embebe las miradas.
Vuelve la noche y sigue azul la llama, y aún persigue su muslo trepando sigilosa por mis palabras.
(A. Q., 2010)
Jueves, 4 de Febrero de 2010

El día fue largo sin ser verano. El cielo se desligó de sí mismo hasta mostrar su corazón desnudo. Alargué el brazo y estiré la mano. Se enfureció el oráculo. Sólo me dio tiempo a guardar mi voz entre las manos. Surcos de lluvia arrastraban cristales de tiempo, hilos, botones y sueños. Las aves se perdieron. Hubo preguntas: ¿De dónde viene el viento? De muy lejos. ¿Tiene uno identidad o es sólo parte del paisaje que duda en una vela? La lluvia picoteaba en un mar oscuro.
Intenté abrazarte, pero ¿cómo voy a abrazarte si no existes? El brillo de las hojas con el agua parecía prometerme que todo ocurre. No es ligero vivir sin lo ligero de ser dos, pensé.
Con lenta diplomacia los recuerdos se esfumaron y el invierno quedó a solas con un eco de rota eternidad. Tras la tormenta, un aire silencioso, como si en general algo empezara, llevaba el secreto de lo que había escuchado en una tarde; una tarde como dos años. Todo ocurre en el brillo de las hojas.
Me encomendé a otro anochecer, como quien vive en continua transición. Me acogió un indagar oscuro de palabras que temblaban buscando tu nombre y el andar de tu paso. Siempre todo a punto de ser. Y ya no hacemos pie. Quise bajar hasta la playa y volverme cara de viento. Por no dejar de hacer un surco, un surco en el cielo.
S. C. de Tenerife, 4 de febrero de 2010. A. Q.

Lunes, 1 de Febrero de 2010

Esta mañana un jirón de algodón alquitranado sumió a la ciudad en un mar sin tiempo. Llovía. Llovía de tal forma que al principio nadie pareció darse cuenta. Pero poco a poco, como el propio domingo, el agua fue arreciando. El cielo, dicen, abomina a los pusilánimes.
Hoy han vuelto a abolirse los mitos. Hoy han vuelto a nacer poetas. La lluvia ha vuelto a inflamar sus quejumbrosas almas. Y hoy te has ido.
Hoy que te has ido me he puesto, como el que nada tiene o todo lo ha perdido, a organizar nuestras fotografías, me he puesto a recortar los rostros de esto y aquello, los viajes que hicimos, las calles, todo eso mientras pensaba cómo irías en el avión, qué irías leyendo, qué irías durmiendo, cómo irías acaso soñando. Y pensaba que quedarse solo, inhabitado, entre mudas paredes, sin amigos que llamen para dar las buenas noches, no es un buen oficio, y yo, sobre todo, que me levanto antes del amanecer a tallar la tinta en silencio y que me levanto a oscuras, sin atreverme a encender las luces por miedo a encontrarme con mi propio rostro, no sé que haría sin ti. Me estoy preguntando, no sé de qué forma. Permanecería derrumbado en el sofá como un saco de escombros. O saldría a buscarte, no sé adónde. Porque no sé dónde te has ido. Y no sé cómo puedo estar aquí conversando con la ventana ausente, la calle donde hoy no ladran los perros.
Porque te has ido para siempre de mi vida. Por eso hoy sólo sé escribir tu nombre, dibujar tu mapa. Porque eras una calle sin salida y quise adentrarme en ella para nunca poder retornar. Sólo yendo, sin volver, para que toda mi vida tuviera sentido.

Domingo, 24 de Enero de 2010
Enero huele a pueblo. El crepúsculo, entre seis y siete de la tarde, es como la obra en marcha de un altar sin imágenes que se congrega o derruye en una esquina del cielo, o que luego asoma por otra esquina. Es como si algo grandioso, orificado y celestial, se estuviera haciendo y deshaciendo, construyendo y reconstruyendo, como el polvo azul de la tarde. Son nubes del cielo que pronto serán nubes del infierno, pasando del oro bíblico al rojo dantesco y desesperado. Así, con estruendoso silencio, muere el día.
Junto al ciprés alto y gótico del jardín, donde habita el tiempo, asisto al sepelio más sagrado. A esta hora hermosa y penúltima, el oro clama su luz y el ciprés da su frescor verdinegro, su rezo. Sabemos que fue domingo.
En el jardín, mi vida va entrando en sombra. Estoy solo, rehén ya de la luna. Todo se diluye. Todo se nos borra. Es como un cansancio sin cuerpo, una lentitud como de carne, donde se mojan ansias y sueños. Un pedestal sin estatua. Lo que quedó de aquel naufragio.
Sé que al anochecer muere un velero cada día. Y muere el aire y alumbra luces del cielo roto, pasa el mundo y resuenan mares donde no había. Vengo de los amargos sepelios de los amigos. Nada de lo que digo quedará en el aire escrito. Sólo sabemos, tú y yo, que fue un domingo.

Sábado, 2 de Enero de 2010


…Con soledad.
Pero tuve algo más,
el cielo aquel,
como la frente de un dios
que acaso pensaba en el mundo.
Y un perenne escalofrío de estrellas
en un rincón al sol
en aquel suelo de agua.
Allí, mi alma aguarda
el fin,
su sueño
de fuego congelado.
A. Q., “Partir de cero”, Cuaderno de agua, 2010.