El blog de Alfredo Quiroga
Entradas Etiquetadas ‘Beso’

La fabricación de lo absoluto

Miércoles, 18 de Agosto de 2010

Mézclese una mujer con fuerte contenido sexual y un amplio margen, un hombre intelectualizado de manos finas, playa, sol, sal, un verano yaciente y un tempo lento de uno de los últimos cuartetos de Beethoven: un rato de vida. Déjese reposar el tiempo que sea preciso.
A ver qué pasa.

lo-absoluto

Lo efímero de lo absoluto.

Palpar el cielo.

A. Q. (2010).

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Y dejar los labios ardiendo

Martes, 18 de Mayo de 2010

No me beses si no es para quemarme –me decías-, si no es para colmarme del más dulce veneno y ofrecer mi boca a la hoguera y la esperanza.
No hace falta que me abrases las entrañas, que descosas mi cuerpo, igual que un cirujano, para volver a remendar tanta tristeza.
Sólo quiero que recojas de mis labios las pavesas heladas que otros labios dejaron, que llenes con el gesto de tu lengua melada mi oscuro paladar, mis vulnerables dientes, y cada comisura que mi boca esconde.
Acércate a besarme, no lo dudes, ahora que hay rocío sobre la leña de esta bóveda abierta a las hogueras.
Y si algún día te alejas, volátil como el humo, dejando mi corazón de nuevo en plena umbría, remíteme las señas del mar en el que habitas para saber dónde arrojar tanta ceniza.
Aquí dejo estas palabras, cicatrizando despacio, ahora que al fin empieza el verano.
Nadie sabe por qué se seca antes la sangre de un pájaro que la tinta sobre el papel.

A. Q., Autobiografía de un espejo, S. C. de Tenerife, Vid, 2010.

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Hagan como si no estuviese aquí

Domingo, 15 de Noviembre de 2009

Sólo un ratito que ya voy; no se preocupen por mí, ahora no tengo fiebre, no tengo dolores. Por favor, sólo déjenme quedarme así un ratito, quieto, sin pensar, sin decir nada, sin molestar a nadie, sin mirar a nada salvo la pared, aquella rayita en la pared que tal vez no sea una raya, no sé no llevo las gafas puestas, tal vez no sea una raya, tal vez un insecto o no se qué, porque ya no hay insectos en las paredes.

En un minuto o dos me levanto, y vuelvo a ser el que ustedes conocen y ya está; olvídense, me volveré divertido otra vez, buena compañía, simpático, pero no me pidan explicaciones, no pregunten que fue lo que pasó, finjan no haberse dado cuenta, todo ha ido bien, palabra, me encuentro estupendo, como nuevo, capaz de hacer más acrobacias, de volver a hablar en el trapecio, de algunas gracias, hay momentos en que llego a ser divertido, ¿no?, la animación en persona, pero por ahora no quiero nada, por favor, dejen que me quede un ratito que ya voy.

No me espíen, no hace falta, no me observen, no se inquieten, hagan como si no estuviese aquí, y realmente no estoy.

Mi cabeza, no sé bien por dónde anda, en un lugar adónde nunca fui y que parece una playa. Veo andar por ella unos pájaros cualesquiera y a un niño a la orilla del mar, solo, sujetándose un sombrero de paja con las dos manos debido al viento. Hay algas en la arena, restos de espuma seca, memoria de olas muertas. Y el niño, de espaldas a mí, se vuelve de repente a mirarme, y no es que tenga miedo pero me asusta, no es exactamente susto, ¿remordimiento? Se enfada sin mover la boca

-¿Qué has hecho de mí?

y que hice de ti, realmente, además de crecer, convertirme en otro y acabar en lo que ustedes ven y algunos conocen ahora. Más pájaros, y los gritos de los pájaros me impiden conversar con él, aunque advierta su enfado sin mover la boca

-¿Qué has hecho de mí?

y yo

-Perdona,

casi abrazándolo, pero se aleja. Es un niño corriente, ni guapo ni feo, con su sombrero de paja y una cicatriz en la rodilla derecha

(-Aún tengo la cicatriz, fíjate)

por haberse caído sobre la arena de un antiguo recreo de un colegio que ya no está.

Me acuerdo del agua oxigenada que hervía en la herida, me acuerdo de haber llorado, de haber dejado de llorar al colocarme la venda y de enorgullecerme de ella: quería mostrársela a todo el mundo

-Tengo una venda

incluso a mi abuelo; mi abuelo coincidiendo conmigo

-Pues claro

y regresando al periódico, una venda importantísima que para él no valía nada. Pero mi abuela, de la que no esperaba gran cosa, se interesó

-¿Te sigue doliendo?

Y aunque no me doliese respondí que me dolía un poquito; y la tos de mi abuelo detrás del cigarrillo

-Qué mariconada

y mi abuela, que entendió la ofensa de la tos, abrió el cajón de su mesilla de noche y me extendió el cartucho de caramelos pectorales que le aliviaban los pulmones y olían a eucalipto. Mi lengua se transformó en árbol, me convertí en un bosque.

-Abuela, gracias.

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El papel que envolvía el caramelo tenía el retrato de un señor de barba y por debajo del retrato, en letras mayúsculas, Pastillas Medicinales del Doctor Heinz, que yo pensaba que era la persona que había inventado los eucaliptos. Mi abuela se puso las gafas para observar mejor el vendaje, y sugirió

-¿A que te ha dejado de doler?

y como era verdad, asentí

-Sí

lo que probaba que los caramelos eran el remedio ideal para las heridas. Siempre, por eso, llevaba un puñado en el bolsillo de la bata cuando hacía la visita a los niños en el Hospital. Pero no eran del Dr. Heinz y no era lo mismo. Aún así no dejaba de dárselos. A veces aún las busco en las droguerías y en las farmacias; los dependientes extrañados

-¿Doctor Heinz?

nadie conoce las Pastillas Medicinales del Doctor Heinz y ésa es la razón de que no haya por aquí eucaliptos, sólo palmeras y eso es todo.

(me he levantado a abrir la ventana para despejar el humo y al descorrer la cortina -blanca, no inmaculada- la he pintado de verde con el rotulador que sostenía en la boca. ¿Por qué no habrá rotuladores blancos? De pequeño, recuerdo una pintura blanca; siempre tenía la punta afilada)

Y el niño. Encontró una caracola que conservo en el escritorio, con pintitas y un rumor dentro

-¿Qué has hecho de mí?

y yo sin un caramelo para dárselo; lo que encuentro en los bolsillos son llaves, cartera, agenda, móvil, nada, por tanto, que le interese. Ojalá no pierda la caracola, y no la perdió, blanca con cosas marrones, el rumor presente aunque más tenue, un suspiro, un secreto, un comentario desdeñoso

-Qué mariconada

pero cómo

-Qué mariconada

Si mi abuelo murió hace siglos, mi abuela murió hace siglos. Pero la cicatriz minúscula sigue aquí.

Un día llegó mi madre mientras yo estaba con mis abuelos. Mi madre, que ya entonces suponía lo que pasaría algún día si yo me levantaba de escribir a abrir una ventana por el humo de mi cigarro y descorría la cortina, me encajó un beso, el beso declaró

-Has crecido

y siguió conversando con mis abuelos y mis tíos, y en medio de la cena en una esquina de la mesa se fijó en mí

-Es el vivo retrato de su padre

y se calló.

Cuando se marchó le pedí a mi abuela una Pastilla Medicinal del Doctor Heinz y nos quedamos los dos chupando sendos caramelos. Mi abuela me ordenó

-Siéntate en la cama

se sentó a mi lado y nos mantuvimos ahí un montón de tiempo quietos, sin pensar, sin abrir la boca, sin molestar a nadie, sin mirar nada salvo la pared, una rayita en la pared que tal vez no sea una rayita, quizá un insecto o no sé qué. Mi abuela afirmó:

-Un día lo entenderás

y pasaron más de treinta años y no entiendo nada. Menos mal que los gritos de los pájaros en la playa me impiden conversar con ustedes. Voy a levantarme a descorrer la cortina.

niño en la playa

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¿Por qué te escribo un correo?

Martes, 6 de Octubre de 2009

escritura

La palabra clave de un correo electrónico o de un mensaje de texto va siempre al principio. Al final, es ya una palabra retórica. ¿Por qué te escribo este correo? Quizá para no decirte lo que nunca nos hemos dicho. Quizá para hacer un penúltimo intento por fijar en mí el lirismo de una vida, la tuya: el espectáculo callado de un ser incendiado lentísimamente por el tiempo.

Apenas un esguince de aire mueve riquezas de luz y sombra en este cielo de octubre. Anda el agua por el jardín. Y el magnolio; el magnolio, manos que caen, manos que se desprenden, manos por la hierba y palomas de olor en lo alto mientras un gigante tendido se debate bajo el cielo, con los ojos de agua y la espalda tapando todo el mes. ¿Por qué te escribo este correo?

El magnolio; el magnolio, tigres muy meditados por la luz, muebles que van hacia la lenta e inútil transformación en piano. Caminos de piedras muy menudas vienen hasta la cancela rendida de tu pecho. Y los ejes del día, tan visibles, acercándose, cuando la hierba muestra su revés salvaje, cuando el sol es un motor parado que no puede mover nuestro barco, que no hace avanzar el día, y las metáforas salen del frigorífico, como muchachas frescas, y en la despensa madura verdemente el cadáver de tanta mermelada antigua.

El magnolio; el magnolio, criaturas que existen sólo porque despiertan, tesoro de joyas frías en lo negro del dolor, palabras yacentes tras el fragor del día, en el planeta en el que duermes y que es ya un magnolio sumergido en el cielo.

Hay monedas de sangre que ha dejado otro día errante sin ti, mujer de luna; voz blanca que habitas en el coro del silencio de las cosas.

¿Por qué te escribo este correo?

La interrogación se va curvando como el agua. El tiempo ya es cartografía varada.

Y vuelves, porque tienes mala memoria, y recorres las sedientas distancias que sólo yo hice intransitables.

Pero no sé que tomará la vida de mi muerte.
Sólo sé que aún me quedará
el olor a jara de la infancia de tu alma.
¿Por qué te escribo este correo?
Porque esta mano, desde que aprendió a escribir, sólo escribe tu nombre.

(De: “Climatología de un beso”, A. Q., 2009).

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13 de julio. Los lunes de las estatuas

Lunes, 13 de Julio de 2009

Lunes. Parece que continúa mi desgaste energético. Intuyo que debe de haber un problema de enzimas. Tengo que volver a contar con los dedos mis números rojos, siempre he sido muy mal gestor plasmático. En fin. Por mi enfermedad, estoy obligado a echar mano constantemente de mis reservas de coraje. Hemingway definía el coraje como “grace under pressure”. Tuve que viajar al sur de la isla, una hora de coche, traté de experimentar con la mirada. No conseguí grandes resultados, probablemente porque tengo mal resuelto este asunto de mirar. O se mira o se piensa. Es como una especie de Principio de Indeterminación de Heisenberg. El rostro de la mente.

Regreso y recapitulo. Antes paro a comprar algo de viento para la cena. En estas gasolineras de ahora venden de todo y a todas horas. También tinta, simpática, con la que escribo esto. Por un momento, pienso que soy una estatua. ¿Acaso alguien conoció a la Venus de Milo con brazos? Parezco de mármol. Pero soy cuerpo habitado por un alma, perdida en medio del jardín, confinado por mi escritura. Estatua de alma sin mármol. He descendido de mi pedestal para recorrer los contornos de mi miseria. Y de pronto, he descubierto que esta imponente quietud ajena al tiempo no vale nada, que sólo se puede estar a la altura de las circunstancias en medio de la fugacidad. Sólo puedo salvarme proclamando mi ceniza, no permaneciendo en la piedra. En las estatuas, lo sabemos todos, moran los dioses.

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Escribir como quien pinta. Pintar como Vermeer. Delft: la captación de lo fugitivo, un rayo de luz; darle al color su significado. Sigo el rastro de la tinta oscura para encontrar palabras que sean lo que son, y al mismo tiempo lo que no pueden ser, lo que transita. Dejo pasar la luz. Entra muy despacio, y como quejándose. Viene de muy lejos. Años-luz. Le hago sitio, igual que el mar le hace sitio a los barcos. Muerdo un hilo de agua. Es casi cierto el verano. ¿Es tiempo ya? Me sigo evaporando en cada beso.

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