Sólo un ratito que ya voy; no se preocupen por mí, ahora no tengo fiebre, no tengo dolores. Por favor, sólo déjenme quedarme así un ratito, quieto, sin pensar, sin decir nada, sin molestar a nadie, sin mirar a nada salvo la pared, aquella rayita en la pared que tal vez no sea una raya, no sé no llevo las gafas puestas, tal vez no sea una raya, tal vez un insecto o no se qué, porque ya no hay insectos en las paredes.
En un minuto o dos me levanto, y vuelvo a ser el que ustedes conocen y ya está; olvídense, me volveré divertido otra vez, buena compañía, simpático, pero no me pidan explicaciones, no pregunten que fue lo que pasó, finjan no haberse dado cuenta, todo ha ido bien, palabra, me encuentro estupendo, como nuevo, capaz de hacer más acrobacias, de volver a hablar en el trapecio, de algunas gracias, hay momentos en que llego a ser divertido, ¿no?, la animación en persona, pero por ahora no quiero nada, por favor, dejen que me quede un ratito que ya voy.
No me espíen, no hace falta, no me observen, no se inquieten, hagan como si no estuviese aquí, y realmente no estoy.
Mi cabeza, no sé bien por dónde anda, en un lugar adónde nunca fui y que parece una playa. Veo andar por ella unos pájaros cualesquiera y a un niño a la orilla del mar, solo, sujetándose un sombrero de paja con las dos manos debido al viento. Hay algas en la arena, restos de espuma seca, memoria de olas muertas. Y el niño, de espaldas a mí, se vuelve de repente a mirarme, y no es que tenga miedo pero me asusta, no es exactamente susto, ¿remordimiento? Se enfada sin mover la boca
-¿Qué has hecho de mí?
y que hice de ti, realmente, además de crecer, convertirme en otro y acabar en lo que ustedes ven y algunos conocen ahora. Más pájaros, y los gritos de los pájaros me impiden conversar con él, aunque advierta su enfado sin mover la boca
-¿Qué has hecho de mí?
y yo
-Perdona,
casi abrazándolo, pero se aleja. Es un niño corriente, ni guapo ni feo, con su sombrero de paja y una cicatriz en la rodilla derecha
(-Aún tengo la cicatriz, fíjate)
por haberse caído sobre la arena de un antiguo recreo de un colegio que ya no está.
Me acuerdo del agua oxigenada que hervía en la herida, me acuerdo de haber llorado, de haber dejado de llorar al colocarme la venda y de enorgullecerme de ella: quería mostrársela a todo el mundo
-Tengo una venda
incluso a mi abuelo; mi abuelo coincidiendo conmigo
-Pues claro
y regresando al periódico, una venda importantísima que para él no valía nada. Pero mi abuela, de la que no esperaba gran cosa, se interesó
-¿Te sigue doliendo?
Y aunque no me doliese respondí que me dolía un poquito; y la tos de mi abuelo detrás del cigarrillo
-Qué mariconada
y mi abuela, que entendió la ofensa de la tos, abrió el cajón de su mesilla de noche y me extendió el cartucho de caramelos pectorales que le aliviaban los pulmones y olían a eucalipto. Mi lengua se transformó en árbol, me convertí en un bosque.
-Abuela, gracias.

El papel que envolvía el caramelo tenía el retrato de un señor de barba y por debajo del retrato, en letras mayúsculas, Pastillas Medicinales del Doctor Heinz, que yo pensaba que era la persona que había inventado los eucaliptos. Mi abuela se puso las gafas para observar mejor el vendaje, y sugirió
-¿A que te ha dejado de doler?
y como era verdad, asentí
-Sí
lo que probaba que los caramelos eran el remedio ideal para las heridas. Siempre, por eso, llevaba un puñado en el bolsillo de la bata cuando hacía la visita a los niños en el Hospital. Pero no eran del Dr. Heinz y no era lo mismo. Aún así no dejaba de dárselos. A veces aún las busco en las droguerías y en las farmacias; los dependientes extrañados
-¿Doctor Heinz?
nadie conoce las Pastillas Medicinales del Doctor Heinz y ésa es la razón de que no haya por aquí eucaliptos, sólo palmeras y eso es todo.
(me he levantado a abrir la ventana para despejar el humo y al descorrer la cortina -blanca, no inmaculada- la he pintado de verde con el rotulador que sostenía en la boca. ¿Por qué no habrá rotuladores blancos? De pequeño, recuerdo una pintura blanca; siempre tenía la punta afilada)
Y el niño. Encontró una caracola que conservo en el escritorio, con pintitas y un rumor dentro
-¿Qué has hecho de mí?
y yo sin un caramelo para dárselo; lo que encuentro en los bolsillos son llaves, cartera, agenda, móvil, nada, por tanto, que le interese. Ojalá no pierda la caracola, y no la perdió, blanca con cosas marrones, el rumor presente aunque más tenue, un suspiro, un secreto, un comentario desdeñoso
-Qué mariconada
pero cómo
-Qué mariconada
Si mi abuelo murió hace siglos, mi abuela murió hace siglos. Pero la cicatriz minúscula sigue aquí.
Un día llegó mi madre mientras yo estaba con mis abuelos. Mi madre, que ya entonces suponía lo que pasaría algún día si yo me levantaba de escribir a abrir una ventana por el humo de mi cigarro y descorría la cortina, me encajó un beso, el beso declaró
-Has crecido
y siguió conversando con mis abuelos y mis tíos, y en medio de la cena en una esquina de la mesa se fijó en mí
-Es el vivo retrato de su padre
y se calló.
Cuando se marchó le pedí a mi abuela una Pastilla Medicinal del Doctor Heinz y nos quedamos los dos chupando sendos caramelos. Mi abuela me ordenó
-Siéntate en la cama
se sentó a mi lado y nos mantuvimos ahí un montón de tiempo quietos, sin pensar, sin abrir la boca, sin molestar a nadie, sin mirar nada salvo la pared, una rayita en la pared que tal vez no sea una rayita, quizá un insecto o no sé qué. Mi abuela afirmó:
-Un día lo entenderás
y pasaron más de treinta años y no entiendo nada. Menos mal que los gritos de los pájaros en la playa me impiden conversar con ustedes. Voy a levantarme a descorrer la cortina.
