Ivo Pogorelich me acompaña esta mañana de cielo perlado en Santa Cruz; suena, como casi siempre, Scarlatti, la K. 8, casi seis minutos de sublimación con la cuerda percutida y afinada a la perfección. La modulación traspasa lo musicalmente correcto para asumir una cadencia irrepetible.

Donde pasé las horas vivas...duerme, pero no olvidado, como el arpa de Bécquer...
Pogorelich no es Gould, pero Scarlatti tampoco es Bach. No obstante, es Semana Santa y me siento a la máquina con determinación, casi seguro que ahora no tendré que corregir demasiado el texto y mucho menos arrancar el folio para lanzarlo a la papelera. Es lo que tiene la Semana Santa, tan cerca de la Navidad y con el Carnaval de por medio. Aún tengo resaca, este hígado no es lo que era, cualquier día me corto la coleta, o me la dejo larga. No sé aún. Luego, a la vuelta de la esquina, el puente de mayo, y San Isidro, y…ya es verano, jornada intensiva, ¿qué narices querrá decir eso? ¿Trabajaremos más, aun Procuro que no anden unos días iguales a otros persiguiéndose, por eso cambio a menudo de lápiz y de partitura, una especie de travestismo musical: mi oído ya no sabe con quien se acuesta. Me gustaría volver a dirigir. Ensayo, a veces, con Haydn, es fácil y muy agradecido: la madera siempre cede el paso a los metales con exquisita educación y los coloquios resultan divertidos.
Hace tiempo que dejé la batuta; la cámara me dejó las manos libres y me siento más cómodo para ordenar los compases. El diapasón de la vida te va marcando los tiempos, sólo hay que ajustarse a él. Ya se sabe, el presente se pone en manos del futuro lo mismo que una viuda ignorante y confiada se pone en manos de un astuto y deshonesto agente de seguros.
Lo reconozco: me di a la música ante el temor, que me ha perseguido siempre, incluso más que las mujeres, de quedarme ciego. ¿Y si me quedo sordo? O, lo que es peor, ¿las dos cosas? ¿Beethoven ciego? ¿Steve Wonder sordo? No. Este blog me necesita. Buenos días, en el hemisferio Norte; queda inaugurado así el mundanal silencio.