Se acercan los días de las abdicaciones veraniegas. Ha empezado a correr el verano, como todos los veranos, y siempre tememos que acabe confundiéndose con los otros veranos de una manera precipitada e informe. Intentamos evitarlo, pero puede que sea demasiado tarde, o inevitable. Sucede que cada uno de nosotros recuerda el verano como el recuerdo de una abdicación: el tiempo de nadie para hacer nada. Y no sólo porque las vacaciones concedieran una tregua a los estudios o al trabajo, sino porque veíamos que era un tiempo en el que nada era definitivo. De hecho, nada de lo que sucede mientras veraneamos nos lo parece.
En agosto, volveré a la casa de Aquitania, en Saint Leon-sur-Vezere. Me reencontraré con mi viejo jardín inmóvil, con su pequeño huerto, donde yace un tiempo olvidado envuelto en un silencio de lino, sólo roto por las notas de mi espineta.

Caminaré durante los momentos muertos, donde no corre un soplo de aire y cuando la luz parece dormir en los tomates, cuando apenas es un punto rutilante en cada fruto rojo. El último chaparrón los salpicará con un poco de tierra. Ya pienso en la grata idea de pasarles un poco de agua fresca y saborear su carne aún tibia. Es esa hora eterna, limitarse a saborear el paciente declinar de los colores.
Recuerdo el escabel, que seguirá arrimado al ciruelo que injerté el año pasado. Seguro que han caído varios frutos en la pequeña avenida que corre en torno al huerto. De lejos, las ciruelas parecen malvas, pero cuando nos acercamos a ellas se descubre siempre toda una lucha entre el azul oscuro y el rosa, y algunos granos de azúcar adheridos a la piel frágil: los frutos caídos se habrán abierto y se podrá ver llorar una carne de albaricoque oscurecida por la tierra mojada.
Me gusta quedarme en la sombra. Pero el sol llueve en las ramas con implacable dulzura. Tiñe de rubio todo el huerto. Sólo las hojas de las zanahorias aguantan su rutilante verdor, como si su esbeltez las preservara de un lánguido abandono. Al fondo, contra el seto, ya se habrá hecho tarde para las frambuesas: lejos del terciopelo rubígranate, habrán iniciado el proceso de desecamiento pardo, de escoria apergaminada.
Al otro lado, a lo largo del pequeño muro de piedra, seguirá corriendo el peral en espaldera, con esa simétrica distribución de los brazos feminizados por la oblonga piel mate de fruto moteado de arena rojiza.
Pero el frescor más acidulado, más mitigante, recuerdo que es el que asciende del pie de la viña moscatel que se despliega al lado mismo. Los racimos oscilan entre el oro pálido y el verde acuoso, entre lo opaco y lo traslúcido; los unos se atracan de luz, en tanto que los otros, más reservados, mantienen una pátina de vaho-polvo. Pero habrá algunos granos teñidos ya de morado, desluciendo la seducción adolescente de los racimos verdes que devoran el sol de agosto.
Calor, hará calor, pero el ciruelo, el albaricoquero y el cerezo concederán una sombra hospitalaria. Hará calor, pero en lo más profundo de agosto, en el jardín, siempre ha dormido la idea del agua. En torno a un largo tallo de bambú sigue descansando la manguera de desvaídos colores. La curva irregularidad de sus meandros, la vetustez de sus empalmes envueltos en cinta aislante y cordel tienen un sello familiar, relajante; el agua que mana por ahí no puede tener violencia calcárea, frescor mecánico. Al anochecer, volverá a correr un agua pacífica, prudente, justo lo necesario.
Pero, será el momento del sol, de la inmovilidad sobre todos los tonos amarillos, verdes, rosas: el momento de recoger la fruta y descansar. Y se hará de noche, y miraré las estrellas. De algún lugar lejano llegarán los hilos de una música que el viento mueve e hincha como a un visillo. Cantarán los grillos y, cerca, oiré palabras amistosas, en otra lengua, en otro idioma, que también es el mío. Y uno, que teme que ese momento, que es lo único que ha logrado salvar de su naufragio, de su derrota, pase demasiado deprisa, se aferra a él. Y volverá a pedir a los dioses que le conserven su recuerdo, al menos hasta la próxima primavera, si acaso le alcanzara.
