“Me están dictando cosas,
Pero no desde otro mundo u otros seres,
Sino, más humildemente, desde adentro”. (A. Q., “Mirar en voz baja”).
El pasado siempre se nos enreda con el presente, pero he podido asistir en tus ojos cansados al espectáculo de la perpetuidad de ciertas cosas leves, como la pardosidad de cierto verdor o la lentitud de ciertas miradas.
En un universo insensato y cambiante como éste, es fascinante, de pronto, el espectáculo íntimo de una fijeza, el que una voz siga cayendo de las mismas cataratas de espuma, el que unos ojos sigan recogiendo las mismas luces doradas y ámbar, olvidándose de todas las demás.
No sé que tipo de piedra dolorida es ésa. A qué responde la identidad de un ser, de una mujer, de ti, cuyas células, cuya vida, cuyo corazón se mueven cada día. Algunos dirían que eso es el alma. Pero no, esto no explica nada. Otro nombre para el misterio. Y qué obstinadamente somos nosotros mismos. Basta dejar de ver a un ser, y reencontrarlo en el tiempo, para comprobar con estupefacción que vive preso de su voz, sus movimientos y su risa. O que vuelve sobre todo ello asiduamente, amorosamente, sin saberlo. Somos el mar y la piedra que lo pule. Nos redondeamos, igual que él, óvalo de agua, a diario, viviendo. Cada vez es uno más sí mismo. El alma, lo llaman.
Estamos tan fijos como un árbol, tan definidos como una piedra. Los grandes cambios en nosotros mismos son ondulaciones leves a flor de agua, a flor de piel. Cambian los sentimientos, pone banderas negras la experiencia, pero hay una piedra luminosa de donde nace la mirada; hay un agua estremecida de donde nace la risa. Todas son iguales en la caverna del ser.
Eso encontré en ti, en tu cuerpo, en tu vivir. He podido asomarme a la caverna verde de tu ser, a su mismo fondo fresco. He profundizado más que nunca, he ido mucho más adentro, pero, después de mi retirada, tu fondo claro y oscuro, verde y vivo, sigue intacto, adolescente, igual que entonces. Llegué a lo que no muda. De nuevo, a ninguna parte.
Pero me reconociste, como el mar a su primera embarcación, la del alma de madera y sueño, la que lo surcó en los albores, donde volaban, libres, pájaros de voz y garzas de cristal.
