El blog de Alfredo Quiroga
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No cabe el agua en la lluvia…

Lunes, 26 de Octubre de 2009

…Ni toda la lluvia cabe en el agua.
Tu nombre, si te fijas bien,
No cabe tampoco en mi mano,
Ni en tu pasado
Ni en tu futuro. Ni en tu presente
cabe en la palabra presente,
aunque dure una eternidad.

No cabe el verde en tus ojos,
Ni tu mirada en los míos.

Quisiera saber a dónde van estas aguas contenidas.
Aguas como ojos, labios como espadas.

He estado mirándolas en su inmovilidad y en su silencio.
Toda la mañana; ayer y hoy,
Y me he dado cuenta,
Poco a poco,
De que las he cruzado ya tantas veces
Sin tener siquiera que moverme de aquí,
Solamente escribiendo, como siempre
Sin que tú lo sepas, pensando en ti.

A. Q. De: “El día en que nació la lluvia”, 2009 (Vid Editorial, Madrid).

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Cambiar la hora a un reloj de arena

Sábado, 24 de Octubre de 2009

Hay un sinfín de cosas y artilugios, algunos de naturaleza vagamente superflua, que le han conmovido y embelesado al hombre desde la antigüedad: los títeres, los muñecos y objetos autómatas, las veletas, las cajas de música, los relojes de arena, los de sol, de agua, de volantín, de péndulo… Si observamos con atención, vemos que se trata siempre de objetos inanimados que, por medio de mecanismos simples o complejos, giran o se mueven, es decir, que representan la vida antes de apresarla.

Existe, cómo no, en internet, una página para los amantes de los relojes de arena, pero no viene en ella ninguna especificación para cuando, en una noche como ésta, a las 3 de la mañana, tengamos que retroceder engañosamente una hora nuestros contadores de tiempo, según normas, dicen, de ahorro energético. Como siempre decía mi madre en casa: esta noche dormiremos una hora más. No mamá, esta noche beberemos una hora más y de lo demás lo mismo, no vayan ustedes a pensar que…no.

Hay que remontarse a Ovidio, y a su cita “Esta no es la última, sino la anterior”, referida a las horas, para datar la instauración de esta rancia norma; es decir, muchos siglos antes de lo que suponen y dicen los medios de comunicación, tan wikipedistas ellos.

Lo único cierto es que siempre es más tarde de lo que uno piensa. Decía Péguy: “Homero es joven cada mañana y el periódico de ayer es ya terriblemente viejo”. Tan sólo existe el Sol que, como escribió Blake, si dudase un sólo momento, se apagaría. Como se apaga la nieve, igual que el tiempo, que no comprende los ojos del que quiere saber, si no que sólo roba las huellas del que pasa.

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Madera y sueño

Martes, 13 de Octubre de 2009

“Me están dictando cosas,
Pero no desde otro mundo u otros seres,
Sino, más humildemente, desde adentro”
. (A. Q., “Mirar en voz baja”).

El pasado siempre se nos enreda con el presente, pero he podido asistir en tus ojos cansados al espectáculo de la perpetuidad de ciertas cosas leves, como la pardosidad de cierto verdor o la lentitud de ciertas miradas.

En un universo insensato y cambiante como éste, es fascinante, de pronto, el espectáculo íntimo de una fijeza, el que una voz siga cayendo de las mismas cataratas de espuma, el que unos ojos sigan recogiendo las mismas luces doradas y ámbar, olvidándose de todas las demás.

No sé que tipo de piedra dolorida es ésa. A qué responde la identidad de un ser, de una mujer, de ti, cuyas células, cuya vida, cuyo corazón se mueven cada día. Algunos dirían que eso es el alma. Pero no, esto no explica nada. Otro nombre para el misterio. Y qué obstinadamente somos nosotros mismos. Basta dejar de ver a un ser, y reencontrarlo en el tiempo, para comprobar con estupefacción que vive preso de su voz, sus movimientos y su risa. O que vuelve sobre todo ello asiduamente, amorosamente, sin saberlo. Somos el mar y la piedra que lo pule. Nos redondeamos, igual que él, óvalo de agua, a diario, viviendo. Cada vez es uno más sí mismo. El alma, lo llaman.

Estamos tan fijos como un árbol, tan definidos como una piedra. Los grandes cambios en nosotros mismos son ondulaciones leves a flor de agua, a flor de piel. Cambian los sentimientos, pone banderas negras la experiencia, pero hay una piedra luminosa de donde nace la mirada; hay un agua estremecida de donde nace la risa. Todas son iguales en la caverna del ser.

Eso encontré en ti, en tu cuerpo, en tu vivir. He podido asomarme a la caverna verde de tu ser, a su mismo fondo fresco. He profundizado más que nunca, he ido mucho más adentro, pero, después de mi retirada, tu fondo claro y oscuro, verde y vivo, sigue intacto, adolescente, igual que entonces. Llegué a lo que no muda. De nuevo, a ninguna parte.

Pero me reconociste, como el mar a su primera embarcación, la del alma de madera y sueño, la que lo surcó en los albores, donde volaban, libres, pájaros de voz y garzas de cristal.

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¿Quién inventó el agua?

Jueves, 1 de Octubre de 2009
Infancia de agua seca

La sed del agua

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La mano en el agua

Sábado, 19 de Septiembre de 2009

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Salgo al jardín, me siento junto a la piscina y dejo perder una mano en el agua, fría. Ya es de noche. Estoy solo en la casa y solo en el jardín. Lunas de hielo y noches yertas me atraviesan la mano, me la cortan, y ahí queda, a merced del agua o de la nada. Me siento como ese ser de lejanías que describió Heidegger y que tantas veces quise ser. Solo, como un ángel aplazado, ausente. El que falta siempre es el ángel.

Noche fina y de afiladas uñas de septiembre, alguna luz morada a lo lejos, que duda si ser estrella o ser farola. Hay hogueras de frío entre los árboles, a la pobre luz de los restos de lo que un día fue luna. Esta hermosa noche de silencios. Por cada hombre que calla crece un astro nuevo, se inaugura un arbusto. Mi silencio es un silencio creador, no el silencio estéril de los que hablan a todas horas. Fiestas de silencio en el cielo. Asisto, como un ser de lejanías, a todo lo que he renunciado. No sé si esto es una prosa sonámbula o un ejercicio de redacción después de muerto.

Recojo mi mano helada del agua como quien recoge un guante impar, que no es de nadie, en la corriente del río, en la corriente del tiempo. Soy yo, menos mi mano. El silencio se ha hecho tan profundo que suena casi histórico. Morir solo en una noche así, sin morir. ¿Por qué nuestro final no es desaparecer? Como un hueco de luz o de sombra.

Me calzo mi mano como un guante y entro a escribir esto. El momento, el milagro ya ha pasado.

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