Esta mañana tenía Venecia esa grandeza de los días de invierno. Apenas había amanecido y ya comenzaba a desplegarse su vida antigua por toda la ciudad. El cielo, empañado de frío, no se sabía aún si iba a ser azul o gris. El agua ya estaba a esas horas encendida; brillaba como un gran caldero de zinc. El aire venía incluso barnizado. Un largo olor a madera y a pan recién horneado volvieron a delatar el camino hacia mi lecho de hojas secas, donde anidar mis palabras mojadas, que nacen así entre las estrechas paredes de mi alma.
Pasé la mañana en la Biblioteca del Conservatorio del antiguo Ospedale della Pietà, entre partituras vivaldianas que fueron destinadas al coro de figlie de su escuela de música. Perseguía estudiar la alquimia que alumbró el tercer movimiento del Concierto RV 165, un re maggiore que sólo breves manos tocadas por los dioses pueden llegar a interpretar, y difícilmente, con un 4/4.
Cuando salí de nuevo a la luz del día estaba lloviendo, pero no me importó en absoluto. Acqua alta. Anduve y paseé en todas las direcciones, azacaneando de un lugar para otro, de librería de viejo en librería de viejo, cruzando varias veces los mismos parques y plazas. Esta ciudad ya me gustó en 1986, y siempre. Ahora, cuando uno es más inactual, sucede que retorna para encontrar un lugar donde hacer hortus conclusus y trabajar intensamente rodeado de belleza. Un espacio construido por libros, partituras, violas, violines, un clavecín y unos cuantos objetos romanos que se le han adherido a uno irremisiblemente por una u otra razón en viajes remotos: unos capiteles, una cabecita del siglo II d. C., la lápida de Clodia, y otros incluso más antiguos. El sitio donde escribir las páginas más sosegadas de mi Tagebuch.
El agua era ya nieve aunque algunos rayos de sol bañados en alpaca y de un ligero pavón ceniciento querían abrirse paso. Vivieron lo suficiente como para iluminar a través del ventanal de un café la belleza manierista de una joven con una boca sólo igualada en el cinquecento, con unos labios pequeños, rojos, sensuales. El sol siempre cumple con su obligación. Cuántos quilates en ese breve oro que brilla aquí, entre tanta mugre.
Aparté el rimero de libros, tomé este cuaderno y escribí. Cuando levanté la cabeza la niebla ya era una realidad; una niebla que se podría tallar, blanca y densa como el alabastro. Aún no lograba concebir una noción clara de este espacio de tiempo. Seguí escribiendo y anoté:
Muy pronto adquirí conciencia de que vivimos siempre en las fronteras mismas de la desdicha, pero también sabía que, a veces, brotaba de nosotros una alegría de buen cuño, a la que no tendríamos derecho a renunciar. Lo que llamamos vida sucede siempre de una manera extraña, sin decálogo, sin gramática, sin norma. Cada día lo que sucede es nuevo, y la perplejidad se sobrepone siempre a la experiencia.
Perviven en la memoria de las personas aquellos que han logrado darles una visión satisfactoria de su tiempo, y uno quiere, en su orgullosa modestia, pervivir, durar, sobreponerse a la muerte de uno mismo y de las cosas. Las palabras que pinte en Venecia serán, pues, para los lectores de dentro de cien años. Son palabras que muchos en este tiempo también las encontrarán extrañas: aferraos a todo lo que acaba, a las rosas de invierno, al silencio de un hijo, a la risa de un día. No hay más. Tampoco lo hubo nunca, siempre en medio de tantas guerras. Siempre las habrá, y desolación y pobreza. Lo único, en cambio, que tal vez desaparezca, sea este sueño de creer en las cosas que no han de morir, rosas, risas, sombras, silencios. No tengo nada más, y lo demás, es sólo literatura.
