Cuando las fresas en tus labios
Igual que la luz llega a todas partes, mi cuerpo es como un continuo viaje a lugares donde ya sólo refractan los recuerdos.
Como aquél que vuelve triste, de una guerra lejana, con la sangre ya apagada, y sabe que su gozo es como un pan reciente, igual sé yo que mi vida fue como la sal que el mar traslada en sus derivas, un sueño que descansa en lo soñado, igual que se cubre el tiempo con el tiempo envenenado. Igual que avanza el invierno, el leñador, el fuego.
Porque todo lo perdí tras un incendio. Y ya no encuentro señales de vida. Regreso a casa: el techo sigue negro, la alcoba sigue a oscuras. Y el mismo fuego de entonces, emulando al infierno. Maldito sea el sueño. Mis alas se han convertido en escarcha sobre el viento. Tan sólo soy un ave desterrada en el cielo.
Pero pronto, el hombre del tiempo, anunciará en sus labios otro solsticio de verano. Serán sólo dos meses. Apenas dos disparos de sol al aire. Dos meses, unas nubes troceadas como pan para los desdentados y un nuevo junio dejará sus credenciales. Dos caricias. Otra sombra en las alcobas y la higuera, junto al pozo, donde la luna flota, nos dará en sus siestas los frutos de otro verano. Beberá el zorzal de la lluvia vieja dormida en la pala del jardín abandonada.
Y sobre la pereza del destino volverá a posarse un recuerdo. Las fresas en tus labios, las lágrimas heladas. El momento más frío. Aquellos días. A poco nos supo el tiempo.
Nunca sabré porqué los hombres sudan en vez de llorar delante de un verso.
A. Q. Todos los peces mueren de pie, S. C. de Tenerife, Papel de estraza, 2010.




