El blog de Alfredo Quiroga

"Porque el secreto que más he perseguido es tu respiración. Ya lo sé, amaneció, pero no seré yo quien te despierte, porque el azul es aún una promesa"

Cuando las fresas en tus labios

Jueves, 20 de Mayo de 2010

Igual que la luz llega a todas partes, mi cuerpo es como un continuo viaje a lugares donde ya sólo refractan los recuerdos.
Como aquél que vuelve triste, de una guerra lejana, con la sangre ya apagada, y sabe que su gozo es como un pan reciente, igual sé yo que mi vida fue como la sal que el mar traslada en sus derivas, un sueño que descansa en lo soñado, igual que se cubre el tiempo con el tiempo envenenado. Igual que avanza el invierno, el leñador, el fuego.

Porque todo lo perdí tras un incendio. Y ya no encuentro señales de vida. Regreso a casa: el techo sigue negro, la alcoba sigue a oscuras. Y el mismo fuego de entonces, emulando al infierno. Maldito sea el sueño. Mis alas se han convertido en escarcha sobre el viento. Tan sólo soy un ave desterrada en el cielo.

Pero pronto, el hombre del tiempo, anunciará en sus labios otro solsticio de verano. Serán sólo dos meses. Apenas dos disparos de sol al aire. Dos meses, unas nubes troceadas como pan para los desdentados y un nuevo junio dejará sus credenciales. Dos caricias. Otra sombra en las alcobas y la higuera, junto al pozo, donde la luna flota, nos dará en sus siestas los frutos de otro verano. Beberá el zorzal de la lluvia vieja dormida en la pala del jardín abandonada.

Y sobre la pereza del destino volverá a posarse un recuerdo. Las fresas en tus labios, las lágrimas heladas. El momento más frío. Aquellos días. A poco nos supo el tiempo.

Nunca sabré porqué los hombres sudan en vez de llorar delante de un verso.

A. Q. Todos los peces mueren de pie, S. C. de Tenerife, Papel de estraza, 2010.

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Y dejar los labios ardiendo

Martes, 18 de Mayo de 2010

No me beses si no es para quemarme –me decías-, si no es para colmarme del más dulce veneno y ofrecer mi boca a la hoguera y la esperanza.
No hace falta que me abrases las entrañas, que descosas mi cuerpo, igual que un cirujano, para volver a remendar tanta tristeza.
Sólo quiero que recojas de mis labios las pavesas heladas que otros labios dejaron, que llenes con el gesto de tu lengua melada mi oscuro paladar, mis vulnerables dientes, y cada comisura que mi boca esconde.
Acércate a besarme, no lo dudes, ahora que hay rocío sobre la leña de esta bóveda abierta a las hogueras.
Y si algún día te alejas, volátil como el humo, dejando mi corazón de nuevo en plena umbría, remíteme las señas del mar en el que habitas para saber dónde arrojar tanta ceniza.
Aquí dejo estas palabras, cicatrizando despacio, ahora que al fin empieza el verano.
Nadie sabe por qué se seca antes la sangre de un pájaro que la tinta sobre el papel.

A. Q., Autobiografía de un espejo, S. C. de Tenerife, Vid, 2010.

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Sobre el fuego y la nieve

Miércoles, 12 de Mayo de 2010

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Camino de la “Casa de Ánforas” (A. Q.).

El fuego o la nieve, amor,
el fuego o la nevada.

¿Quién detendrá el avance del invierno
cuando crezca la escarcha, cuando el tiempo
se arrepienta de tan largas esperas
y en los campos se advierta, como un mortal presagio,
una espesa capa de cenizas?

¿Acaso volarán las aves más oscuras
surcando el azulejo de los atardeceres?

¿Tornarán más cobrizos, por la herida profunda,
los cielos del verano sin nosotros?

El fuego o la nieve, amor,
el fuego o la nevada.

¿Cruzarán en manadas, por la sed del arroyo,
escapando de las balas y la escarcha,
las pezuñas afiladas del venado?

¿Se harán molde sus huellas, si trepan las montañas,
como ocurre con el fuego y los amantes?

¿Y qué será de nosotros si la helada
salpica de tristeza la luz de nuestros labios,
si se clavan repentinos nuestros cuerpos
en medio del ardor de una nevada?

Acuérdate entonces, amor mío, de los cerezos,
de sus flores de hielo creciendo en primavera,
de su fruto rojizo sobre el mimbre de marzo.

Y no olvides, amor, que esta nevada,
cuando cesen de caer todos sus copos
y nos cubra la espesura del recuerdo,
habrá de derretirse con el tiempo
hasta hacer de nuestras vidas, nuevamente,
un ángel de dolor, una llama de mármol,
un epitafio más de amores que cayeron
consumidos por el fuego o la nevada.

Alfredo Quiroga, Breve historia del hielo, Madrid, Casa de América, La estafeta del viento, mayo de 2010.

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Cuando ya no estemos

Lunes, 10 de Mayo de 2010

¿De qué nos servirán entonces, cuando ya no estemos,
las horas y los días, los meses y los años que pasaron
sin casi darnos cuenta, otoño y primavera, las lentas
estaciones circulares que aún perduran, el eco de las tardes
ungidas a otros nombres que ya no son los nuestros?

¿De qué nos servirá entonces, cuando vierta el olvido
su lluvia corrosiva sobre los tejados
y quede triste el hogar, vacías las casas,
saber que se han borrado los últimos vestigios familiares,
que no restan más huella ni más ruina
que las mismas pisadas del recuerdo?

¿De qué nos servirán entonces, cuando ya no estemos,
la altísima sonrisa de un niño en el columpio,
el júbilo y la dicha, tanto caudal de luz y tanta gloria
como hemos derrochado en nuestras vidas?

¿De qué nos servirán entonces el bosque y los paisajes,
el vuelo siempre firme de las grullas, el cisne entre las aguas,
la extraña timidez de un árbol desnudándose en otoño?

¿De qué nos servirán entonces el fuego y los guijarros,
el tiempo sin costuras de una muchacha virgen,
el labio, las caricias, el beso, las promesas,
la música que apaga la sed de los amantes?

¿De qué nos servirán entonces el agua de la vida, los barcos
de la noche, el ancla, la estrella, la luna, el crucifijo,
los nombres de los dioses que soñamos
para sentirnos vivos, para no caducar en el hastío?

¿De qué nos servirá entonces, cercana ya la hora del barquero,
pensar en regresarnos, remar contra corriente en las mareas
si al cabo sólo queda sobre el viento,
abierta ya la noche como un labio,
el brillo que convocan las estrellas, el incienso del mundo y su vacío?

Alfredo Quiroga, El sol de los ciegos, Santa Cruz de Tenerife, CajaCanarias, 2010.

cuando-ya-no-estemos

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Primer testamento

Miércoles, 28 de Abril de 2010

agonia-de-un-piano

Camino junto al fuego y no me quemo,
gravito de alegría como una llama
bajo la helada de los últimos silencios,
y parece que he vencido a la sed de las palabras.

Como aquél que se protege
de una nevada gris vertida en las aceras,
escondo mi secreto entre los libros,
me refugio en las horas del hastío
dibujando senderos que ni yo mismo conozco,
hablando de la lluvia que golpea los cristales,
o pisando la arena para que cada huella
persiga a la anterior, igual que hacen las grullas.

Ya no espero que la luz vierta en mis manos
la música interior con que los bardos sueñan,
y no me dejo amedrentar, no tengo miedo
de perderme en la espesura de este bosque de niebla.

Y si acaso invade el frío los muebles de mi cuarto,
y se vuelve blanquecino el vaho de los cristales,
tomo un hacha entre mis manos
y salgo a la intemperie.

Desnudo de razones me aventuro
en busca de retama y leña seca.
Sé que la espera es un rostro sin labios, incompleto,
que sólo aquél que busca y que se adentra
entre las fauces afiladas del espino
podrá tocar la llama sin quemarse.

Por eso me preparo forjando las palabras,
abriendo un laberinto con salida en el alma,
apilando despacio, como si fueran piedras,
el círculo perfecto de los versos.

Luego, el tiempo y la pacienda me regalan
templanza y libertad, agua blanda de lluvia,
un molde de verdad donde devanar el hilo
para dar continuidad a las palabras.

Y así paso las horas, junto al reloj de nieve
que marca los segundos de este invierno dormido,
embriagado por el tacto jubiloso del verso
que crece y se consume como una brasa eterna,
limpio, claro, alegre, complacido,
como llama que recorre mis paisajes,
los de este hombre,
aquél que camina sobre el fuego y no se quema.

A. Q. “Volveré tarde”, Intimatum, S.C. de Tenerife, 2010.

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