Septiembre en el jardín
Los domingos suelo pasarlos en el taller. Sin reloj y sin teléfono, claro. Sólo la luz me va diciendo cuando se va haciendo demasiado tarde, y cuando esto sucede, hasta ella se ha cansado de esperarme y se ha ido. La noche cada día es más puntual. Me gusta esta mujer. Siempre acude. Nunca me deja solo. Más bien soy yo quien la abandona cuando apenas ha empezado a quitarse la ropa y ha encendido su primer cigarro. Durante mucho tiempo incluso era yo quien le daba fuego. Sigo dejándola el mechero.
Decía que los domingos vengo a parar aquí. Me siento ante esta pequeña pantalla mientras contemplo el jardín por la pared de cristal. Veo el jardín en septiembre.
Es como un arpa con sueño. Como una lanza delirante que mata el penúltimo sol del año.
El jardín en septiembre es como un campo de guerra. Aquellas perfumadas estatuas fallidas que fuimos en verano yacemos como cadáveres dispersos por el jardín.
La luna es como la Cruz Roja que viene a asistirnos. Aunque cada vez parece venir menos.
Ha quedado el jardín como un álbum de tardes. Como un arpa de hierro.
Pesa más el amarillo que derrumba las hojas grandes.
Intento salvarme con el presente aunque quede la metralla del pasado.
Parece temblar el jardín levemente, quizá como nuestra vida.
Como lo que es: una Atlántida breve.
Dejo esto y regreso a mi taller.
Copyright Text & Image Q* Arch & Design. Madrid, septiembre de 2011.
Entrar con vida
23 de septiembre.
No sé qué nombre darte en los sueños. ¿Cuánto tiempo tardó el hombre en llamar al fuego? ¿Y en saber que la nieve también quema?
Acaso haya pasado otro año. Puede que sea un rostro sin labios.
Al fin llueve muy blando. Tras la ventana un bosque de niebla. Dibujar en el vaho de los cristales. Un niño en la casa de unos padres. Un reloj de nieve. Y hoy, quizá la nostalgia de los años y muy sol adolescente. La luz que venía de todas partes. Tus besos de marzo.
Siempre será pronto cuando ya no estemos. Avanza el invierno, el leñador y el fuego.
Pero aún queda vino encendido en mi pecho, aguardando que vuelvas: un día, tu regreso.
Q*. (2010).
La fabricación de lo absoluto
Mézclese una mujer con fuerte contenido sexual y un amplio margen, un hombre intelectualizado de manos finas, playa, sol, sal, un verano yaciente y un tempo lento de uno de los últimos cuartetos de Beethoven: un rato de vida. Déjese reposar el tiempo que sea preciso.
A ver qué pasa.
Lo efímero de lo absoluto.
Palpar el cielo.
A. Q. (2010).
Leer lágrimas
Revocados ya todos los derechos.
Desafinados ya los jóvenes ecos
y una vez olvidadas todas las lenguas,
sólo leerte lágrimas por las noches,
de niebla en niebla, sin pisar el cielo.
De pura tristeza, los días valiosos,
convertirnos sólo en tiempo.
A. Q. De: “Contar los días” (I), S.C. de Tenerife, 2010.




