Sólo un rincón
A veces, como hoy, después de tanto viaje y pantomima social, buscas un rincón que eres tú mismo. Escoges un disco, sí, o una grabación en compacto de la misma versión; ésa que amas especialmente, como puede ser un cuarteto de Haydn, de la Op. 76/77. Haydn fue, además, el compositor que te enseñó a hablar sin palabras en Viena, sólo con una batuta mágica y otra mano.
Sabes que ese don, el de la música, es demasiado grande para tu vida. ¿Has pensado en la increíble cantidad de pequeñas circunstancias que podrían hacer imposible ese momento, el sosiego de oír la música, el rincón de tu casa, el silencio del mismo rincón, tu propia circunstancia? ¿Has pensado en lo fácil que es distraerse en algún momento de la audición? Dilo: has preparado ese instante como el fumador de opio, concediendo tanta importancia al rito de la preparación como al de entregarse a la audición.
Podría parecer que ante ti se abren esos minutos de música, como un paraíso artificial, pero no son los preparativos del gourmet, del sibarita, para quien la música, la lectura, una exposición o un viaje son bocados que hacen su existencia más refinada y exquisita.
No es la voluptuosidad del momento, aunque en él haya voluptuosidad, como la hay también en el amor. Es una especie de reencuentro con lo que uno es, con todo aquello que quiere ser y no es. Así, poco a poco, te vas entregando al olvido de ti mismo, hasta la completa disolución, hasta ese supremo instante de la gratitud absoluta; ése en el que recorrerías a pie los tres siglos que te separan de él, para darle las gracias a ese hombre por haber pensado en ti, para que tu dejaras al fin de soportar la cruz de ser tú mismo. No es la voluptuosidad de ser, sino al contrario, la gratitud por dejar de serlo.
Te llaman. Ya vas. Hace tiempo que acabó la grabación. Es hora. Lo sabes. Pero también sabes que una mano, como aquélla que sujetaba la batuta, te mueve cada día del mismo modo y te hace avanzar por este río de papel de estaño que llamamos vida. Creemos dormir y tener los ojos cerrados, y están abiertos, porque se deslizan algunas lágrimas secas. El agua de sal donde habita una frágil caña por la que sopla el viento. ¿Acaso somos algo más?



