El blog de Alfredo Quiroga

"La tragedia del pianista. Oyendo crecer a Ariadna"

Sólo un rincón

Domingo, 11 de Octubre de 2009

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A veces, como hoy, después de tanto viaje y pantomima social, buscas un rincón que eres tú mismo. Escoges un disco, sí, o una grabación en compacto de la misma versión; ésa que amas especialmente, como puede ser un cuarteto de Haydn, de la Op. 76/77. Haydn fue, además, el compositor que te enseñó a hablar sin palabras en Viena, sólo con una batuta mágica y otra mano.

Sabes que ese don, el de la música, es demasiado grande para tu vida. ¿Has pensado en la increíble cantidad de pequeñas circunstancias que podrían hacer imposible ese momento, el sosiego de oír la música, el rincón de tu casa, el silencio del mismo rincón, tu propia circunstancia? ¿Has pensado en lo fácil que es distraerse en algún momento de la audición? Dilo: has preparado ese instante como el fumador de opio, concediendo tanta importancia al rito de la preparación como al de entregarse a la audición.

Podría parecer que ante ti se abren esos minutos de música, como un paraíso artificial, pero no son los preparativos del gourmet, del sibarita, para quien la música, la lectura, una exposición o un viaje son bocados que hacen su existencia más refinada y exquisita.

No es la voluptuosidad del momento, aunque en él haya voluptuosidad, como la hay también en el amor. Es una especie de reencuentro con lo que uno es, con todo aquello que quiere ser y no es. Así, poco a poco, te vas entregando al olvido de ti mismo, hasta la completa disolución, hasta ese supremo instante de la gratitud absoluta; ése en el que recorrerías a pie los tres siglos que te separan de él, para darle las gracias a ese hombre por haber pensado en ti, para que tu dejaras al fin de soportar la cruz de ser tú mismo. No es la voluptuosidad de ser, sino al contrario, la gratitud por dejar de serlo.

Te llaman. Ya vas. Hace tiempo que acabó la grabación. Es hora. Lo sabes. Pero también sabes que una mano, como aquélla que sujetaba la batuta, te mueve cada día del mismo modo y te hace avanzar por este río de papel de estaño que llamamos vida. Creemos dormir y tener los ojos cerrados, y están abiertos, porque se deslizan algunas lágrimas secas. El agua de sal donde habita una frágil caña por la que sopla el viento. ¿Acaso somos algo más?

Casa de Ánforas

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Häendel: el ladrón de mañanas

Lunes, 13 de Abril de 2009

Las fechas están agazapadas en el calendario igual que gatos junto a la ratonera, para matar los días en el instante mismo de salir. Mañana, cuando lean esto, 14 de abril, que debería ser fiesta nacional en nuestro país y no el insulso y a la vez obsceno 12 de octubre (nombre de Hospital, por cierto), se cumplirán 250 años sin Häendel, Georg Friedrich (Halle, 1685-Londres,1759). Un compositor no sólo prolífico si no excelso, a quien debemos algunas de las partituras más bellas de la historia de la música, no todas bien difundidas por escasamente programadas o, en algunos casos, por la complejidad del montaje escénico y, cómo no, la dificultad intrínseca de su ejecución.

haendel

Con Häendel, la ópera barroca y, sobre todo el oratorio, más propio del anglicanismo al que se convirtió nuestro genio, alcanzaron cotas sublimes muy difíciles de igualar. Ya sé, me dirán o pensarán, están Mozart, Bach, Beethoven, en fin. Cierto. Les aseguro que los momentos de dicha, al borde de la lágrima, que Mozart me ha proporcionado a lo largo de mi vida, no son pocos, además de inducirme a volcarme en el estudio musicológico como creo ya he contado aquí. Sin embargo, el sajón nos ha deleitado con piezas inigualables por su brillantez y su delicadeza.

Escuchen, si no lo han hecho nunca, o recuerden al menos, el recitativo inicial de  la Oda for the Birthday of Queen Anne; apenas un minuto y medio de estancia en el cielo con un contratenor que conmueve hasta el llanto. No quiero aludir aquí y ahora al famoso The Messiah, grandioso cómo no; pero sí a Giulio Cesare, Xerxes, Solomon, Judas Maccabeo, Rinaldo, Rodelinda, Samson, Tamerlano, y así hasta 43 títulos. Pero, sin duda, es el oratorio Theodora, uno de los más celebrados, el que recoge fraseos y diálogos que son auténticos fragmentos del silencio partido. Nada más bello. Nunca estuvo en mi mano ser feliz, pero, con Häendel, conocí la alegría. Su música desprende aromas de jazmín; como de sereno jardín de la mortalidad.

Mientras, el genio derramaba a menudo el vino sobre el mantel. Egregio paciente apopléjico. Su mesa se teñía de rojo demasiadas veces, el plomo envenenaba su cuerpo. Sin embargo, no se permitió que el tiempo lo derrotase si no sentado en su clavicémbalo, dirigiendo una vez más su Mesías en 1759; Mozart había nacido tres años antes. No es injusta la vida. Igual que nadie besa dos veces a la misma mujer, nunca escuchamos la misma obra de Häendel. Reconozco mis años en mis viejos vinilos que aún conservo. El poder de escucharme con una historia dentro de las notas. Una música que refleja todo lo que perdí. Los años borran las fechas en los árboles.

As steals the morn…

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Desayuno con Scarlatti

Jueves, 9 de Abril de 2009

Ivo Pogorelich me acompaña esta mañana de cielo perlado en Santa Cruz; suena, como casi siempre, Scarlatti, la K. 8, casi seis minutos de sublimación con la cuerda percutida y afinada a la perfección. La modulación traspasa lo musicalmente correcto para asumir una cadencia irrepetible.

Donde pasé las horas vivas...duerme, pero no olvidado, como el arpa de Bécquer...

Donde pasé las horas vivas...duerme, pero no olvidado, como el arpa de Bécquer...

Pogorelich no es Gould, pero Scarlatti tampoco es Bach. No obstante, es Semana Santa y me siento a la máquina con determinación, casi seguro que ahora no tendré que corregir demasiado el texto y mucho menos arrancar el folio para lanzarlo a la papelera. Es lo que tiene la Semana Santa, tan cerca de la Navidad y con el Carnaval de por medio. Aún tengo resaca, este hígado no es lo que era, cualquier día me corto la coleta, o me la dejo larga. No sé aún. Luego, a la vuelta de la esquina, el puente de mayo, y San Isidro, y…ya es verano, jornada intensiva, ¿qué narices querrá decir eso? ¿Trabajaremos más, aun Procuro que no anden unos días iguales a otros persiguiéndose, por eso cambio a menudo de lápiz y de partitura, una especie de travestismo musical: mi oído ya no sabe con quien se acuesta. Me gustaría volver a dirigir. Ensayo, a veces, con Haydn, es fácil y muy agradecido: la madera siempre cede el paso a los metales con exquisita educación y los coloquios resultan divertidos.

Hace tiempo que dejé la batuta; la cámara me dejó las manos libres y me siento más cómodo para ordenar los compases. El diapasón de la vida te va marcando los tiempos, sólo hay que ajustarse a él. Ya se sabe, el presente se pone en manos del futuro lo mismo que una viuda ignorante y confiada se pone en manos de un astuto y deshonesto agente de seguros.

Lo reconozco: me di a la música ante el temor, que me ha perseguido siempre, incluso más que las mujeres, de quedarme ciego. ¿Y si me quedo sordo? O, lo que es peor, ¿las dos cosas? ¿Beethoven ciego? ¿Steve Wonder sordo? No. Este blog me necesita. Buenos días, en el hemisferio Norte; queda inaugurado así el mundanal silencio.

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