Los libros bajo la lluvia
Ayer, muchos años después, volví a asomarme a la Feria, que dicen del Libro, de Madrid. Fue sólo eso, un tímido asomarme, entre la verja del Retiro, como un niño que, bajo la lluvia del final de la tarde y con las manos como anteojeras, pegase su naricilla a la luna del escaparate de una tienda de juguetes. El niño deja su huella de vaho puro en el cristal. Retira su cara, abre las manos, cierra los ojos, mira, ve. Una voz acompañada de una mano le separa para siempre de esa lluvia. La huella de vaho se evanece.
Ese niño vuelve al mismo sitio donde perdió su lluvia. Y allí sigue. Nadie puede haberlo esperado tanto como ella. Sabía que un día volvería a recogerla. Sólo él sabe escucharla. Sólo él sabe habitarla en silencio.
Las manos acaso más grandes, pero no mucho, un cuenco pequeño, las anteojeras justas para librar de reflejos la luna de los escaparates. En cambio, se fue el flequillo, y las gafas impiden pegarse bien al cristal. Se las quita, como siempre.
El niño se detiene en su paseo por la acera, se agarra a la verja húmeda y se asoma por ella. Ve a su infancia jugar. Todas las palabras mojadas. Letras que flotan en los charcos. Algún mirlo sediento que se acerca a leer en ellos.
Tórtolas que drenan la lluvia. Amanece y anochece al mismo tiempo. El niño ya sólo sabe decir palabras de agua. Logró aprender el idioma de los delfines.
Nada vale una vida. Sólo otra vida.
Se marcha el niño. Cargado de ausencias, le da la espalda a la verja y camina. En la mano, una cartera llena de hojas. Está cansado. Vuelve a sentarse entre dos sueños.
A. Q., Madrid, domingo, 29 de mayo de 2011.




