Otro café, José María
Esa silla vacía que ven a su lado era donde solía sentarme para hablar con él de la vida, de un botón, de lo más pequeño, de lo leve, de la Historia de los hombres y también, cómo no, de la Medicina. El café, sucesivo, nos iba descubriendo en la escritura, en los libros, en la edad –nunca conseguí alcanzarle en nada-, en el tiempo, en las paredes vestidas de palabras. No conseguía apoyarse en la vida. La vida tiraba de su vida. Yacía como un astro, con un corazón de ónix, como con un alma de exiliado. La lluvia le hacía feliz.
Ahora ya no quedan mañanas. Ha quedado huérfana la memoria. Las cosas vagan como peces por el techo. Qué grieta ha quedado en la vida.
Cómo crece el silencio a cada paso. Ahora sé que esta despedida es la definitiva. No saben ya las palabras dónde hacer su nido. Y yo esta mañana estoy aprendiendo a leer de nuevo. Agosto no es ya un mes entero. Hay un tremedal caído. El cadáver de un verano. Las olas más brillantes ya han pasado.
Mientras volvemos a vernos en abril, intentaré seguir midiendo el cielo. Ya sabes que la Ciencia tiene sus secretos.
Sí, otro café, José María, con unos almendraditos por supuesto.
A José María López Piñero (Mula, Murcia, 1933-València, 2010), abolidos quedan los días y vendrán otras aguas, pero ya todo se apaga. La memoria ya es triste. Adiós, amigo. Sólo nos queda el abrazo.
A. Q. (Desde aquí, agosto de 2010).





