Tantas cosas fueron al principio…
Nació ya viejo este escritorio donde apuro las horas. A pesar de los años -descansa más allá de la centena- tiene un color marrón a tierra y recompensa.
He vuelto a la Casa de Ánforas. Demasiado pronto, aún es invierno: he visto de nuevo migrar las aves surcando el ocaso. Las encinas no han sido mordidas por la luz, hay niebla y pájaros lentos. Aún se erige el fuego.
Cada rincón de la Casa reparte por tamaños los muebles, los cuadros, los enseres, el reflejo astillado por años de nostalgia y servidumbre, el polvo que traspasa la luz como una lanza y derrama despacio un hálito dorado.
El salón, el jardín, los cuartos ancestrales, el olor a cantueso, a manzanas, a especias, los gritos de dos niñas, Laura y Ariadna, y algún llanto avinagrado de alguien si surgía alguna desdicha irremediable. En esta Casa.
Para el dolor del árbol, de estos muebles soñolientos que callan su destino, nada hay más reprochable que la muerte, el olvido, la sed con que les llama cada noche la savia del recuerdo, las raíces profundas del silencio que abarcan estos muebles.
Un día, alguien lanzó una piedra contra un álamo desnudo, y del eco de sus ramas, como tórtolas blancas, volaron las palabras con su música exacta. Luego creció el dolor, el frío de la memoria, la luz del fuego y el don de la tristeza.
Tantas cosas fueron al principio… Recuerdo la luz, la carne, el barro y las palabras, la piedra redonda y negra de unos ojos, y el áspero secreto de la helada en los charcos. La voz del fuego, las venas de los helechos, los pliegues de tu blusa, siempre ignorando la nieve, y esa noción extraña como de tiempo detenido, como vino que endulza el paladar y los labios. La fragancia clara que empañaba las estrellas, la flor en el espino en el jardín de al lado, y aquellas nubes de bronce con formas de regazo que terminaban creciendo a la sombra del verano. El tuétano del viento, el mapa del silencio, el nacimiento de los espejos, las noches ya sin tus sueños. Después de tanto tiempo.
Ahora sólo me queda este antiguo escritorio, fiel escudero que me acompaña por todos los paisajes de mis versos. No podemos sortear nuestro pasado, igual que el escritorio no puede desprenderse del ámbar que perfuma su tronco, o acogerme en sus ramas, como acogen los nidos a las aves cansadas, aquellas que siguen cruzando los ocasos.
A. Q. (2010).





