El blog de Alfredo Quiroga
Archivo para Mayo, 2010

Tantas cosas fueron al principio…

Domingo, 16 de Mayo de 2010

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Nació ya viejo este escritorio donde apuro las horas. A pesar de los años -descansa más allá de la centena- tiene un color marrón a tierra y recompensa.

He vuelto a la Casa de Ánforas. Demasiado pronto, aún es invierno: he visto de nuevo migrar las aves surcando el ocaso. Las encinas no han sido mordidas por la luz, hay niebla y pájaros lentos. Aún se erige el fuego.

Cada rincón de la Casa reparte por tamaños los muebles, los cuadros, los enseres, el reflejo astillado por años de nostalgia y servidumbre, el polvo que traspasa la luz como una lanza y derrama despacio un hálito dorado.
El salón, el jardín, los cuartos ancestrales, el olor a cantueso, a manzanas, a especias, los gritos de dos niñas, Laura y Ariadna, y algún llanto avinagrado de alguien si surgía alguna desdicha irremediable. En esta Casa.

Para el dolor del árbol, de estos muebles soñolientos que callan su destino, nada hay más reprochable que la muerte, el olvido, la sed con que les llama cada noche la savia del recuerdo, las raíces profundas del silencio que abarcan estos muebles.

Un día, alguien lanzó una piedra contra un álamo desnudo, y del eco de sus ramas, como tórtolas blancas, volaron las palabras con su música exacta. Luego creció el dolor, el frío de la memoria, la luz del fuego y el don de la tristeza.

Tantas cosas fueron al principio… Recuerdo la luz, la carne, el barro y las palabras, la piedra redonda y negra de unos ojos, y el áspero secreto de la helada en los charcos. La voz del fuego, las venas de los helechos, los pliegues de tu blusa, siempre ignorando la nieve, y esa noción extraña como de tiempo detenido, como vino que endulza el paladar y los labios. La fragancia clara que empañaba las estrellas, la flor en el espino en el jardín de al lado, y aquellas nubes de bronce con formas de regazo que terminaban creciendo a la sombra del verano. El tuétano del viento, el mapa del silencio, el nacimiento de los espejos, las noches ya sin tus sueños. Después de tanto tiempo.

Ahora sólo me queda este antiguo escritorio, fiel escudero que me acompaña por todos los paisajes de mis versos. No podemos sortear nuestro pasado, igual que el escritorio no puede desprenderse del ámbar que perfuma su tronco, o acogerme en sus ramas, como acogen los nidos a las aves cansadas, aquellas que siguen cruzando los ocasos.

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A. Q. (2010).

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Lo que no está escrito

Viernes, 14 de Mayo de 2010

Del gozo no puede quedar más que la señal.
Tan humanas son las matemáticas que se suman flores en vez de años. Y restan pétalos en lugar de siglos.
Haceos cargo de los silogismos.
¿Qué héroe no ha muerto?
¿Qué poeta no ha sufrido?
¿Qué dios ha sobrevivido al hombre?

De esto os quería hablar una vez más.

Del río que se hiela cuando suena el cuerno.
De los gusanos de seda que tejen el capullo de la luna.

Quería hablar también de la vida.

Del bicéfalo conocimiento.  Porque una palabra es un hilo que cose las heridas de los misterios, un hilo enhebrado a la pluma.

Del gozo no puede quedar más que una mera señal.

Lleno está de silencio el corazón y el pozo.
Parece que hubiera desaparecido el tiempo
y las heridas se hubieran cerrado con un tordo dentro.

Todavía no he renunciado a la nieve,
y sigo yendo a pie
porque aún es invierno.

A. Q. Paraguas en la playa, “Lo que no está escrito”, Las Palmas de Gran Canaria, 2010.

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Sobre el fuego y la nieve

Miércoles, 12 de Mayo de 2010

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Camino de la “Casa de Ánforas” (A. Q.).

El fuego o la nieve, amor,
el fuego o la nevada.

¿Quién detendrá el avance del invierno
cuando crezca la escarcha, cuando el tiempo
se arrepienta de tan largas esperas
y en los campos se advierta, como un mortal presagio,
una espesa capa de cenizas?

¿Acaso volarán las aves más oscuras
surcando el azulejo de los atardeceres?

¿Tornarán más cobrizos, por la herida profunda,
los cielos del verano sin nosotros?

El fuego o la nieve, amor,
el fuego o la nevada.

¿Cruzarán en manadas, por la sed del arroyo,
escapando de las balas y la escarcha,
las pezuñas afiladas del venado?

¿Se harán molde sus huellas, si trepan las montañas,
como ocurre con el fuego y los amantes?

¿Y qué será de nosotros si la helada
salpica de tristeza la luz de nuestros labios,
si se clavan repentinos nuestros cuerpos
en medio del ardor de una nevada?

Acuérdate entonces, amor mío, de los cerezos,
de sus flores de hielo creciendo en primavera,
de su fruto rojizo sobre el mimbre de marzo.

Y no olvides, amor, que esta nevada,
cuando cesen de caer todos sus copos
y nos cubra la espesura del recuerdo,
habrá de derretirse con el tiempo
hasta hacer de nuestras vidas, nuevamente,
un ángel de dolor, una llama de mármol,
un epitafio más de amores que cayeron
consumidos por el fuego o la nevada.

Alfredo Quiroga, Breve historia del hielo, Madrid, Casa de América, La estafeta del viento, mayo de 2010.

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Cuando ya no estemos

Lunes, 10 de Mayo de 2010

¿De qué nos servirán entonces, cuando ya no estemos,
las horas y los días, los meses y los años que pasaron
sin casi darnos cuenta, otoño y primavera, las lentas
estaciones circulares que aún perduran, el eco de las tardes
ungidas a otros nombres que ya no son los nuestros?

¿De qué nos servirá entonces, cuando vierta el olvido
su lluvia corrosiva sobre los tejados
y quede triste el hogar, vacías las casas,
saber que se han borrado los últimos vestigios familiares,
que no restan más huella ni más ruina
que las mismas pisadas del recuerdo?

¿De qué nos servirán entonces, cuando ya no estemos,
la altísima sonrisa de un niño en el columpio,
el júbilo y la dicha, tanto caudal de luz y tanta gloria
como hemos derrochado en nuestras vidas?

¿De qué nos servirán entonces el bosque y los paisajes,
el vuelo siempre firme de las grullas, el cisne entre las aguas,
la extraña timidez de un árbol desnudándose en otoño?

¿De qué nos servirán entonces el fuego y los guijarros,
el tiempo sin costuras de una muchacha virgen,
el labio, las caricias, el beso, las promesas,
la música que apaga la sed de los amantes?

¿De qué nos servirán entonces el agua de la vida, los barcos
de la noche, el ancla, la estrella, la luna, el crucifijo,
los nombres de los dioses que soñamos
para sentirnos vivos, para no caducar en el hastío?

¿De qué nos servirá entonces, cercana ya la hora del barquero,
pensar en regresarnos, remar contra corriente en las mareas
si al cabo sólo queda sobre el viento,
abierta ya la noche como un labio,
el brillo que convocan las estrellas, el incienso del mundo y su vacío?

Alfredo Quiroga, El sol de los ciegos, Santa Cruz de Tenerife, CajaCanarias, 2010.

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Como cada domingo, después de tantos años

Domingo, 9 de Mayo de 2010

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Un cielo poco hecho desveló el día. Los alisios de la aurora se fueron apaciguando y la casa quedó fresca, aún transida de noche, a las siete de la mañana. Las manos aún dormidas, pero las espaldas en alto. Otro verano se acerca, aunque no te lo creas. Otro verano. Me gustaría escribirte una carta cada verano. Siempre me ha pasado. Como un recuerdo blanco entre el pecho y la espalda.

Pero se fue el presente detrás de tus sandalias, como un alegre perro de oro. Qué profunda la distancia, qué amargo el silencio y qué mortales las palabras. Jardín y cielo se empozan en una nada. Sigo escribiendo la historia del hielo. Me sumerjo en el silencio del clavicordio, un silencio reiterado como el ruido de un cometa que pasa como un cuchillo sin filo y que no tuviese mango. Como una finísima navaja con una breve intención de acero. Una apelación al fuego; una llama azul que asciende hacia la luz, desde su añil presencia, y se convierte en tinta del cielo.

Vuelve a oler a mar desnudo, a lluvia dulce, a lecho de corales, a música que cruje y embebe las miradas.

Vuelve la noche y sigue azul la llama, y aún persigue su muslo trepando sigilosa por mis palabras.

(A. Q., 2010)

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