Entrada del 26 de mayo. No es poesía.
Ya estoy de nuevo aquí, ya toco con mis plumas la utópica caricia de este sueño. Esta glaciación ha dejado restos de humedad en mis ojos y posos de ceniza en la garganta. Un légamo de estrellas araña con su silencio el cristal de la ventana. Qué duro es este tiempo: tener que mirar de frente al invierno. Mis dedos florecen al entrar en contacto con el hielo. Luna llena y pléyades de estrellas: las bengalas de los dioses condenados a la eternidad. Mías son sólo las palabras. Si supiera descifrar lo que cantan los pájaros un día antes de la primavera, y saber que significa el azul que nos sobra, y a quién pertenece esa espalda desnuda que no me mira, entonces, me quedaría. Pero son de cera ya mis manos, como para el muro sólo es tinte la sangre. Y aún no sé si soy ciego porque aparto con el bastón todas las palabras de amor.
A. Q., “Mientras las manos llueven”, Santa Cruz de Tenerife, 2010.
Suso Mariategui
Cuando las fresas en tus labios
Igual que la luz llega a todas partes, mi cuerpo es como un continuo viaje a lugares donde ya sólo refractan los recuerdos.
Como aquél que vuelve triste, de una guerra lejana, con la sangre ya apagada, y sabe que su gozo es como un pan reciente, igual sé yo que mi vida fue como la sal que el mar traslada en sus derivas, un sueño que descansa en lo soñado, igual que se cubre el tiempo con el tiempo envenenado. Igual que avanza el invierno, el leñador, el fuego.
Porque todo lo perdí tras un incendio. Y ya no encuentro señales de vida. Regreso a casa: el techo sigue negro, la alcoba sigue a oscuras. Y el mismo fuego de entonces, emulando al infierno. Maldito sea el sueño. Mis alas se han convertido en escarcha sobre el viento. Tan sólo soy un ave desterrada en el cielo.
Pero pronto, el hombre del tiempo, anunciará en sus labios otro solsticio de verano. Serán sólo dos meses. Apenas dos disparos de sol al aire. Dos meses, unas nubes troceadas como pan para los desdentados y un nuevo junio dejará sus credenciales. Dos caricias. Otra sombra en las alcobas y la higuera, junto al pozo, donde la luna flota, nos dará en sus siestas los frutos de otro verano. Beberá el zorzal de la lluvia vieja dormida en la pala del jardín abandonada.
Y sobre la pereza del destino volverá a posarse un recuerdo. Las fresas en tus labios, las lágrimas heladas. El momento más frío. Aquellos días. A poco nos supo el tiempo.
Nunca sabré porqué los hombres sudan en vez de llorar delante de un verso.
A. Q. Todos los peces mueren de pie, S. C. de Tenerife, Papel de estraza, 2010.
Y dejar los labios ardiendo
No me beses si no es para quemarme –me decías-, si no es para colmarme del más dulce veneno y ofrecer mi boca a la hoguera y la esperanza.
No hace falta que me abrases las entrañas, que descosas mi cuerpo, igual que un cirujano, para volver a remendar tanta tristeza.
Sólo quiero que recojas de mis labios las pavesas heladas que otros labios dejaron, que llenes con el gesto de tu lengua melada mi oscuro paladar, mis vulnerables dientes, y cada comisura que mi boca esconde.
Acércate a besarme, no lo dudes, ahora que hay rocío sobre la leña de esta bóveda abierta a las hogueras.
Y si algún día te alejas, volátil como el humo, dejando mi corazón de nuevo en plena umbría, remíteme las señas del mar en el que habitas para saber dónde arrojar tanta ceniza.
Aquí dejo estas palabras, cicatrizando despacio, ahora que al fin empieza el verano.
Nadie sabe por qué se seca antes la sangre de un pájaro que la tinta sobre el papel.
A. Q., Autobiografía de un espejo, S. C. de Tenerife, Vid, 2010.


