El blog de Alfredo Quiroga
Archivo para Abril, 2010

Apología, o no, de este diario

Miércoles, 14 de Abril de 2010

14 de abril.
Este diario, este cuaderno, este sospechoso duplicado de mi vida, este pretendido flujo musical. A veces le doy vueltas a la idea de ir zurciendo los retales y componer una especie de suite dodecafónica o de diccionario invertebrado. La forma de este blog, ya lo dije, me permite segregar un mínimo de narrativa sin IVA que compense los estragos procedentes de mi lujuria literaria.

En un diario como éste abundan, como diría Orwell, los detalles innecesarios que son la trama de la vida. Me permito mezclar además la narrativa con la metanarrativa, siguiendo a Lyotard.

A última hora de la tarde he leído unos fragmentos de la “Historia (III-IV)” de Heródoto. Alcé la mirada: estanterías para mis carpetas, necesito un carpintero pulcro. La casa como taller, un envoltorio de música. Mi archivo y mi biblioteca están en La Navata pasando frío, abrigados sólo por las notas mudas de un piano con artrosis.

Intercambio de señales, este cuaderno. Vicios compartidos. “A quien pueda interesar”, lo ignoro. La casa como taller, sí. Libros, partituras, batutas, colores, tintas, cuadros, fotografías y luces. Un espacio para mantener la calma, para crear continuamente. Divagaciones para atajar la vida.

Vuelvo a mi traducción de Parménides. Volcarse en una obra que a uno le importe más que sí mismo es atajar la maldición del tiempo. Del tiempo antes de Newton. Y de momento escribo, y escribo. Y la distonía neurovegetativa, pero escribo; escribo, aunque se me nublen los días y me concierna vivir. Las mimosas han estallado en el jardín.

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A.Q. 2010.

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La calle de la vida

Sábado, 10 de Abril de 2010

Tanteo de nuevo mi manera propia de mantenerme en pie.
Abordo la mañana y paseo por El Toscal. Llego a San Nicolás y recuerdo a Joyce: visitaba en Trieste las iglesias católicas y le gustaba seguir las procesiones de Semana Santa, como a su personaje Leopold Bloom, quien además disfrutaba con los funerales. Y en “Finnegan’s Wake”, Jimmy es un visitante de capillas. Mezclar los ortodoxo con lo católico. Recuerdo Trieste.

Entro. Es mediodía y la luz penetra a raudales. Candelabros, lámparas, todo está apagado, excepto unas pocas velas que arden consumidas. Dejo varios euros en el limosnero y enciendo otras altas y estrechas que corren también a consumirse. Luego me siento en un banco de la primera fila de la derecha que mira a otros bancos de enfrente. Entre unos y otros el espacio que resta es aún más sagrado.

En mi adolescencia yo tuve tratos con esta divinidad; tratos antropomórficos e ingenuos, aunque extrañamente eficaces, creo que esto ya lo conté en algún sitio. Sólo intento mantener vivo el fuego sagrado desde mis cotas de secularización y escepticismo. Aproximarme al origen, como siempre. Es el epicentro de mi filosofía.

El caso es que este silencio, después de varias horas auscultando el piano, me reconforta y esta luz dorada produce una confiada sensación de tranquilidad. ¿Será así el Paraíso? ¿Será acaso así su antesala? Aquí los alisios se detienen. Aquí uno se encuentra en ninguna parte, suspendido en un espacio sin tiempo. Las velas son como un reloj de arena o como una clepsidra. Me quedo hipnotizado contemplándolas, recordando a cada uno por quienes las he puesto. De pronto me doy cuenta de que falta la mía. Me levanto y elijo una alta, decorada con letras purpurinas. Y comienza a arder en San Nicolás.

¿Me salvará algún verso? Tengo menos salud, menos dinero, menos amigos pero más talento y también más resignación, como diría Jules Renard.

Un pensamiento vuela a ras de tierra mientras apoyo la espalda sobre el recto y duro respaldo. “Vivir como si la muerte no existiera; y cuando deba llegar, que se presente en forma rápida y repentina, como si no estuviera allí”.

Nada malo puede sucede aquí mientras aún ardan los cirios. Marco Aurelio, la piedad misma, dejó escrita esta buena recomendación desde tierras muy lejanas: “Vive como de viaje”.

Ahora estoy descansando del viaje de la vida. Pocas moradas como ésta, San Nicolás. ¿Puedo tener aquí nostalgia de algo? “Heimweh” escribió Novalis, es decir, “deseo estar en casa en todo lugar”, deseo de reconocerse en el ser-otro.

El hastío nos da la noción del tiempo, la distracción nos la quita. Esto prueba que nuestra existencia es tanto más dichosa cuanto menos la sentimos. Pero la existencia pesa tanto o más que el propio cuerpo. Pesa con desesperación. Como el cuerpo del Cristo pintado por Ribera en la Cartuja de Nápoles.

“Mientras somos jóvenes, creemos que la vida no tiene fin y usamos el tiempo con prodigalidad. A medida que envejecemos nos hacemos más económicos. Porque en edad avanzada, cada día de la vida que transcurre provoca en nosotros el sentimiento que experimenta el condenado a cada paso que le acerca al cadalso”, dijo muy bien Schopenhauer.

Esta mañana, en San Nicolás, se me olvidó el tiempo. Nada más, silencio, bosque profundo. Y la Nada está hoy, aquí, ante mí, ansiosa de volver a ver su casa. Pero ¿es quizá mi casa ésta de la que salí? ¿Dios es esta profunda y deslumbrante oscuridad? Sigo aún en San Nicolás.

Nadie entró, nadie vino a buscarme, nadie me reclamó. Aquí, pensé, podría quedarme eternamente, como Abraham, haciendo almas o, mejor todavía, esperando a que volviera a hacer la mía.

Salgo de nuevo a la vida y retorno a la calle San Antonio. La veo estrecha, muy larga, apenas transitada y con los edificios muy cansados. Las calles de El Toscal son a veces fantasmales. Muchos edificios están vacíos, abandonados, más solitarios incluso que los viandantes como yo. Esta calle está condenada a la soledad, quien la penetra se aleja del público.

Miro la calle, la calle de la vida: “La vita non è nè brutta nè bella,/ma è originale!”.

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A.Q. (2010).

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A modo de epílogo

Jueves, 8 de Abril de 2010

Hoy he vuelto a sentir la decadencia.

Obsérvala en los árboles.
Aflora de la luz,
del esplendor intacto de las cosas.

La erosión silenciosa de las líneas
le da un lustre mayor. La decadencia
se esconde tras la piel de la hermosura,
habita su horizonte cristalino,
lo troquela de luz y, lentamente,
lo anega en la penumbra de la nada.

La tibia lentitud con que se abre
la herida de lo hermoso,
hace que la tristeza de su ocaso
no nos duela tan dentro que dejemos
de observar su belleza.

Y todo es incendio, todo se consume.
Como a los ciegos ojos de las estatuas
me pueblan ya los vencejos
gobernando mi ocres ruinas,
para luego, muy dentro ya en la noche,
de piedra, polvo, sueños, sangre y limo
arder junto al fuego y ser ceniza
nostálgica y ardiente que atraviese,
para ya nunca volver,
la soledad indómita del viento.

A. Q. “A la sombra de las estrellas”, La estafeta del viento, Madrid, 2010.

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Primera piel

Lunes, 5 de Abril de 2010

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Pórtico de la luz que sangra del recuerdo.

De la memoria emigra un canto del pasado,
desde ese oscuro origen
donde aún mueren los soles
en las calles de piedra como niños dormidos.

Fue la vida una brisa ligera que llevaba
los sueños de la escuela
al patio de casa, y en volandas iba la urgencia
de mudar la inocente
piel con una caricia primera y generosa.

Allí forjé su cuerpo de almendra como un sueño
infantil y caduco como la primavera.

No supe que era ella lo que tanto esperé
cada tarde en el lento fluir de tantas horas,
ni que fuera de pronto
como un soplo de vida a despedir mi infancia.

A. Q., Entretelas, S.C. de Tenerife, 2010.

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