Tanteo de nuevo mi manera propia de mantenerme en pie.
Abordo la mañana y paseo por El Toscal. Llego a San Nicolás y recuerdo a Joyce: visitaba en Trieste las iglesias católicas y le gustaba seguir las procesiones de Semana Santa, como a su personaje Leopold Bloom, quien además disfrutaba con los funerales. Y en “Finnegan’s Wake”, Jimmy es un visitante de capillas. Mezclar los ortodoxo con lo católico. Recuerdo Trieste.
Entro. Es mediodía y la luz penetra a raudales. Candelabros, lámparas, todo está apagado, excepto unas pocas velas que arden consumidas. Dejo varios euros en el limosnero y enciendo otras altas y estrechas que corren también a consumirse. Luego me siento en un banco de la primera fila de la derecha que mira a otros bancos de enfrente. Entre unos y otros el espacio que resta es aún más sagrado.
En mi adolescencia yo tuve tratos con esta divinidad; tratos antropomórficos e ingenuos, aunque extrañamente eficaces, creo que esto ya lo conté en algún sitio. Sólo intento mantener vivo el fuego sagrado desde mis cotas de secularización y escepticismo. Aproximarme al origen, como siempre. Es el epicentro de mi filosofía.
El caso es que este silencio, después de varias horas auscultando el piano, me reconforta y esta luz dorada produce una confiada sensación de tranquilidad. ¿Será así el Paraíso? ¿Será acaso así su antesala? Aquí los alisios se detienen. Aquí uno se encuentra en ninguna parte, suspendido en un espacio sin tiempo. Las velas son como un reloj de arena o como una clepsidra. Me quedo hipnotizado contemplándolas, recordando a cada uno por quienes las he puesto. De pronto me doy cuenta de que falta la mía. Me levanto y elijo una alta, decorada con letras purpurinas. Y comienza a arder en San Nicolás.
¿Me salvará algún verso? Tengo menos salud, menos dinero, menos amigos pero más talento y también más resignación, como diría Jules Renard.
Un pensamiento vuela a ras de tierra mientras apoyo la espalda sobre el recto y duro respaldo. “Vivir como si la muerte no existiera; y cuando deba llegar, que se presente en forma rápida y repentina, como si no estuviera allí”.
Nada malo puede sucede aquí mientras aún ardan los cirios. Marco Aurelio, la piedad misma, dejó escrita esta buena recomendación desde tierras muy lejanas: “Vive como de viaje”.
Ahora estoy descansando del viaje de la vida. Pocas moradas como ésta, San Nicolás. ¿Puedo tener aquí nostalgia de algo? “Heimweh” escribió Novalis, es decir, “deseo estar en casa en todo lugar”, deseo de reconocerse en el ser-otro.
El hastío nos da la noción del tiempo, la distracción nos la quita. Esto prueba que nuestra existencia es tanto más dichosa cuanto menos la sentimos. Pero la existencia pesa tanto o más que el propio cuerpo. Pesa con desesperación. Como el cuerpo del Cristo pintado por Ribera en la Cartuja de Nápoles.
“Mientras somos jóvenes, creemos que la vida no tiene fin y usamos el tiempo con prodigalidad. A medida que envejecemos nos hacemos más económicos. Porque en edad avanzada, cada día de la vida que transcurre provoca en nosotros el sentimiento que experimenta el condenado a cada paso que le acerca al cadalso”, dijo muy bien Schopenhauer.
Esta mañana, en San Nicolás, se me olvidó el tiempo. Nada más, silencio, bosque profundo. Y la Nada está hoy, aquí, ante mí, ansiosa de volver a ver su casa. Pero ¿es quizá mi casa ésta de la que salí? ¿Dios es esta profunda y deslumbrante oscuridad? Sigo aún en San Nicolás.
Nadie entró, nadie vino a buscarme, nadie me reclamó. Aquí, pensé, podría quedarme eternamente, como Abraham, haciendo almas o, mejor todavía, esperando a que volviera a hacer la mía.
Salgo de nuevo a la vida y retorno a la calle San Antonio. La veo estrecha, muy larga, apenas transitada y con los edificios muy cansados. Las calles de El Toscal son a veces fantasmales. Muchos edificios están vacíos, abandonados, más solitarios incluso que los viandantes como yo. Esta calle está condenada a la soledad, quien la penetra se aleja del público.
Miro la calle, la calle de la vida: “La vita non è nè brutta nè bella,/ma è originale!”.

A.Q. (2010).