La sombra de las hojas sobre la cara
Los sábados por la tarde en el Hopkins era, y supongo que lo seguirá siendo, día de visita a los enfermos. Como interno residente me alojaba en el mismo Hospital y esas tardes, barnizadas de miel y con el aire vencido, solía bajar a los jardines interiores para esquiar entre las gotas de luz que derramaban las azucenas de Baltimore. Me gustaba acomodarme entre los pliegues de vida que la cartografía de mis pacientes mostraba ante sus familiares.
Recuerdo a Elsa, siempre sola bajo un árbol, apoyada en el tronco, de pie, con los ojos cerrados. Sufría un shock emocional que había agudizado gravemente la enfermad de Lyme que padecía; un síndrome raro al que consagré mi tesis doctoral.
Los padres y los hermanos de Elsa le llevaban fruta, galletas y zumos. Le extendían las bolsas y ella no hacía ningún gesto para cogerlas. Su familia me contó que Elsa había trabajado durante años en una tienda cerca de Broadway market, después hubo algo entre ella y el dueño de la tienda, creo recordar que un embarazo mal resuelto. Al parecer, según refirió su padre, cuando regresaban a casa del hospital, con Elsa andando muy despacito, ésta en un momento dado se apoyó en el tronco del árbol más próximo, cerró los ojos y así siguió hasta ese mismo día. Once años habían transcurrido desde entonces.
Nunca oí su voz. Su madre aseguraba que cantaba como las artistas de la radio, pero yo sólo la oía respirar sobre mi cabeza y nada más. Y si la llamaba con tono afectuoso
-Elsa,
Volvía a intentarlo,
-Elsa,
Nada. Sólo la sombra de las hojas moviéndosele en la cara, algunos gatos libres que se acercaban y algún que otro enfermo que nos pedía cigarrillos. Y Lionel, su cuidador, un negro tan cariñoso como enorme, que nos miraba en cuclillas sobre sus zapatillas blancas.
En ciertas ocasiones, en la consulta de Neuropsiquiatría con el resto de residentes, recibíamos a los familiares de Elsa. Su madre, siempre,
-Podría haber sido una artista si hubiera querido.
Y el Dr. Rodway se despachaba con un
-Vamos a ver, vamos a ver.
Y nunca veían nada. Nunca veíamos nada.
Al cabo de una hora más o menos, sus padres la llevaban adentro de un brazo y al salir, sin decir nada, se quedaban ahí un rato, mirándome, mirándonos.
Esos sábados, recuerdo, subía a mi cuarto y no solía cenar. Intentaba describir cómo sería aquella tienda en la que Elsa trabajaba, cómo hablaría a los clientes, cómo se reiría, cómo cantaría, cómo sería aquel dueño, qué habría pasado. Y escribo esto ahora. No sé si lo leerán ustedes. En todo caso no importa ya. Es tinta pasada.
En una de las últimas visitas, delante de su madre, Elsa abrió un ojo y volvió a cerrarlo.
Luego, en la consulta, con lágrimas y esperanzada,
-¿Doctor significa que está mejor?
Y el Dr. Rodway, mientras revolvía papeles y nos miraba,
-Vamos a ver, vamos a ver,
olvidado de Elsa.
Su madre tosió, como armándose de valor por una vez,
-¿Cree que mi hija va a mejorar doctor?
Y el Dr. Rodway se alzó por encima de los papeles para mirarla molesto, en silencio. Volvió a inclinarse buscando no sé qué en las carpetas y, mientras buscaba, le aclaró
-Vamos a ver, vamos a ver,
olvidado de Elsa.
Quizá esto no debiera ser contado a nadie, ni escrito siquiera, pero ya no importa. Lo dije antes, ¿recuerdan?
Los sábados por la tarde seguí bajando a decirle hola a Elsa. Nunca me respondió.
El estío acabó por lacerar su vida y yo emprendí la subida a sus pálidas cuestas.
Nunca se olvida una rosa rota.
Para Elsa H. Mayhew.
El cirujano operado. Autorretrato de Alfredo Quiroga, Casa de Ánforas, abril de 2000.
Volver a recorrer los olores del tacto
Hoy mis dedos han vuelto a recorrer los olores del tacto en la Casa de Ánforas. Me reconocí en el viejo roble que sigue enamorado del musgo y dividido por su indecisión entre la búsqueda del sol y del agua, como un rayo. Abandoné mis brazos al invierno que ha vuelto y dejé que el viento desnudase mi silencio con sus silbidos.
Busqué otra vez en la biblioteca verdades eternas. Sólo encontré huecos. Volví a llorar lágrimas mudas y sentí de nuevo desnudos los labios.
Carnaval
Cuando no quiero volver
me detengo.
He pensado en cómo ser
y no soy capaz de ser yo
sin disfrazarme.
Pero nadie me recuerda
y en mi tristeza
se olvidan las palabras;
y no soy,
ni tan siquiera mi voz me pertenece.
A los amigos que se paran a buscarme
los encuentro perdidos,
de regreso.
Y es Carnaval, como siempre
viernes por la tarde;
y nadie me espera,
y ni los espejos distinguen
lo que los ojos nunca reconocen.
Volveré a la Casa de Ánforas,
a los secretos de los tenedores oxidados.
Y no sé por qué Carnaval
se hace siempre en invierno.
Alfredo Quiroga, Futuro imperfecto, S. C. de Tenerife, 2010.






