El Rey León
Me gusta escribir sobre cartón, más que sobre el papel, endeble a veces. Gay Talese recuerdo que siempre escribe sobre los cartones que acompañan a las camisas de la lavandería. Últimamente, de hecho, los cuadernos los extinguía con notas escritas sobre el anverso de la cubierta del cuaderno. Además, la nueva web está tardando, supongo que por el paréntesis de estas fechas, y me obliga a aprovechar este espacio que tanto me agrada.
Viene esto a cuento, y nunca mejor dicho, de lo que estamos presenciando entre los naufragados, medio ahogados y supervivientes de lo que sigue denominándose Partido Socialista Obrero Español. No confundan, por favor, con el Partido político que hace ya unos “eones” fundó don Pablo Iglesias, cuyas ideas sigo llevando, y llevaré, siempre conmigo. Uno, que es un clásico.
Digo esto porque el otro día, y en un alarde navideño, fui con mi hija y mi sobrina a ver la representación del espectáculo musical “El Rey León”. Mientras contemplaba fascinado la puesta en escena, las coreografías y la preciosa música que me devolvía a las tierras africanas, de donde uno nunca debe marcharse, y, al mismo tiempo, procuraba que las niñas dejaran de pelearse por las palomitas y evitaran ponerse de pie y bajar y subir las escaleras como bomberos enloquecidos ante las lógicas protestas de los vecinos de butaca. Esta frase me ha quedado muy larga, disculpen. Hay quien me pide, incluso me ordena, aludiendo que su madre trabaja en una editorial -no sabemos de qué- y su hermano estudió oposiciones-no sabemos si las aprobó-, incluir más pausas; aunque solo saben que el punto no tiene rabito y la coma (antiguo barrio de Madrid) sí, uno pequeño y curvito. Al punto y coma no se le espera, no se le conoce; es un tipo raro. Sí, los/las que piensan que torrente fue antes un personaje cinematográfico que un término físico. Pero me estoy desviando, disculpen de nuevo. Me gustaría que leyeran hasta el final.
Decía antes que viendo “El Rey León” y, en concreto, los divertidos y animados bailes de las hienas en torno al usurpador Scar, no pude evitar que por algunos momentos mi mente se fuera al sainete de Arniches, que no tragedia de Schakespeare, que nos deparan “los que estuvieron allí, pero poco. Pasaban por ahí”. Los viernes, muchos de ellos, se sentaban en el Consejo de Ministros solo por echar la mañana, como suele decirse, aunque algunas veces de La Moncloa salieran Reales Decretos, Decretos-Leyes o entes legales del mismo tenor que, a los españoles en algunas ocasiones nos suponía, como diría Javier Marías, una patada en el culo.
Una vez dejado morir Mufasa, nombre por cierto muy empresarial, y con un sucesor lógico, coherente y legítimo, aunque más mayor que Simba, pero que también ya es “rey” , comienza Scar a reclutar por toda la sabana fauna “muy demócrata y liberal”, que nunca falta en ese ecosistema, y que tiene “mucho por hacer”, indudablemente, para quedarse con lo que no es suyo ni les corresponde. Ya saben eso de “no se vayan todavía, que aún hay más”.
Puede, si el guión se atiene al “Hamlet” original, que aparezca el fantasma de Mufasa e incluso asistamos a alguna escena en el cementerio civil, con monólogo incluido, calavera en mano.
A las niñas se les hizo un poco larga la representación. No paraban de preguntar ¿cuánto queda? ¿y cuántos minutos son esos? ¿luego nos vamos al McDonald? Es que me hago pis.
En fin, esas cosas que nos preguntamos todos.
Acto I. Escena V.
Otra parte de la explanada.
Entran La Sombra y Hamlet.
A. Q. (29 de diciembre de 2011).
O así
Los cuadernos acaban así
Cuántas veces habremos estrenado un cuaderno, casi con temor a que la tinta fuera una torpe mancha que violara el blanco fingido del papel. Eran los años sin excusa del colegio. Y años más tarde, puede que también nos sucediera y nos suceda. Y cuántos de aquellos cuadernos, y de éstos, se habrán quedado a medias. Creo que casi todos. Vamos dejando de escribir en ellos. Nos suele ocurrir lo mismo con las agendas que nos obsequian a principios de un nuevo año. Las comenzamos a anotar con ilusión, como si con esas letras fuéramos a llenar nuestra vida de acontecimientos, eventos, citas, viajes y llamadas que nos ayudaran a hacer los días y los meses más llevaderos. Acaso podríamos, de este modo, soslayar los momentos en los que la soledad o la pena nos acometen sin remedio y, sin embargo, no aparecen anotados en ninguna fecha concreta. Así son los cuadernos, los dietarios, las agendas, nuestra vida. Un intento, quizá vano, de comenzar siempre algo nuevo.
Y pienso que sucede igual con muchas otras circunstancias de nuestra vida: amistades, afectos, relaciones sentimentales, ocupaciones, proyectos, ideas e incluso palabras. Besos que cada vez duran menos, los labios más secos, los abrazos más tibios: el amor que siempre se queda a medias.
Pero hemos sido felices sin saberlo.
Los segundos de duda y emoción con los que estrenábamos un nuevo cuaderno vienen a ser como el instante antes de un abrazo. Ese preciso momento: el destello fulgurante y efímero de la felicidad. Cuando se produce ese abrazo, ya ha pasado, como un cometa silencioso que no hemos podido ver. Lo hemos sentido, cálido y lleno, pero la felicidad ocurrió antes.
Este cuaderno de tapas de hule y de octavo, como tantos otros de mi vida, no acaba aquí. Pero se queda así, como suele pasar a menudo. Se quedan las cosas, aunque nunca las abandonemos del todo.
Lo repasaré en algunos momentos y no acabaré de reconocerme en él. Los espejos siempre mienten porque no nos ven, somos nosotros los que los vemos a ellos.
Hoy es 1 de noviembre de 2011. Una luz muy meditada apenas ilumina París. Unas nubes largas parecen estirar el cielo como el flanco de un tigre. Un olor a pan y a cuero viejo me devuelven a la vida otra vez. El compromiso del regreso. Un día se me caerá al suelo y lo acabaré rompiendo. Los compromisos siempre se caen de las manos.
Mientras tanto, seguiré despertando pronto al piano, los domingos madrugaré para comprar cruasanes, volveré al Rastro a buscar palabras rotas, compraré libros que dicen de viejo, acariciaré a los perros y jugaré con ellos, continuaré atrapando los sueños y jamás renunciaré al amor de las mujeres bellas.
A. Q*. (París, 2011).
* Este blog procede, en su mayor parte, de las impresiones, las sensaciones, las notas y las imágenes vividas y tomadas por el autor entre abril de 2009 y noviembre de 2011 en Sta. Cruz de Tenerife, “Casa de Ánforas” (La Navata, Madrid), Collado Villalba, Guadarrama, Madrid, París, Saint Léon-sur-Vézère, Londres, Lisboa, Oporto, Venecia, Trieste, Viena, Berlín, Nueva York, Moscú, Malawi, Tchad, Islas de Martinica y de Guadalupe. Su contenido será reproducido en parte en publicaciones en formato papel, nacionales e internacionales, que verán la luz a partir de diciembre de 2011.
Quiero dejar constancia de mi agradecimiento al gestor y administrador de esta web: Martín Campos, amigo de este camino y de otros muchos y más largos. Y, por supuesto, a ustedes, cómplices furtivos y cariñosos de este robo de tinta a pluma armada, las más de las veces con nocturnidad, nunca con alevosía. Como siempre, muchas gracias.
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